Ausencia en la Iglesia primitiva
La unción de las manos no perteneció desde el principio a todas las formas de ordenación cristiana. Los formularios antiguos de ordenación, incluidos testimonios atribuidos a Serapión de Thmuis, las Constituciones apostólicas, el Testamento del Señor y los Cánones de Hipólito, presentan fundamentalmente la imposición de manos acompañada por una oración.
La Iglesia primitiva concedía un lugar central a la imposición de manos como gesto de transmisión del ministerio y de invocación del Espíritu Santo. La variedad de formularios antiguos muestra que la unción de las manos no fue una práctica universal en los primeros siglos.
Aparición en Occidente
La unción de las manos del presbítero aparece documentada en la Galia durante el siglo VIII, especialmente en relación con el Missale Francorum. Algunas décadas más tarde, el Sacramentario Gelasiano incorporó también la unción en el rito de ordenación episcopal.
Otro estudio litúrgico sitúa la aparición de la unción de las manos en Francia durante el siglo VIII y la relaciona con prácticas posteriores a la oración de consagración. El rito se extendió gradualmente por diversas tradiciones occidentales, aunque su presencia y su significado variaron según las regiones.
La antigua Iglesia romana no practicó inicialmente esta unción de modo habitual. Un testimonio histórico del siglo IX atribuye al papa Nicolás I la afirmación de que la Iglesia romana no utilizaba entonces la unción de las manos, mientras que otros ordines antiguos la conocían. La práctica adquirió posteriormente una difusión mucho más amplia en Occidente, sobre todo a partir de la Edad Media.
Desarrollo medieval
Durante la Edad Media, la ordenación presbiteral incorporó diversos ritos explicativos: la unción de las manos, la imposición de los ornamentos sacerdotales y la entrega de la patena y del cáliz. Estos elementos ayudaban a expresar visiblemente las funciones del presbítero, especialmente la celebración de la Eucaristía, la predicación y la administración de los sacramentos.
La interpretación simbólica de la unción adquirió una formulación marcadamente sacerdotal. Las manos ungidas aparecían como instrumentos destinados a ofrecer el sacrificio, bendecir y santificar. Algunas tradiciones atribuyeron también un significado particular a la unción de las manos del obispo, relacionándola con gestos propios de su ministerio.
La diversidad histórica confirma que los ritos explicativos pueden desarrollarse, modificarse o desaparecer sin alterar la esencia del sacramento. La Iglesia conserva aquellos signos que expresan con mayor claridad la naturaleza del ministerio en cada forma litúrgica.