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San Juan de Ribera

San Juan de Ribera (Sevilla, 1532-Valencia, 6 de enero de 1611) fue un obispo español de la segunda mitad del siglo XVI y comienzos del XVII, patriarca de Antioquía, arzobispo de Valencia durante cuarenta y dos años y virrey y capitán general del Reino de Valencia desde 1602. Figura destacada de la aplicación de la reforma católica posterior al Concilio de Trento, promovió la disciplina del clero, la formación sacerdotal, la predicación y la devoción eucarística. Su trayectoria también quedó vinculada a la política confesional de la Monarquía Hispánica y a la expulsión de los moriscos valencianos en 1609, aspecto que exige distinguir la veneración religiosa de la valoración histórica de sus decisiones públicas. La Iglesia católica lo beatificó en 1796 y lo canonizó Juan XXIII el 12 de junio de 1960.1

San Juan de Ribera
Ver información de la imagenRetrato de San Juan de Ribera (1532-1611), que fue patriarca latino de Antioquía, arzobispo y virrey de Valencia y obispo de Badajoz, c. 1566. [2], Luis de Morales, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSan Juan de Ribera
CategoríaPersona
Nombre CompletoJuan de Ribera
TítuloPatriarca de Antioquía, Arzobispo de Valencia, Virrey y capitán general del Reino de Valencia
Cargo EclesiásticoObispo, Arzobispo, Patriarca honorífico
Fecha de Nacimiento1532
Lugar de NacimientoSevilla
Fecha de Muerte1611-01-06
Lugar de MuerteValencia
NacionalidadEspañol
SexoMasculino
Arzobispo deValencia
Fecha de Beatificación18 de septiembre de 1796
Fecha de Canonización12 de junio de 1960
Fecha de Celebración6 de enero
Fiesta litúrgica6 de enero
Obispo deBadajoz
Patriarca deAntioquía
Personas relacionadas
  • Pío VI
  • Juan XXIII
  • Real Colegio Seminario de Corpus Christi (Colegio del Patriarca)
TipoSanto
Virrey deValencia

Tabla de contenido

Identidad y significación histórica

Juan de Ribera pertenece al grupo de prelados que intentaron convertir las disposiciones del Concilio de Trento en prácticas concretas de gobierno diocesano. Su actividad combinó varias dimensiones:

  • La reforma episcopal, mediante la vigilancia de la disciplina eclesiástica y la mejora de la formación del clero.
  • La defensa doctrinal, propia de la época de la Reforma protestante y de la Contrarreforma.
  • La acción pastoral, basada en la predicación, la enseñanza y la atención a la vida religiosa del pueblo.
  • La intervención política, primero como arzobispo y después como virrey y capitán general de Valencia.
  • El fomento de la espiritualidad eucarística, cuyo monumento principal fue el Real Colegio Seminario de Corpus Christi, conocido como Colegio del Patriarca.

La imagen hagiográfica de Juan de Ribera lo presenta como un obispo ejemplar, austero, docto y entregado a la salvación de las almas. La historiografía debe añadir a esa imagen el análisis de su pertenencia a la alta nobleza, su participación en el aparato de gobierno de la Monarquía Hispánica y sus responsabilidades en una sociedad que vinculaba estrechamente la unidad religiosa con el orden político. La canonización reconoce la santidad de su vida y la veneración eclesial, pero no convierte automáticamente todas sus decisiones administrativas o políticas en modelos universales ni en pronunciamientos doctrinales.2

Origen familiar y formación

Nacimiento y familia

Juan de Ribera nació en Sevilla en 1532, en el seno de una familia perteneciente a la alta nobleza castellana. Fue hijo de Pedro Enríquez y Afán de Ribera, duque de Alcalá y marqués de Tarifa. Su posición familiar le proporcionó acceso a una educación elevada y lo situó desde la infancia en el ámbito de las élites políticas y eclesiásticas de la Monarquía Hispánica.1

La nobleza de origen no explica por sí sola su trayectoria sacerdotal. Su formación, sus relaciones con maestros y religiosos reformadores y el ejercicio prolongado del episcopado contribuyeron decisivamente a la configuración de su figura pública y espiritual.

