La oración cristiana no consiste principalmente en recitar fórmulas de memoria ni en obtener automáticamente todo aquello que el niño pide. La oración es el encuentro personal con Dios, que conoce a cada ser humano y le ama como Padre. El niño aprende a rezar cuando descubre que puede dirigirse a Dios con confianza, contarle lo que vive, darle gracias, pedir perdón, interceder por otras personas y permanecer en silencio ante él.
La educación en la oración pertenece a la formación integral de la fe. No basta con transmitir conocimientos religiosos: el niño necesita aprender a vivir con Dios. La catequesis cristiana incluye la doctrina, la caridad y la oración, y la familia y la escuela poseen una responsabilidad específica en este proceso.1
La oración infantil posee algunas características propias:
- Necesita una relación afectiva y confiada. El niño suele acercarse a Dios a partir de la experiencia de amor, protección y cuidado que recibe de sus padres y educadores.
- Integra el cuerpo, los sentidos y la imaginación. Los gestos, las imágenes sagradas, la música, la luz, el silencio y el espacio influyen en su modo de participar.
- Avanza desde lo concreto hacia lo interior. Al principio, el niño comprende mejor una oración vinculada a la comida, la familia, el sueño, la enfermedad o una persona necesitada.
- Requiere repetición sin mecanicismo. La repetición ayuda a fijar las palabras, pero los adultos deben explicar progresivamente su significado.
- Se apoya en el ejemplo. El niño aprende tanto por lo que oye como por lo que ve hacer a sus padres, abuelos, catequistas y sacerdotes.
Juan Pablo II consideró decisiva la primera iniciación que el niño recibe de sus padres y del ambiente familiar. Las oraciones breves que comienza a pronunciar pueden constituir el inicio de un diálogo amoroso con Dios, siempre que la presentación de la fe resulte sencilla, verdadera y respetuosa con la dignidad del niño.2


