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Ad Gentes (decreto del Vaticano II)

Ad gentes divinitus es el decreto del Concilio Vaticano II dedicado a la actividad misionera de la Iglesia. Promulgado el 7 de diciembre de 1965, presenta la misión como una dimensión esencial de la Iglesia, fundada en el designio salvador de Dios Padre y en las misiones del Hijo y del Espíritu Santo. El decreto aborda también la evangelización, la formación de comunidades cristianas, el desarrollo de las Iglesias particulares, la preparación de los misioneros, la coordinación de la acción misional y la cooperación de todos los fieles.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreAd Gentes (decreto del Vaticano II)
CategoríaObra
DescripciónDecreto del Concilio Vaticano II que trata la actividad misionera de la Iglesia
AutorConcilio Vaticano II
Contexto HistóricoPromulgado en la fase final del Concilio Vaticano II, vinculado a la eclesiología de Lumen gentium.
Fecha de Publicación1965-12-07
Importancia EclesialRenueva la comprensión de la Iglesia como comunidad misionera por naturaleza.
TemaMisión evangelizadora y evangelización
TipoDecreto, Decreto conciliar, XX
Enlace oficialAd Gentes (decreto del Vaticano II)

Tabla de contenido

Naturaleza y promulgación

El título latino, Ad gentes divinitus, significa «A las gentes, enviado por Dios». La expresión procede del comienzo del decreto, que presenta a la Iglesia como enviada a todos los pueblos para anunciar el Evangelio y actuar como sacramento universal de salvación.2

El documento pertenece al conjunto de textos conciliares que renovaron la comprensión de la Iglesia, de su relación con el mundo y de su tarea evangelizadora. Su punto de partida doctrinal guarda una relación estrecha con la constitución dogmática Lumen gentium, especialmente con su enseñanza sobre el misterio de la Iglesia y su misión universal. Ad gentes desarrolla de manera específica la dimensión misionera de esa eclesiología.3

El decreto fue aprobado en la última etapa del Concilio y promulgado el 7 de diciembre de 1965. Su finalidad consiste en exponer los principios de la actividad misionera y movilizar la responsabilidad de todo el Pueblo de Dios en la difusión del Evangelio.1,2

Contexto histórico y teológico

La concepción tradicional de las misiones

Antes del Concilio Vaticano II, la reflexión misionera había tendido a distinguir entre los llamados países cristianos y los países de misión. La misión quedaba asociada principalmente a la conversión de los no cristianos, a la implantación de la Iglesia en territorios donde aún no estaba establecida y al crecimiento de estructuras eclesiásticas en esas regiones.4

La misionología comenzó a desarrollarse como disciplina teológica propia durante las primeras décadas del siglo XX. En un primer momento adoptó con frecuencia un enfoque histórico, geográfico y jurídico, centrado en la organización de las misiones y en la situación de los pueblos que todavía no habían recibido el anuncio cristiano.4

La descristianización de las sociedades cristianas

La expansión de la secularización y la descristianización en regiones tradicionalmente cristianas obligó a revisar aquella clasificación. La experiencia pastoral francesa de mediados del siglo XX mostró que también existían amplios sectores alejados de la Iglesia dentro de países con una antigua tradición cristiana. La misión dejó de aparecer como una tarea reservada a territorios lejanos y pasó a comprender toda situación humana necesitada de una renovada evangelización.5,6

Este cambio favoreció la expresión «Iglesia en estado de misión». La presencia territorial de la Iglesia ya no bastaba para considerar cumplida su tarea evangelizadora: la Iglesia debía penetrar en la vida concreta de los pueblos, iluminar sus culturas y acompañar a las personas y comunidades que vivían alejadas de la fe.6

La renovación trinitaria de la misionología

Ad gentes no fundamenta la misión únicamente en una necesidad pastoral ni en el mandato exterior de Cristo. El decreto la arraiga en el misterio de la Trinidad. El Padre, fuente del amor divino, quiere comunicar a la humanidad su propia vida y reunir a todos los hombres en una comunión de amor. El Hijo y el Espíritu Santo realizan este designio mediante sus misiones visibles en la historia.7,3

La misión eclesial nace, por tanto, del movimiento de amor de Dios hacia la humanidad. La Iglesia recibe ese don y lo comunica mediante la predicación, los sacramentos, el testimonio de vida y la caridad. La misión no constituye una actividad secundaria añadida a la vida eclesial, sino una exigencia interna de su propia naturaleza.7,3

Estructura del decreto

Ad gentes contiene un prólogo, seis capítulos y una conclusión:

  • Prólogo: presentación de la Iglesia enviada a todos los pueblos.
  • Capítulo I: principios doctrinales.
  • Capítulo II: la obra misional propiamente dicha.
  • Capítulo III: las Iglesias particulares.
  • Capítulo IV: los misioneros.
  • Capítulo V: la planificación de la actividad misionera.
  • Capítulo VI: la cooperación.
  • Conclusión: saludo a los heraldos del Evangelio y a quienes sufren por Cristo.