Estudios en Salamanca

Ribera estudió en la Universidad de Salamanca, uno de los principales centros intelectuales de la España del siglo XVI. Allí cursó cánones, artes, humanidades y teología. Entre sus profesores figuraron Domingo de Cuevas, Pedro de Sotomayor, Domingo de Soto y Melchor Cano, maestros vinculados a la tradición escolástica y a la renovación intelectual católica.1

Su formación salmantina le proporcionó las herramientas jurídicas y teológicas necesarias para el gobierno eclesiástico. El derecho canónico tenía una importancia práctica extraordinaria para un obispo de la época: regulaba la disciplina clerical, la administración de los sacramentos, la organización de las diócesis y las relaciones entre la jurisdicción eclesiástica y la autoridad civil.

Durante esos años mantuvo vínculos estrechos con dominicos y jesuitas. También mantuvo correspondencia con san Juan de Ávila, una de las figuras más influyentes de la renovación espiritual y pastoral española. A través de fray Luis de Granada entró asimismo en contacto con san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán y uno de los grandes impulsores de la aplicación del Concilio de Trento.1

Ordenación sacerdotal

Después de completar sus estudios, Juan de Ribera recibió la ordenación sacerdotal y obtuvo el grado de doctor en teología. Una tradición biográfica posterior presenta su preparación para el sacerdocio como un periodo marcado por la oración, la penitencia y el deseo de preservar una vida moral exigente. La predicación de sus contemporáneos y la documentación utilizada durante su causa de canonización contribuyeron a consolidar esta imagen espiritual.3

La espiritualidad de Ribera integraba la vida ascética con la actividad intelectual y el gobierno pastoral. No entendía el estudio teológico como una ocupación puramente académica, sino como un instrumento para enseñar la fe, formar sacerdotes y combatir la ignorancia religiosa.

Episcopado de Badajoz

El papa Pío IV nombró a Juan de Ribera obispo de Badajoz en 1562, cuando todavía no había cumplido la edad canónica ordinaria para recibir la consagración episcopal. El nombramiento requirió la correspondiente dispensa.1

Su llegada al episcopado coincidió con una etapa decisiva para la Iglesia católica. El Concilio de Trento había concluido en 1563, y los obispos recibieron la responsabilidad de aplicar sus decretos en las diócesis. Las reformas tridentinas insistían en la residencia episcopal, la visita pastoral, la predicación, la catequesis, la disciplina del clero y la fundación de seminarios.

Ribera compartió ese programa con otros obispos reformadores. Su relación epistolar con san Carlos Borromeo muestra la existencia de una red de prelados y religiosos interesados en transformar la vida pastoral mediante sínodos, visitas, instituciones educativas y una vigilancia más intensa de la conducta clerical.1

La experiencia de Badajoz preparó a Ribera para la compleja archidiócesis de Valencia. Allí tendría que atender a una población social y religiosamente diversa, en la que convivían cristianos viejos, moriscos y comunidades sometidas a una creciente presión para abandonar sus prácticas islámicas.

Patriarca de Antioquía y arzobispo de Valencia

Nombramiento como patriarca y arzobispo

El papa san Pío V concedió a Juan de Ribera el título de patriarca de Antioquía en el consistorio del 30 de abril de 1568. Poco después lo nombró arzobispo de Valencia. El título patriarcal era honorífico y no significaba que Ribera ejerciera jurisdicción efectiva sobre la antigua sede de Antioquía.1

Ribera gobernó la archidiócesis valenciana durante cuarenta y dos años, hasta su muerte. Juan XXIII lo describió como un obispo de intensa actividad pastoral, prudente en el gobierno, dedicado a la reforma eclesiástica y dotado de una notable capacidad de relación con personas de distintos ambientes.4

Reforma del clero

La reforma del clero constituyó el eje de su ministerio episcopal. Ribera consideraba que la renovación de la Iglesia dependía en buena medida de la preparación doctrinal, la conducta moral y la residencia efectiva de los sacerdotes. Su proyecto episcopal respondía al ideal tridentino de un obispo presente en su diócesis, atento a la predicación y responsable de la formación de sus ministros.

Entre las líneas principales de su acción pastoral figuraron:

Ribera favoreció la expansión de diversas familias religiosas. Entre otras iniciativas, contribuyó al establecimiento de las agustinas descalzas y de la provincia capuchina de la Sangre de Cristo.1

La reforma tridentina no consistía únicamente en corregir abusos individuales. Aspiraba a reorganizar la vida de las diócesis mediante instituciones estables. En este contexto, la fundación de centros de formación sacerdotal poseía una importancia estratégica: permitía al obispo controlar mejor la preparación intelectual y espiritual del clero destinado a las parroquias.

