El misterio pascual forma una unidad. La pasión, la muerte, la resurrección, la ascensión y Pentecostés no constituyen episodios independientes, sino momentos de una única obra redentora.
La pasión de Jesucristo
La pasión manifiesta el amor obediente de Cristo al Padre y su solidaridad con la humanidad pecadora. Jesús acepta libremente el sufrimiento y la muerte en fidelidad a la misión recibida. Su entrega no nace de una fatalidad ciega ni de una simple derrota ante sus adversarios. Cristo camina conscientemente hacia «su hora», el momento en que llevará a plenitud la obra encomendada por el Padre.
La pasión incluye la agonía de Getsemaní, la traición, el abandono de los discípulos, los juicios, la flagelación, la coronación de espinas, el camino hacia el Calvario y la crucifixión. En todos estos sufrimientos, Jesús permanece unido al Padre y ofrece su vida por la salvación del mundo.
La cruz revela simultáneamente:
Cristo, inocente y santo, carga con las consecuencias del pecado sin haber cometido pecado. La cruz manifiesta la violencia del mal, pero también muestra que el amor de Dios alcanza una profundidad que el pecado no puede destruir.
La muerte de Cristo
Jesucristo muere verdaderamente en la cruz. La fe católica confiesa la realidad histórica de su muerte y, al mismo tiempo, su significado salvífico. El Hijo eterno asume una naturaleza humana completa y entrega su vida humana al Padre por amor a los hombres.
La muerte de Cristo es un sacrificio de obediencia y amor. Jesús no ofrece algo exterior a sí mismo: ofrece su propio cuerpo y su propia sangre. En la última cena anticipa sacramentalmente esta entrega cuando instituye la Eucaristía y manda a la Iglesia que celebre su memorial.
La cruz no debe interpretarse como una exigencia de crueldad por parte del Padre. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo actúan unidos en la obra de la salvación. El Padre entrega al Hijo por amor; el Hijo se entrega libremente; y el Espíritu Santo sostiene y lleva a plenitud la ofrenda de Cristo. El misterio pascual manifiesta así la comunión de amor de la Santísima Trinidad.
La resurrección
La resurrección constituye el cumplimiento y la confirmación divina de la obra realizada en la cruz. El Padre resucita a Jesús de entre los muertos mediante el poder del Espíritu Santo. Cristo resucitado posee un cuerpo verdadero, pero glorificado y transformado; no retorna simplemente a la vida terrena anterior, como ocurrió con Lázaro, sino que entra en una condición nueva y definitiva.
La resurrección no representa un añadido secundario a la pasión. Forma parte esencial de la redención. San Pablo resume esta unidad al afirmar que Cristo «fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación» (Rm 4,25).
La resurrección significa:
- la victoria sobre el pecado y la muerte;
- la glorificación de la humanidad de Cristo;
- la confirmación de su identidad como Hijo de Dios;
- el fundamento de la fe y de la esperanza cristianas;
- la inauguración de la nueva creación;
- la promesa de la resurrección futura de los creyentes.
La resurrección transforma el sentido de la cruz. La cruz continúa siendo el lugar del sufrimiento y de la entrega, pero, iluminada por la resurrección, aparece como el camino del amor victorioso. Por este motivo, la Iglesia proclama siempre conjuntamente la muerte y la resurrección del Señor.
La ascensión y la glorificación
La ascensión de Jesucristo no significa una simple partida espacial. Expresa la entrada de la humanidad de Cristo en la gloria del Padre. El Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre, lleva consigo nuestra naturaleza humana y abre para ella el camino hacia la comunión plena con Dios.
La glorificación completa el movimiento pascual: el Hijo baja hasta la condición humilde del siervo, entrega su vida, vence la muerte y vuelve al Padre con la humanidad redimida. Cristo glorioso permanece unido a su Iglesia y ejerce para siempre su mediación sacerdotal.
La ascensión también inaugura una nueva forma de presencia. Cristo ya no permanece visible del mismo modo que durante su vida terrena, pero continúa presente en la Iglesia, en la palabra proclamada, en los sacramentos, en la Eucaristía y en los pobres y necesitados.
La donación del Espíritu Santo
El misterio pascual alcanza su despliegue pleno con Pentecostés. Cristo resucitado y glorificado comunica el Espíritu Santo a la Iglesia. El Espíritu hace presente la vida del Resucitado, reúne a los creyentes en un solo cuerpo y capacita a la Iglesia para anunciar el Evangelio.
Jesús es el portador del Espíritu desde la encarnación y el bautismo en el Jordán. Después de la resurrección se convierte en el donador glorioso del Espíritu, fuente inagotable de la vida divina comunicada a los hombres.
El Espíritu Santo aplica a cada persona los frutos de la redención. Gracias a él, el bautizado recibe la adopción filial, puede dirigirse a Dios como Padre, participa de la vida de Cristo y es incorporado a la Iglesia.