El Cisma de Occidente
El concilio nació en el contexto posterior al Cisma de Occidente, que había dividido la obediencia de la Iglesia latina entre varios pontífices rivales. La elección controvertida de Urbano VI en 1378 provocó la elección de Clemente VII el 20 de septiembre del mismo año y dio comienzo formal al cisma. La Iglesia carecía entonces de un mecanismo institucional preparado para resolver una situación en la que dos obediencias papales reclamaban simultáneamente legitimidad.1
La crisis no constituía únicamente una disputa entre poderes políticos o entre grupos de cardenales. Afectaba a la naturaleza de la autoridad en la Iglesia: ¿correspondía al papa resolver por sí solo una controversia sobre la legitimidad de la elección pontificia? , ¿podía un concilio general juzgar a un papa o a varios pretendientes? , ¿qué autoridad poseía la Iglesia universal en una situación de emergencia?
La convocatoria de un concilio apareció desde los primeros momentos como una posible vía para restablecer la unidad. Incluso antes de la apertura formal del cisma, algunos cardenales italianos propusieron recurrir a un concilio general. Sin embargo, ambas obediencias pontificias terminaron rechazando la posibilidad, porque temían que la asamblea adquiriese competencia para juzgar la legitimidad de los papas rivales.1
De Pisa a Constanza
La vía conciliar adquirió fuerza después del fracaso de las negociaciones entre Gregorio XII y Benedicto XIII. Los cardenales de ambas obediencias abandonaron a sus respectivos pontífices y convocaron el Concilio de Pisa, inaugurado el 25 de marzo de 1409. Pisa intentó resolver el problema mediante un procedimiento judicial contra los dos pretendientes, acusados de haber incurrido en herejía. En aquella fase, el concilio general aparecía principalmente como una instancia excepcional de juicio y no como un órgano ordinario de gobierno o legislación superior al papa.2
El Concilio de Pisa no logró restablecer la unidad. En lugar de dos obediencias, la Iglesia latina quedó sometida a tres líneas pontificias. El emperador Segismundo promovió entonces una nueva asamblea, inaugurada en Constanza el 5 de noviembre de 1414. El Concilio de Constanza terminó convirtiéndose en una asamblea general de la Iglesia occidental y asumió un programa amplio: resolver el cisma, combatir las herejías y promover la reforma eclesial.2
La huida de Juan XXIII obligó a los padres conciliares a justificar jurídicamente la continuidad de la asamblea sin la presencia efectiva del papa que la había convocado. En ese contexto surgió el decreto Haec sancta, promulgado el 6 de abril de 1415, cuya interpretación posterior tendría una influencia decisiva en el desarrollo del conciliarismo.2


