La presencia real «en, con y bajo» el pan y el vino
Martín Lutero rechazó la transubstanciación, pero mantuvo una afirmación fuerte de la presencia de Cristo en la Cena del Señor. La doctrina luterana clásica enseña que el Cuerpo y la Sangre de Cristo están realmente presentes en, con y bajo las especies de pan y vino. Esta presencia no depende de una transformación de la sustancia del pan y del vino según la explicación católica.
La expresión consubstanciación suele emplearse para describir esta concepción, aunque las confesiones luteranas oficiales no utilizan necesariamente ese término como denominación técnica. La idea pretende expresar una coexistencia entre el pan y el vino, por una parte, y el Cuerpo y la Sangre de Cristo, por otra. La tradición católica considera esta explicación incompatible con la transubstanciación, porque mantiene la sustancia del pan y del vino junto con el Cuerpo y la Sangre del Señor.
La teología luterana no presenta esta presencia como una mezcla física, una inclusión local o una unión hipostática. La unión hipostática es la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona de Cristo. La presencia luterana en la Cena posee, por el contrario, un carácter misterioso y sacramental. La doctrina clásica intenta afirmar simultáneamente la realidad de Cristo y la permanencia del pan y del vino.
La relación entre palabra, promesa y sacramento
La comprensión luterana concede un papel decisivo a las palabras de institución pronunciadas por Cristo. La presencia sacramental depende de la promesa del Señor y de su palabra, no de una capacidad humana del ministro ni de una explicación filosófica exhaustiva. La Cena comunica el perdón prometido por Cristo a quienes reciben el sacramento con fe.
Esta perspectiva se integra en la doctrina luterana de la justificación por la fe. La teología luterana distingue entre la justificación, entendida como declaración gratuita de Dios que imputa al pecador la justicia de Cristo, y las buenas obras, que brotan de la fe pero no producen la justificación.
El luteranismo clásico reconoce, por tanto, una dimensión objetiva de la Cena: Cristo ofrece realmente su Cuerpo y su Sangre. Al mismo tiempo, atribuye gran importancia a la fe del comulgante para recibir los frutos salvíficos del sacramento. La falta de fe no convierte la Cena en un mero símbolo, pero impide que el receptor aproveche espiritualmente la gracia ofrecida.
La duración de la presencia
Una cuestión discutida dentro del luteranismo consiste en determinar cuánto tiempo permanece la presencia real. Algunas interpretaciones tradicionales la vinculan estrictamente al acto litúrgico y a la distribución de la comunión. Desde este punto de vista, la presencia no continúa necesariamente en los elementos que permanecen después de la celebración.
Las prácticas luteranas han variado. Algunos pastores y comunidades tratan con especial reverencia el pan y el vino sobrantes; otros consideran que la presencia sacramental concluye con la celebración o con la comunión. La diversidad también afecta al modo de tratar los elementos restantes, porque las confesiones luteranas no han establecido siempre una disciplina común y detallada sobre esta cuestión.
La diferencia con la Iglesia católica resulta clara. La doctrina católica enseña que la presencia de Cristo continúa mientras subsistan las especies consagradas. Por ese motivo, la Iglesia conserva las hostias consagradas en el sagrario, practica la adoración eucarística y tributa culto de latría -adoración debida únicamente a Dios- al Santísimo Sacramento.