Esta estructura une la fundamentación teológica de la misión con sus exigencias pastorales, formativas, institucionales y espirituales.

Principios doctrinales

La Iglesia, misionera por naturaleza

La afirmación central del decreto aparece en su primer capítulo: la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. La Iglesia existe porque procede de la misión del Hijo y del Espíritu Santo conforme al designio del Padre. Por esa razón, el anuncio del Evangelio no depende solamente de circunstancias históricas, de decisiones administrativas o de la iniciativa de determinados grupos. La misión pertenece al ser mismo de la Iglesia.3,6

El decreto presenta a la Iglesia como sacramento universal de salvación, es decir, como signo e instrumento mediante el cual Dios manifiesta y realiza su voluntad salvadora en la historia. Su universalidad no consiste únicamente en estar extendida por numerosos pueblos, sino en haber recibido la misión de llevar a todos los hombres a la comunión con Dios y entre sí.2,8

El designio salvador del Padre

El origen de la misión reside en el amor fontal del Padre. Dios quiere convocar a toda la humanidad a participar en su vida divina y formar un pueblo santo. La salvación posee simultáneamente una dimensión personal y comunitaria: Dios llama a cada hombre de manera irrepetible, pero también quiere reunir a los seres humanos en un solo Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.9,10

Esta doctrina evita dos reduccionismos. La salvación no puede entenderse como un fenómeno puramente individual, desligado de la comunión eclesial; tampoco como una absorción colectivista que elimine la dignidad y la vocación personal de cada ser humano. El decreto mantiene unidas ambas dimensiones.10

Cristo y la nueva alianza

La encarnación del Hijo constituye una entrada nueva y definitiva de Dios en la historia humana. Las alianzas anteriores forman parte de la historia de la salvación, pero encuentran su cumplimiento en Cristo y en la nueva alianza establecida mediante su Pascua. La misión anuncia precisamente esta novedad decisiva y ofrece a todos los pueblos la participación plena en el misterio de Cristo.11

El anuncio cristiano no contempla las culturas humanas desde una perspectiva de desprecio. La encarnación proporciona el criterio misionero: Cristo asumió verdaderamente la condición humana, y la Iglesia debe entrar en la vida de los pueblos con respeto, diálogo y discernimiento. La misión acoge los valores auténticos de las culturas, purifica cuanto contradice el Evangelio y eleva sus riquezas hacia su plenitud en Cristo.12,11

La acción del Espíritu Santo

El Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a expandirse y reúne a quienes reciben la fe. Su acción precede, acompaña y fecunda el trabajo de los evangelizadores. La actividad misionera no consiste, por tanto, en una mera iniciativa humana, sino en la cooperación eclesial con la acción de Dios en la historia.

El dinamismo del Espíritu explica la diversidad de carismas, vocaciones y servicios que contribuyen a la misión. Obispos, sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos participan de maneras distintas en una única tarea evangelizadora.

Dimensión histórica y escatológica

La misión transcurre entre la primera venida de Cristo y su segunda venida. El tiempo presente posee un carácter histórico y escatológico: la Iglesia trabaja en la historia, pero orientada hacia la plenitud definitiva del Reino.9

La evangelización y la presencia de la Iglesia preparan la consumación final. La misión hace crecer el Pueblo de Dios entre los diversos pueblos y culturas, actualizando progresivamente la catolicidad de la Iglesia, que alcanzará su plenitud al final de los tiempos.12

La actividad misionera

Finalidad de la misión

El decreto atribuye a la actividad misionera dos finalidades inseparables:

  1. La evangelización, mediante el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio.
  2. La implantación de la Iglesia, mediante la formación de comunidades cristianas estables, capaces de vivir la fe y de asumir su responsabilidad apostólica.