El Real Colegio Seminario de Corpus Christi

Fundación y finalidad

La obra institucional más conocida de Juan de Ribera fue el Real Colegio Seminario de Corpus Christi, llamado habitualmente Colegio del Patriarca, en Valencia. Ribera lo fundó para promover la formación sacerdotal y el culto solemne al Santísimo Sacramento.1

El Colegio reunía varias funciones:

  • Era seminario para la preparación de sacerdotes.
  • Servía como centro de formación teológica y espiritual.
  • Custodiaba una capilla dedicada al culto eucarístico.
  • Expresaba públicamente la doctrina católica sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
  • Actuaba como institución duradera de la reforma episcopal.

La fundación respondía a dos necesidades de la Iglesia posterior a Trento: formar un clero capaz de enseñar la doctrina católica y fortalecer la vida sacramental de los fieles. La Eucaristía ocupaba un lugar central en la identidad católica de la Contrarreforma, especialmente frente a las controversias planteadas por las comunidades protestantes.

Arquitectura y patrimonio

Ribera quiso dotar al Colegio de una arquitectura monumental. El edificio tomó como referencia el Palacio de la Cancillería de Roma y organizó en un mismo conjunto el colegio y la iglesia, siguiendo el modelo de templos romanos como San Lorenzo in Dámaso.1

La capilla, el ceremonial litúrgico y la riqueza artística del conjunto expresaban una concepción barroca de la piedad: la belleza, la música, la solemnidad y la custodia eucarística debían conducir a los fieles hacia la adoración. El Colegio del Patriarca conservó la memoria de su fundador y se convirtió en una de las instituciones religiosas y artísticas más relevantes de Valencia.1

Juan XXIII presentó la capilla del Corpus Christi como un testimonio permanente de la piedad eucarística de Ribera y el Colegio como una institución destinada a formar sacerdotes para el servicio de la Iglesia.5

Predicación, enseñanza y espiritualidad

Los contemporáneos de Ribera lo consideraron un predicador incansable. Según el discurso pronunciado por Juan XXIII con motivo de su canonización, las gentes acudían a escucharle con la expresión: «Vamos a escuchar al Apóstol». El mismo discurso lo presentó como profesor universitario, impulsor del apostolado universitario y hombre capaz de unir la formación intelectual con la cercanía pastoral.4

Su espiritualidad tenía varios rasgos característicos:

Centralidad de la Eucaristía

Ribera promovió una devoción eucarística solemne y pública. El Colegio de Corpus Christi no fue únicamente una obra arquitectónica, sino la expresión institucional de una espiritualidad centrada en la adoración del Santísimo Sacramento. La capilla y su ceremonial perpetuaron esta orientación después de su muerte.1

Formación doctrinal

Su experiencia universitaria y episcopal lo llevó a insistir en la enseñanza de la doctrina católica. La formación intelectual debía servir a la predicación y a la defensa de la fe en una época de controversia confesional.

Ascetismo episcopal

La tradición hagiográfica lo presenta como un obispo austero, dedicado a la penitencia y a la oración. Juan XXIII recordó la imagen de un virrey que ocultaba el cilicio bajo la vestidura episcopal. Esta representación pertenece al lenguaje espiritual de la canonización, pero muestra la importancia que la Iglesia concedió a la austeridad personal de Ribera.4

Cercanía pastoral

La tradición canonizadora también lo retrató como un hombre cercano, generoso y comprensivo. La imagen del obispo reformador no quedó reducida a la vigilancia disciplinaria: incluía la predicación, el trato personal y la preocupación por la vida cristiana de la población.4

Juan de Ribera y la Inquisición

El contexto inquisitorial de la Contrarreforma

La actividad de Juan de Ribera tuvo lugar en una sociedad en la que la unidad religiosa formaba parte del orden político. La Inquisición española vigilaba la ortodoxia doctrinal, perseguía la herejía y examinaba prácticas religiosas consideradas incompatibles con el catolicismo. La Reforma protestante, la conversión forzosa de musulmanes y judíos en generaciones anteriores, y la persistencia de prácticas religiosas clandestinas crearon un clima de sospecha y control confesional.

