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San Alfonso María de Ligorio

San Alfonso María de Ligorio fue un obispo, teólogo moralista, escritor, predicador, músico y fundador italiano del siglo XVIII. Abandonó una brillante carrera jurídica para abrazar el sacerdocio, dedicó su ministerio a la evangelización de las poblaciones pobres y rurales, fundó la Congregación del Santísimo Redentor y elaboró una teología moral orientada a formar la conciencia y a unir la verdad de la ley cristiana con la misericordia pastoral. La Iglesia lo canonizó en 1839, lo proclamó doctor de la Iglesia en 1871 y lo declaró patrono celestial de los confesores y moralistas en 1950.1

Liguori
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Infografía de San Alfonso María de Ligorio
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Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSan Alfonso María de Ligorio
CategoríaPersona
Nombre CompletoAlfonso María de' Liguori
Cargo EclesiásticoObispo de Sant’Agata de’ Goti
Fecha de Nacimiento1696-09-27
Lugar de NacimientoMarianella, suburbio de Nápoles
Fecha de Muerte1787-08-01
Lugar de MuerteNocera dei Pagani
NacionalidadItaliano
SexoMasculino
Fecha de Fundación9 de noviembre de 1732
Beatificación15 de septiembre de 1816
Canonización26 de mayo de 1839
Declaración de Patronazgo1950
Doctor de la Iglesia1871
EnseñanzasConfesores y moralistas
Estado de VidaClero
Fecha de Nombramiento Episcopal1762
Fecha de Ordenación1726
Fin del Cargo Eclesial1775
Miembro de
  • Redentorista
  • Congregación del Santísimo Redentor
Papa que declaró PatronazgoPío XII
Papa que proclamó DoctorPío IX
Personas relacionadas
  • Congregación del Santísimo Redentor
  • Pío VII
  • Gregorio XVI
  • Alfonso María de Ligorio
TipoSanto

Tabla de contenido

Vida

Origen familiar y formación

Alfonso María de Ligorio nació en Marianella, suburbio de Nápoles, el 27 de septiembre de 1696, en el seno de una familia noble. Fue el primogénito de ocho hermanos. Su padre, don José de Ligorio, pertenecía a la aristocracia napolitana y desempeñaba funciones vinculadas a la marina y a la corte; su madre, Ana Catalina Cavalieri, procedía también de una familia distinguida y profundamente cristiana.

La familia proporcionó a Alfonso una educación esmerada, acorde con su posición social. Recibió formación en lenguas, literatura, música, filosofía y derecho. Desde muy joven manifestó una inteligencia excepcional y una gran capacidad de trabajo. A los doce años superó el examen de acceso a los estudios jurídicos ante profesores de gran prestigio, entre ellos el filósofo napolitano Giambattista Vico. A los dieciséis años obtuvo los grados académicos en derecho civil y canónico, después de recibir la dispensa necesaria por su corta edad.1

El contexto jurídico de la juventud de Alfonso pertenecía al mundo del derecho romano-canónico, que estructuraba buena parte de la vida pública del Reino de Nápoles. La formación de un jurista exigía dominar tanto la legislación civil como las normas eclesiásticas. El ejercicio profesional dependía de una preparación rigurosa, de la pertenencia a los colegios jurídicos y de la intervención ante tribunales sometidos a procedimientos formales y complejos. Alfonso no llegó al foro como un aficionado: obtuvo la habilitación correspondiente y ejerció la abogacía en los tribunales napolitanos con una competencia extraordinaria.

La carrera de abogado

Durante varios años, Alfonso ejerció como abogado en Nápoles. Su talento oratorio, su memoria y su conocimiento de los procedimientos judiciales le proporcionaron una reputación excepcional. La tradición biográfica lo presenta como uno de los abogados más brillantes de la ciudad, con numerosos éxitos profesionales. Sin embargo, su actividad jurídica no satisfacía plenamente sus aspiraciones espirituales. Alfonso colaboraba además con iniciativas de asistencia a los enfermos y visitaba los hospitales napolitanos, donde entró en contacto directo con la pobreza, la enfermedad y el abandono religioso de numerosos habitantes.