La predicación y la constitución de comunidades no forman dos tareas independientes. La Palabra convoca al Pueblo de Dios, y la comunidad celebra sacramentalmente la salvación recibida. La Eucaristía constituye el centro y la cumbre de la vida de las nuevas comunidades cristianas.13

El testimonio cristiano

La misión comienza con la presencia de cristianos cuya vida manifiesta la novedad del Evangelio. El testimonio exige caridad, coherencia, servicio y respeto hacia las personas y los pueblos. La acción evangelizadora pierde credibilidad cuando contradice mediante la injusticia, la soberbia o la búsqueda de intereses particulares el mensaje que pretende anunciar.

La caridad no representa una simple estrategia para atraer conversos. Constituye la expresión del amor recibido del Padre y el dinamismo interno de toda misión cristiana. Quien acoge la fe recibe también la responsabilidad de comunicarla mediante la palabra y las obras.3

La proclamación del Evangelio

La predicación anuncia el misterio de Cristo, muerto y resucitado para la salvación de todos. El decreto reconoce la magnitud de la tarea pendiente y reclama una acción evangelizadora adaptada a las condiciones concretas de cada pueblo.

La proclamación requiere prudencia pastoral. Los evangelizadores deben conocer la lengua, la historia, las estructuras sociales, las costumbres y las tradiciones religiosas de las comunidades a las que sirven. El conocimiento cultural no sustituye al anuncio cristiano, pero permite expresarlo de manera comprensible y respetuosa.14

El catecumenado

El catecumenado ocupa un lugar fundamental en la incorporación de los nuevos creyentes. No consiste en una preparación intelectual breve para recibir el bautismo, sino en un itinerario de formación y conversión que introduce progresivamente en el misterio de Cristo, en la liturgia, en la vida moral y en la comunidad eclesial.

Este proceso permite que la fe arraigue en la vida de las personas y no quede reducida a una adhesión exterior. La comunidad acompaña al catecúmeno mediante la enseñanza, la oración, la celebración litúrgica y el testimonio cristiano.

Formación de comunidades cristianas

Las Iglesias jóvenes

La actividad misionera alcanza una madurez decisiva cuando las comunidades recién evangelizadas adquieren estabilidad y desarrollan una estructura eclesial propia. El objetivo no consiste en mantener indefinidamente una dependencia de agentes externos, sino en favorecer el crecimiento de Iglesias jóvenes capaces de asumir su vida litúrgica, pastoral, doctrinal y misionera.

Una comunidad arraiga en un pueblo cuando cuenta con ministros procedentes de sus propios miembros. El decreto valora especialmente la formación de obispos, sacerdotes y diáconos locales, porque la existencia de un clero propio permite que la Iglesia adquiera una verdadera estructura diocesana.1

El clero local

La formación sacerdotal debe integrar la dimensión espiritual, doctrinal y pastoral. Los seminaristas han de vivir conforme al Evangelio, cultivar una profunda conciencia del misterio de la Iglesia y prepararse para servir al Pueblo de Dios, no para buscar comodidad personal o ventajas familiares.1

El decreto pide adaptar la formación a la cultura de cada nación. Los estudios filosóficos y teológicos deben tener en cuenta los puntos de contacto entre las tradiciones locales y la fe cristiana. La preparación también debe incluir la historia, los métodos y las necesidades sociales, económicas y culturales de la región donde los futuros sacerdotes ejercerán su ministerio.1

El diaconado permanente

Ad gentes contempla la restauración del diaconado como estado permanente de vida allí donde las conferencias episcopales lo juzguen oportuno. El decreto relaciona esta posibilidad con hombres que ya realizan tareas de anuncio de la Palabra, animación de comunidades dispersas y servicio caritativo. La ordenación diaconal fortalecería ese servicio mediante la gracia sacramental y una vinculación más estrecha con el altar.1

Los catequistas

El decreto concede a los catequistas un reconocimiento particularmente significativo. Su trabajo resulta indispensable allí donde existe escasez de sacerdotes y grandes extensiones territoriales o poblaciones numerosas. Los catequistas colaboran con el orden sacerdotal en la enseñanza de la doctrina, la preparación sacramental, la animación de la oración y el acompañamiento de pequeñas comunidades.15

La formación de los catequistas debe incluir:

El decreto reclama también una remuneración justa, condiciones de vida dignas y protección social para quienes dedican toda su actividad a este servicio. Los catequistas auxiliares, que presiden la oración y enseñan la doctrina en comunidades locales, merecen igualmente formación y reconocimiento eclesial.15

La vida religiosa

Los institutos religiosos aportan a la misión el testimonio de la consagración, la vida comunitaria, la educación, la asistencia sanitaria, la promoción humana y la evangelización directa. El decreto reconoce su importante contribución histórica y pide que su servicio permanezca integrado en la vida de las Iglesias locales.