La mentalidad de Ribera debe interpretarse dentro de ese marco. Su defensa de la doctrina católica, su preocupación por la instrucción religiosa y su apoyo a la reforma del clero respondían a la lógica de la Contrarreforma. Juan XXIII describió su actitud juvenil ante las doctrinas luteranas con un lenguaje propio de la apologética católica de 1960, presentándolo como un defensor firme de las verdades religiosas frente a la agitación doctrinal de su tiempo.3

¿Fue inquisidor?

Los datos biográficos conservados no presentan a Juan de Ribera como inquisidor general ni como miembro ordinario de un tribunal inquisitorial. Su responsabilidad principal fue episcopal y, más tarde, virreinal. Por tanto, conviene evitar la atribución imprecisa de un cargo formal de inquisidor.

Sin embargo, un obispo de la España de Felipe II y Felipe III participaba en la vigilancia de la ortodoxia y en la aplicación de políticas de uniformidad religiosa. Ribera ejerció esa responsabilidad mediante la predicación, la formación doctrinal, la disciplina eclesiástica y su intervención en la llamada cuestión morisca. En este sentido, puede hablarse de una labor de control confesional vinculada al clima inquisitorial, pero no de un cargo inquisitorial específico acreditado por los datos biográficos aquí considerados.

Los moriscos y la uniformidad religiosa

La relación de Ribera con los moriscos constituye el aspecto más controvertido de su trayectoria. La población morisca estaba formada por descendientes de musulmanes bautizados, en muchos casos como resultado de conversiones forzosas o de fuertes presiones sociales y políticas. Las autoridades cristianas dudaban de la sinceridad de esas conversiones y temían que las comunidades moriscas mantuvieran prácticas islámicas en el ámbito familiar y comunitario.

Ribera contemplaba la cuestión desde una perspectiva de defensa de la fe católica y de preservación del orden político. Las fuentes biográficas lo presentan profundamente alarmado por las actividades que atribuía a moriscos y judíos, y vinculan su posición a los consejeros que impulsaron el edicto de 1609, mediante el cual la Corona ordenó la expulsión de los moriscos de Valencia.2

El análisis histórico exige evitar dos simplificaciones:

  1. La defensa hagiográfica sin matices, que convertiría cualquier decisión de Ribera en una expresión directa de santidad.
  2. La condena retrospectiva sin contexto, que ignoraría la mentalidad confesional, las categorías políticas y los temores sociales propios de la época.

La participación de Ribera en la política morisca no puede desligarse de su visión de la unidad religiosa. Para él, la conversión cristiana debía abarcar la doctrina, el culto y las costumbres. La persistencia de prácticas islámicas le parecía una amenaza tanto para la ortodoxia como para la estabilidad del reino. Esa perspectiva explica su apoyo a medidas coercitivas, pero no elimina las consecuencias humanas de la expulsión ni las responsabilidades políticas asociadas a ella.

La expulsión de 1609

Felipe III ordenó en 1609 la expulsión de los moriscos. La medida provocó la salida de una parte muy significativa de la población valenciana, con graves efectos demográficos, económicos y sociales. La tradición biográfica reconoce la intervención de Ribera entre los consejeros que tuvieron una responsabilidad principal en la preparación de aquella política.2

La expulsión no fue una operación exclusivamente religiosa. También respondió a razones de seguridad, control político, conflictos sociales y reordenación económica. El arzobispo apoyó la medida desde su concepción de la unidad católica, pero el decreto perteneció al poder monárquico y formó parte de una decisión de Estado.

La proximidad temporal entre la expulsión y la muerte de Ribera contribuyó a vincular su memoria con aquella tragedia. Murió en Valencia el 6 de enero de 1611, después de una larga enfermedad, en el Colegio de Corpus Christi que había fundado.1

Virrey y capitán general de Valencia

En 1602, Felipe III nombró a Juan de Ribera virrey y capitán general de Valencia. El cargo situaba en sus manos importantes competencias civiles, militares y administrativas. Ribera tuvo que ejercer simultáneamente el gobierno pastoral de la archidiócesis y la autoridad política delegada por la Corona.1

Su actuación virreinal recibió una valoración positiva en la tradición eclesiástica, que lo presentó como un gobernante prudente y eficaz, especialmente en la lucha contra el bandolerismo y la corrupción.1

La acumulación de ambos cargos muestra la estrecha relación entre Iglesia y Monarquía en la España de los Austrias. Ribera no actuó desde una separación moderna entre autoridad religiosa y autoridad civil. Su pensamiento partía de una sociedad cristiana en la que la defensa de la fe, la moral pública y el orden político formaban un conjunto estrechamente relacionado.