La ruptura con su carrera profesional tuvo lugar después de un proceso particularmente importante. Alfonso defendió una causa con gran brillantez, pero descubrió que había pasado por alto un detalle decisivo del expediente: una partícula negativa que alteraba el sentido del argumento. Aunque el tribunal no atribuyó el error a negligencia grave, Alfonso quedó profundamente afectado. La experiencia le hizo comprender la fragilidad de la gloria profesional y la distancia entre el éxito social y la verdadera salvación.

Tras aquel episodio, abandonó el foro y emprendió un retiro espiritual. La decisión no nació de un fracaso académico ni de una incapacidad profesional, sino de una conversión radical de sus prioridades. El joven jurista comprendió que ya no podía consagrar sus mejores energías a la defensa de intereses temporales. La tradición conserva como expresión de aquel momento su renuncia a las vanidades del mundo y su propósito de dedicarse por entero a Dios.2

Vocación sacerdotal

La decisión de Alfonso encontró una fuerte resistencia familiar. Su padre había proyectado para él una carrera acorde con su rango y esperaba que contrajera un matrimonio ventajoso. El joven pretendía inicialmente incorporarse a la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, pero la comunidad evitó recibirlo ante la oposición paterna. Finalmente, obtuvo el consentimiento para iniciar la preparación eclesiástica, aunque tuvo que permanecer durante un tiempo en la casa familiar.

Alfonso recibió las órdenes menores y comenzó los estudios de teología. El arzobispo de Nápoles, el cardenal Francesco Pignatelli, reconoció sus cualidades y favoreció su incorporación al clero. Fue ordenado sacerdote en 1726. Desde el comienzo de su ministerio mostró una especial preocupación por las personas pobres, los enfermos, los presos, los campesinos y quienes carecían de una formación cristiana suficiente.3

Su sacerdocio unió tres dimensiones que permanecerían inseparables durante toda su vida:

Alfonso llegó a considerar la predicación y la confesión como instrumentos privilegiados para devolver a las personas la esperanza y reintegrarlas en la vida de la gracia.

El apostolado entre los pobres

Las capillas del atardecer

Durante sus primeros años de sacerdocio, Alfonso trabajó en los ambientes populares de Nápoles. Colaboró con las llamadas capillas del atardecer, grupos de oración, catequesis y formación cristiana destinados especialmente a niños, jóvenes y personas abandonadas por las estructuras sociales y pastorales ordinarias.

Aquellas iniciativas reunieron a decenas de miles de participantes. La propuesta combinaba la enseñanza del catecismo, la oración, la música religiosa, la corrección fraterna y la asistencia a los necesitados. Alfonso comprendió que la evangelización no podía limitarse a las iglesias ni depender únicamente de discursos dirigidos a personas ya formadas. La Iglesia debía salir al encuentro de quienes vivían en los márgenes de la sociedad.

Esta experiencia influyó decisivamente en su concepción misionera posterior. La predicación debía adaptarse a la capacidad de comprensión de los oyentes, evitar un lenguaje innecesariamente técnico y conducir a decisiones concretas: abandonar el pecado, reconciliarse con Dios, reparar las injusticias y perseverar en la oración.

La misión rural

En 1730, durante una estancia en las montañas próximas a Amalfi, Alfonso entró en contacto con grupos de pastores y campesinos. Descubrió allí una pobreza que no era únicamente económica. Muchas de aquellas personas carecían de educación elemental, de acceso regular a los sacramentos y de una instrucción cristiana adecuada.

La situación de las poblaciones rurales provocó en él una profunda conmoción. Alfonso comprendió que la Iglesia necesitaba sacerdotes dedicados de forma estable a las comunidades más olvidadas. La misión no podía concentrarse exclusivamente en las grandes ciudades, las cortes o los centros intelectuales. El campo constituía un territorio apostólico prioritario.