La vida consagrada no sustituye la responsabilidad del clero local ni la participación de los laicos. Su misión consiste en cooperar con los obispos y con las comunidades, favoreciendo el crecimiento integral de la Iglesia en cada territorio.

Las Iglesias particulares y la inculturación

La formación de Iglesias locales

La misión no busca únicamente establecer una presencia institucional. Pretende que cada comunidad cristiana llegue a ser una Iglesia particular, con obispo, presbiterio, ministros, vida litúrgica, instituciones apostólicas y capacidad para evangelizar a su propio pueblo.

La Iglesia particular representa a la Iglesia universal en una región concreta. Por ese motivo, también ella debe mantener una actitud misionera hacia quienes todavía no conocen el Evangelio o viven alejados de la fe.

Cultura y Evangelio

El decreto concede gran importancia a la relación entre la fe cristiana y las culturas. La Iglesia no lleva el Evangelio como una forma cultural extranjera que deba imponerse sin discernimiento. La encarnación exige una presencia real en la historia y un diálogo respetuoso con las tradiciones de cada pueblo.12

La inculturación no equivale a aceptar indiscriminadamente todos los elementos culturales. El discernimiento cristiano reconoce las semillas de verdad y bondad presentes en las culturas, rechaza cuanto contradice la dignidad humana y la revelación, y ayuda a que los valores auténticos alcancen su plenitud en Cristo.

El papel de los laicos

Los laicos contribuyen decisivamente a que el Evangelio arraigue en la vida de un pueblo. Su presencia en la familia, el trabajo, la educación, la política, la economía y la cultura les permite dar un testimonio que los ministros ordenados no pueden ofrecer del mismo modo.

La evangelización laical incluye el anuncio explícito de la fe, la educación cristiana, la defensa de la dignidad humana, la promoción de la justicia y el servicio a los pobres. La misión de los laicos no constituye una colaboración meramente auxiliar, sino una participación propia en la misión salvífica de la Iglesia.

Los misioneros

La vocación misionera

Cristo llama a algunos discípulos para ser enviados a anunciar el Evangelio. Esta vocación exige una entrega generosa, disponibilidad para abandonar la propia tierra y capacidad para vivir al servicio de pueblos y comunidades diferentes.

El misionero actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia. Su tarea requiere una profunda vida espiritual, fidelidad doctrinal, madurez humana, prudencia pastoral y disposición para aprender de las personas a las que sirve.

Formación doctrinal y espiritual

La preparación misionera debe nutrirse principalmente de la Sagrada Escritura y del estudio del misterio de Cristo. El decreto incluye en esta exigencia a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, cada uno conforme a su estado de vida y a la responsabilidad que asumirá.14

La formación debe abarcar:

  • La universalidad de la Iglesia.
  • La diversidad de los pueblos.
  • La historia de la evangelización.
  • La teología de la misión.
  • Las religiones y culturas contemporáneas.
  • Las condiciones sociales de los territorios de destino.
  • La metodología pastoral.
  • La comunicación social.

El misionero necesita conocer tanto el patrimonio histórico de un pueblo como su situación actual. También debe aprender su lengua con suficiente corrección para acceder con respeto a la inteligencia y al corazón de sus habitantes.14

Preparación pastoral

La formación teórica debe completarse con ejercicios prácticos y una preparación apostólica organizada. Los misioneros han de afrontar problemas concretos: la traducción de la catequesis, la organización de comunidades dispersas, el diálogo con no cristianos, la cooperación con otras comunidades cristianas y la respuesta pastoral ante situaciones de pobreza, conflicto o desplazamiento.14

El decreto recomienda también la preparación de especialistas en misionología y en ciencias humanas. Estos expertos pueden ayudar a las conferencias episcopales y a los organismos eclesiales a comprender las condiciones locales y a escoger métodos evangelizadores adecuados.