Esta combinación de funciones produjo tensiones inevitables. Como arzobispo, debía promover la conversión y la disciplina cristiana; como virrey, debía proteger la seguridad y los intereses de la Corona. La cuestión morisca reveló de forma especialmente clara la convergencia de ambas responsabilidades.

Relaciones con otros santos y reformadores

Juan de Ribera mantuvo relaciones personales y epistolares con varias figuras destacadas de la renovación católica del siglo XVI. Entre ellas figuran san Carlos Borromeo, san Juan de Ávila, san Luis Bertrán, san Francisco de Borja, santa Teresa de Jesús, san Roberto Belarmino y san Lorenzo de Bríndisi.6

La relación con san Carlos Borromeo posee un significado particular. Ambos representaron el ideal del obispo reformador posterior al Concilio de Trento: residencia en la diócesis, celebración de sínodos, construcción o restauración de instituciones eclesiásticas, formación sacerdotal y vigilancia pastoral. Juan XXIII presentó a ambos como modelos de prelados comprometidos con la reforma auténtica de la Iglesia.4

La correspondencia y las redes de amistad entre estos personajes muestran que la reforma católica no dependió únicamente de decretos pontificios. También avanzó mediante relaciones personales, intercambio de cartas, colaboración entre órdenes religiosas y creación de instituciones locales.

Muerte

Juan de Ribera murió en Valencia el 6 de enero de 1611. Falleció en el Colegio de Corpus Christi, institución que había fundado y dotado. Su muerte tuvo lugar poco después de la expulsión de los moriscos valencianos, acontecimiento que condicionó profundamente la valoración posterior de su figura.1

La tradición devocional atribuyó milagros a su intercesión y conservó su memoria como la de un arzobispo austero, eucarístico y entregado al gobierno de la Iglesia.2

Beatificación y canonización

El papa Pío VI beatificó a Juan de Ribera el 18 de septiembre de 1796. La causa de canonización examinó sus virtudes y los milagros atribuidos a su intercesión.1

Juan XXIII lo canonizó el 12 de junio de 1960 en la basílica de San Pedro, durante la solemnidad de la Santísima Trinidad. Antes de la canonización, el pontífice consultó al consistorio y declaró que la causa había reunido pruebas suficientes de virtud heroica y varios milagros. Tras recibir el parecer favorable de los cardenales, decretó la inscripción de Juan de Ribera en el catálogo de los santos.7

En el discurso dirigido a los peregrinos españoles, Juan XXIII presentó a Ribera como miembro de la gran tradición de santos hispanos y como un modelo de obispo reformador, predicador, educador y gobernante. También vinculó su figura con la preparación espiritual del Concilio Vaticano II, que comenzaría dos años después.4

La canonización pertenece al ámbito de la fe y del culto católico. Reconoce la santidad personal de Juan de Ribera y autoriza su veneración universal. No equivale a una aprobación de cada decisión tomada por él en el ejercicio de responsabilidades políticas o administrativas, distinción que también aparece formulada en la literatura hagiográfica clásica al tratar su participación en la expulsión de los moriscos.2

Fiesta litúrgica y culto

La Iglesia católica celebra la memoria de san Juan de Ribera el 6 de enero, aniversario de su muerte. Su culto permanece especialmente vinculado a Valencia, al Colegio del Patriarca y a la capilla del Corpus Christi.1

La iconografía suele representarlo con vestiduras episcopales, en alusión a su condición de arzobispo de Valencia y patriarca de Antioquía. El Colegio de Corpus Christi constituye el principal lugar material asociado a su memoria y a su espiritualidad eucarística.

Valoración histórica

La perspectiva hagiográfica

La tradición hagiográfica presenta a Juan de Ribera como:

  • Hombre de oración y penitencia.
  • Doctor y maestro de teología.
  • Pastor diligente.
  • Reformador del clero.
  • Defensor de la fe católica.
  • Promotor de la Eucaristía.
  • Gobernante prudente.
  • Benefactor de instituciones religiosas y educativas.