Entre 1726 y 1752 predicó numerosas misiones por el Reino de Nápoles, especialmente en aldeas y zonas rurales. Sus predicaciones buscaban provocar una conversión real y duradera. Después de concluir una misión, procuraba regresar meses más tarde para consolidar sus frutos. La predicación inicial abría el camino; la catequesis, la confesión y el acompañamiento posterior ayudaban a mantener la renovación espiritual.4

Fundación de los redentoristas

Una congregación nueva

Alfonso no ingresó en una orden religiosa preexistente ni convirtió una comunidad anterior en una rama de su propio instituto. Fundó una congregación misionera nueva, destinada a evangelizar especialmente a las poblaciones pobres y abandonadas.

La fundación tuvo lugar en Scala, cerca de Amalfi, el 9 de noviembre de 1732. La nueva comunidad recibió inicialmente el nombre de Congregación del Santísimo Salvador. Con posterioridad, la Santa Sede la aprobó con el título de Congregación del Santísimo Redentor, nombre que conserva en la actualidad.5

El proyecto recibió el impulso del obispo Tomás Falcoia, con quien Alfonso había colaborado en la renovación de comunidades religiosas. Sin embargo, la iniciativa pertenecía a una congregación misionera distinta de las órdenes ya existentes. Alfonso asumió progresivamente la responsabilidad de organizar su vida interna, su formación y su apostolado.

La finalidad principal de los redentoristas consistía en imitar a Jesucristo Redentor y dedicar una atención preferente a la predicación dirigida a los pobres. La congregación adoptó los votos de pobreza, castidad y obediencia, junto con el compromiso de perseverar en el instituto hasta la muerte. Su actividad comprendía misiones populares, ejercicios espirituales, predicación, catequesis y confesión.5

Crisis y consolidación

La congregación sufrió graves dificultades desde sus primeros años. Las tensiones internas, la oposición de algunos sectores eclesiásticos y las interferencias políticas pusieron en peligro la continuidad del proyecto. Alfonso tuvo que afrontar la marcha de algunos compañeros y momentos en los que quedó prácticamente solo con un hermano laico. Más tarde llegaron nuevos miembros y la comunidad pudo establecer casas en lugares como Ciorani, Nocera, Iliceto y Caposele.6

El reconocimiento pontificio llegó en 1749, durante el pontificado de Benedicto XIV. La aprobación canónica confirmó la identidad de la congregación y su orientación misionera. Los redentoristas debían predicar con un estilo sólido, sencillo y persuasivo, de modo que el pueblo pudiera comprender el contenido de la fe y aplicarlo a la vida cotidiana.5

La historia posterior de la congregación quedó marcada por el conflicto entre la aprobación pontificia y las exigencias de la monarquía napolitana. Las autoridades civiles intentaron imponer modificaciones a las reglas aprobadas por Roma. La intervención política provocó una separación temporal entre las comunidades situadas en el Reino de Nápoles y las establecidas en los Estados Pontificios. Alfonso sufrió especialmente esta división, pues terminó apartado jurídicamente de una parte de la congregación que había fundado. Aceptó aquella humillación con obediencia, convencido de que la fidelidad a la Iglesia exigía renunciar incluso al control visible de su propia obra.7

La reunificación de las ramas redentoristas llegó después de su muerte. La congregación adquirió entonces una dimensión internacional, especialmente gracias a san Clemente María Hofbauer, que impulsó su expansión hacia Europa central y septentrional.7

Las religiosas redentoristas

La renovación impulsada por Alfonso también dio origen a una rama femenina. En 1731, una comunidad de religiosas vinculada a la experiencia espiritual de sor María Celeste Crostarosa adoptó una nueva forma de vida religiosa en Scala. Alfonso participó en el discernimiento de aquella experiencia y colaboró en la elaboración de la regla. La comunidad pasó a vivir con una orientación contemplativa y penitencial, bajo el signo del Redentor.4

Las religiosas redentoristas no constituyen una simple sección femenina de los sacerdotes redentoristas, sino una congregación religiosa con identidad y gobierno propios, aunque ambas familias comparten el carisma centrado en Jesucristo Redentor.