Planificación de la actividad misionera

Responsabilidad del colegio episcopal

La responsabilidad principal de anunciar el Evangelio a todo el mundo corresponde al colegio de los obispos, unido al sucesor de Pedro. El Sínodo de los Obispos debe prestar una atención particular a la actividad misionera, considerada por el decreto la mayor y más santa tarea de la Iglesia.16

La responsabilidad episcopal no elimina la iniciativa de los carismas y de los institutos misioneros. Exige coordinación, discernimiento y comunión, para que las diversas obras sirvan al crecimiento de las Iglesias locales.

Coordinación universal

El decreto atribuye a la entonces Congregación para la Propagación de la Fe la dirección y coordinación de la actividad misionera mundial. Este organismo debía promover vocaciones, fomentar la espiritualidad misionera, distribuir misioneros según las necesidades, organizar la ayuda económica y elaborar orientaciones pastorales adaptadas a las distintas regiones.16

La planificación debía utilizar métodos científicos y tener en cuenta los avances de la teología, la misionología y la pastoral. El decreto proponía además la participación de obispos, superiores de institutos, responsables de obras misioneras, religiosas y organizaciones laicales.

Cooperación ecuménica

La actividad misionera debe promover la cooperación fraterna con otras comunidades cristianas. La división entre los cristianos constituye un obstáculo para el testimonio del Evangelio, por lo que el decreto pide buscar formas de colaboración y de convivencia armoniosa, en coordinación con el organismo conciliar dedicado a la unidad de los cristianos.16

Esta cooperación no implica confundir las distintas confesiones ni renunciar a la verdad católica. Busca ofrecer un testimonio cristiano más coherente y evitar que los conflictos entre cristianos oscurezcan el anuncio de Cristo.

Relación entre institutos y ordinarios locales

Cuando un instituto misionero recibe la responsabilidad de un territorio, debe trabajar con el ordinario local para que la comunidad cristiana llegue a convertirse en una Iglesia particular gobernada por su propio pastor y su propio clero.17

Los acuerdos entre los institutos y los ordinarios deben regular las competencias, la administración y las tareas pastorales. Cuando el clero local alcanza un desarrollo suficiente, el instituto misionero debe permanecer fiel a la diócesis y asumir, conforme a su carisma, servicios especializados o determinadas áreas pastorales.17

Cooperación de todo el Pueblo de Dios

Los obispos

Los obispos, como sucesores de los apóstoles, participan en la responsabilidad universal de la misión. Cada obispo debe promover el espíritu misionero en su diócesis, suscitar vocaciones, apoyar la oración por las misiones y favorecer la ayuda material a las Iglesias necesitadas.

Una diócesis no puede encerrarse en sus propias necesidades. La comunión católica exige compartir sacerdotes, recursos, formación y experiencia pastoral con otras Iglesias particulares.

Los sacerdotes

Los sacerdotes representan a Cristo en medio del Pueblo de Dios y colaboran directamente en su misión evangelizadora. Su servicio incluye la predicación, la celebración de los sacramentos, la formación de los fieles y el acompañamiento de quienes buscan la fe.

El sacerdote diocesano también participa en la misión universal cuando educa a su comunidad en la solidaridad eclesial, promueve vocaciones misioneras y ayuda a que la parroquia viva abierta a las necesidades de la Iglesia entera.

Los religiosos y religiosas

Los institutos de vida consagrada han desempeñado un papel principal en la evangelización. Su contribución incluye la fundación de comunidades, la educación, la asistencia a los enfermos, la defensa de los pobres, la traducción de textos cristianos y la formación de agentes pastorales.

Su servicio debe realizarse en comunión con los obispos y con las Iglesias particulares, respetando tanto las necesidades locales como el carisma propio de cada instituto.

Los laicos

Todos los laicos están llamados a cooperar en la expansión del Cuerpo de Cristo. Pueden hacerlo mediante la oración, la ayuda económica, la educación cristiana, el testimonio cotidiano, la acción social y la participación directa en tareas misioneras.

La responsabilidad laical adquiere especial importancia en los lugares donde la Iglesia carece de suficientes ministros ordenados. Los catequistas, animadores de comunidades y agentes de promoción humana hacen posible la continuidad de la vida cristiana en numerosos contextos.