Juan XXIII utilizó este lenguaje durante la canonización y lo comparó con san Carlos Borromeo como modelo de obispo tridentino.4

La perspectiva histórica crítica

La investigación histórica añade elementos que la hagiografía tiende a presentar de forma menos problemática:

  • Ribera pertenecía a la aristocracia y ejerció cargos de gran poder.
  • Su gobierno episcopal se desarrolló en una sociedad confesional.
  • La defensa de la ortodoxia podía incluir medidas coercitivas.
  • Su relación con los moriscos estuvo marcada por la sospecha y la exigencia de uniformidad religiosa.
  • Participó en el entorno político que condujo a la expulsión de 1609.
  • Su cargo de virrey lo convirtió en actor de decisiones civiles y militares, no únicamente en pastor de almas.

La valoración equilibrada debe mantener unidos ambos planos. La Iglesia reconoce en Ribera un santo por sus virtudes y por el culto que le tributa; la historia examina además sus decisiones concretas, sus responsabilidades institucionales y las consecuencias de sus políticas.

Legado

El legado de Juan de Ribera puede resumirse en cuatro ámbitos principales:

Legado pastoral

Impulsó un modelo de episcopado activo, residente y reformador. Su trayectoria muestra la importancia que la Iglesia posterior a Trento concedió a la preparación del clero y a la presencia efectiva del obispo en la vida diocesana.

Legado educativo

El Colegio del Patriarca consolidó una institución destinada a formar sacerdotes y a preservar una enseñanza católica rigurosa. Su continuidad convirtió a Ribera en una figura central de la historia religiosa y cultural valenciana.5

Legado artístico y litúrgico

La capilla del Corpus Christi expresa la unión entre arquitectura, culto eucarístico, música y formación sacerdotal. El edificio no fue un simple monumento funerario, sino un programa espiritual y pedagógico permanente.

Legado problemático

La participación de Ribera en la política de expulsión de los moriscos forma parte inseparable de su legado histórico. La devoción católica puede venerar su santidad personal sin ignorar el sufrimiento provocado por decisiones políticas que él apoyó o aconsejó. La canonización no transforma una medida de gobierno en norma moral para otros tiempos ni borra la necesidad de estudiar sus consecuencias.

Conclusión

San Juan de Ribera fue uno de los principales obispos reformadores de la España tridentina. Su larga etapa al frente de la archidiócesis de Valencia, su labor de formación sacerdotal, su defensa de la doctrina católica y su intensa devoción eucarística dejaron una huella profunda en la Iglesia valenciana. El Colegio de Corpus Christi continúa siendo el símbolo más visible de su proyecto pastoral y espiritual.

Al mismo tiempo, su figura pertenece a una época en la que la unidad religiosa, la autoridad monárquica y el gobierno eclesiástico estaban estrechamente unidos. Su actuación ante la cuestión morisca y su relación con la política que condujo a la expulsión de 1609 requieren una valoración histórica crítica. La Iglesia lo venera como santo por sus virtudes reconocidas y por su intercesión; la historia lo estudia también como arzobispo, gobernante y actor de la Contrarreforma en la Monarquía Hispánica.

Citas y referencias

  1. Resumen biográfico, el Dicastério de las Causas de los Santos. Giovanni de Ribera (1532-1611) - Biografía, 1 (1960). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18
  2. Beata Rafaela María, virgen, fundadora de las Siervas del Sagrado Corazón (1925 d.C.), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Tomo I, 59 (1990). 2 3 4 5
  3. Papa Juan XXIII. Giovanni de Ribera (1532-1611) - Homilía, 1 (1960). 2
  4. A los peregrinos españoles con motivo de la canonización del beato Juan de Ribera (12 de junio de 1960), Papa Juan XXIII. A los peregrinos españoles con motivo de la canonización del beato Juan de Ribera (12 de junio de 1960), 1 (1960). 2 3 4 5 6 7
  5. II, Sancta Sedes. Acta Apostolicae Sedis: número 8, julio de 1960, 33 (1960). 2
  6. El Dicastério de las Causas de los Santos. Giovanni de Ribera (1532-1611) - Sobre él, 1 (1960).
  7. Al consistorio sobre la canonización de Juan de Ribera (30 de mayo de 1960), Papa Juan XXIII. Al consistorio sobre la canonización de Juan de Ribera (30 de mayo de 1960), 1 (1960).
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