La Iglesia posee autoridad para establecer normas que concreten la manera de vivir determinadas obligaciones cristianas. Estas normas reciben el nombre de preceptos de la Iglesia porque proceden de la autoridad eclesial y obligan a los fieles en conciencia dentro del ámbito de la disciplina católica. La Iglesia no crea la ley divina, sino que la aplica, la concreta y ordena su cumplimiento en la vida de los bautizados.4
El Catecismo de la Iglesia Católica sitúa los preceptos dentro de la vida moral alimentada por la liturgia. Su carácter obligatorio pretende garantizar a todos los fieles un nivel básico de oración, participación sacramental, esfuerzo moral y crecimiento en el amor a Dios y al prójimo.3
El Compendio del Catecismo resume su finalidad con estas palabras:
«Los cinco preceptos de la Iglesia tienen como finalidad garantizar a los fieles lo indispensable en el espíritu de oración, en la vida sacramental, en el compromiso moral y en el crecimiento del amor a Dios y al prójimo».2
Por tanto, los preceptos cumplen varias funciones:
- Protegen la centralidad de la Eucaristía dominical.
- Mantienen abierta la vida de conversión mediante la Penitencia.
- Vinculan la recepción de la Comunión con el tiempo pascual.
- Ordenan la penitencia corporal y la sobriedad cristiana.
- Recuerdan la obligación de sostener materialmente la misión de la Iglesia.
El cumplimiento externo, sin fe ni caridad, no alcanza por sí solo la plenitud de la vida cristiana. Los preceptos pretenden conducir a una relación viva con Jesucristo, no reducir el cristianismo a una lista de obligaciones.