Principales aportaciones de Ad gentes

La misión como dimensión esencial de la Iglesia

La contribución teológica más característica del decreto consiste en vincular la misión con la naturaleza misma de la Iglesia. La Iglesia no posee una misión como quien recibe una tarea exterior: la Iglesia es misionera porque participa en la misión del Hijo y del Espíritu Santo.3,6

La misión fundada en la Trinidad

El decreto ofrece una fundamentación trinitaria de la evangelización. El Padre comunica su amor, el Hijo realiza la salvación y el Espíritu Santo reúne y santifica al Pueblo de Dios. La Iglesia prolonga históricamente esa acción trinitaria mediante su vida y su apostolado.7,3

La unidad entre anuncio y sacramentos

La misión no se reduce a la predicación ni a la acción social. El anuncio conduce a la fe, la fe incorpora a la comunidad y los sacramentos hacen presente la obra salvadora de Cristo. La Palabra y los sacramentos, con la Eucaristía como centro, forman una unidad inseparable.13

El crecimiento de Iglesias autóctonas

El objetivo de la misión incluye la formación de Iglesias locales con clero propio, estructuras diocesanas estables y capacidad para evangelizar desde la cultura de cada pueblo. El misionero trabaja para que la comunidad alcance una madurez que permita una responsabilidad eclesial propia.1,17

La responsabilidad universal de los fieles

El decreto supera una visión restringida de la misión como tarea exclusiva de especialistas. Obispos, sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos participan en ella según sus dones, vocación y estado de vida.

La atención a las culturas

La evangelización exige conocer y respetar las lenguas, tradiciones, estructuras sociales y valores de los pueblos. Esta perspectiva favoreció el desarrollo posterior de la reflexión católica sobre la inculturación y sobre la relación entre Evangelio y culturas.12,14

Vigencia eclesial

La enseñanza de Ad gentes conserva plena actualidad ante la secularización, la movilidad humana, la pluralidad religiosa y la existencia de amplios sectores alejados de la Iglesia. La misión afecta tanto a los territorios tradicionalmente considerados misioneros como a las diócesis de antigua tradición cristiana.

El decreto invita a comprender la parroquia, la diócesis y cada comunidad cristiana como realidades abiertas al anuncio. La Iglesia debe evangelizar con la palabra, los sacramentos, la caridad, la promoción de la dignidad humana y el testimonio de la santidad.

La misión también exige revisar continuamente los métodos pastorales. El conocimiento de las culturas, la formación de agentes locales, el diálogo con los no cristianos y la cooperación entre instituciones eclesiales mantienen la actividad misionera vinculada a las condiciones reales de cada pueblo.14,16

Significado doctrinal

Ad gentes presenta la misión como participación en el designio eterno de Dios: reunir a la humanidad en Cristo y edificar, mediante el Espíritu Santo, el Pueblo de Dios. La Iglesia anuncia el Evangelio porque ha recibido la vida divina y porque el amor recibido tiende por naturaleza a comunicarse.9,7,3

La misión posee una orientación universal, comunitaria, sacramental, cultural e histórica. Busca la salvación de cada persona y, al mismo tiempo, la unidad de la humanidad en Dios. Su realización comienza en el tiempo presente y alcanza su plenitud en la consumación escatológica.10,13,12

En síntesis, el decreto enseña que la Iglesia existe para evangelizar, que toda comunidad cristiana participa en la misión universal y que el anuncio de Cristo debe conducir a la formación de Iglesias vivas, maduras, inculturadas y capaces de continuar la obra apostólica en sus propios pueblos.

Citas y referencias

  1. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 16 (1965-12-07). 2 3 4 5 6 7
  2. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 1 (1965-12-07). 2 3 4
  3. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 4 (1990). 2 3 4 5 6 7 8
  4. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 7 (1990). 2
  5. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 8 (1990).
  6. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 9 (1990). 2 3 4
  7. E. Borda. Reflexiones sobre la teología de la misión en el XXV aniversario del decreto «Ad Gentes», 3 (1990). 2 3 4
  8. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 40 (1969).
  9. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 3 (1969). 2 3
  10. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 4 (1969). 2 3
  11. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 33 (1969). 2
  12. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 15 (1969). 2 3 4 5
  13. A. Suárez. El carácter histórico-escatológico de la Iglesia en el decreto Ad gentes, 52 (1969). 2 3
  14. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 26 (1965-12-07). 2 3 4 5 6
  15. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 17 (1965-12-07). 2
  16. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 29 (1965-12-07). 2 3 4
  17. Concilio Vaticano II. Ad Gentes, 32 (1965-12-07). 2 3
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