Obispo de Sant’Agata de’ Goti

En 1762, el papa Clemente XIII nombró a Alfonso obispo de Sant’Agata de’ Goti, diócesis situada en el reino de Nápoles. El nombramiento contrariaba su inclinación personal, pues Alfonso había intentado evitar las dignidades eclesiásticas. Aceptó el episcopado por obediencia y dedicó sus energías a la reforma pastoral de la diócesis.

Como obispo, visitó las parroquias, impulsó la formación del clero, promovió la predicación y procuró mejorar la administración de los sacramentos. Prestó una atención especial a la catequesis del pueblo y a la preparación de los sacerdotes para la confesión. Su gobierno episcopal mantuvo el mismo principio que había guiado su actividad misionera: la doctrina debía llegar a las personas de modo claro, comprensible y espiritualmente provechoso.

La enfermedad y la edad avanzada le impidieron continuar durante mucho tiempo en el cargo. Tras quince años de episcopado, renunció en 1775 y regresó a la comunidad redentorista de Nocera dei Pagani. Allí vivió sus últimos años entre la oración, la escritura, la enfermedad y las dificultades derivadas de la división jurídica de su congregación.1

Teología moral

Finalidad pastoral

La teología moral constituye uno de los ámbitos principales de la obra de Alfonso. Su gran tratado, titulado Teología moral, nació de la experiencia acumulada durante las misiones y las confesiones. Alfonso no pretendía elaborar una especulación desligada de la vida concreta, sino ofrecer a confesores y pastores criterios seguros para acompañar a las personas en situaciones reales.

Su método estudiaba los problemas morales mediante casos concretos, argumentos teológicos, autoridad de los doctores y análisis de las circunstancias. Alfonso valoraba la razón y examinaba las opiniones enfrentadas antes de elegir la solución que consideraba más conforme con la verdad y más útil para la salvación de las almas. No aceptaba una opinión únicamente porque la defendiera un autor prestigioso.8

La finalidad práctica de su obra explica su estilo. El confesor debía conocer la doctrina, pero también debía saber aplicarla a personas concretas: con diferente grado de formación, responsabilidad, libertad, temor, costumbre y capacidad de comprender la obligación moral.

La conciencia

Para Alfonso, la conciencia constituye el juicio práctico mediante el cual la persona reconoce qué debe hacer o evitar en una situación concreta. La conciencia no crea por sí misma el bien y el mal. La ley moral procede de Dios, alcanza su plenitud en Cristo y recibe una interpretación autorizada en la Iglesia. La conciencia aplica esa verdad a las decisiones particulares.

Esta doctrina evita dos errores opuestos:

  • El rigorismo, que convierte toda duda o irregularidad en una condena y puede conducir al desaliento.
  • El laxismo, que minimiza la ley moral y permite actuar sin fundamento suficiente.

Alfonso defendió la necesidad de formar la conciencia. Una persona no puede decidir rectamente si carece de conocimiento moral, si actúa dominada por prejuicios o si confunde sus deseos con la verdad. La formación de la conciencia exige escuchar la Revelación, recibir la enseñanza de la Iglesia, estudiar con prudencia, examinar las circunstancias y buscar consejo competente cuando exista una dificultad seria.

Benedicto XVI resumió la aportación alfonsiana como una síntesis entre la ley de Dios, la libertad humana y la dinámica de la conciencia. Alfonso pedía a los confesores fidelidad a la doctrina católica y, al mismo tiempo, una actitud caritativa, comprensiva y delicada que ayudara al penitente a convertirse y avanzar en la vida cristiana.9

Conciencia dudosa y discernimiento

La tradición moral alfonsiana concede gran importancia a la duda. Cuando una persona no sabe si una acción resulta lícita o ilícita, no debe actuar de manera irreflexiva. Necesita formar un juicio prudente, buscar razones serias y, cuando convenga, consultar a un confesor o a otro experto.

Alfonso desarrolló una posición equilibrada en las controversias sobre el probabilismo. Consideraba legítimo seguir una opinión moral verdaderamente probable cuando existían razones serias para considerarla conforme con la ley, especialmente cuando no podía alcanzarse una certeza práctica. Sin embargo, rechazaba que una persona escogiera una opinión meramente débil o cómoda sin ponderar su fundamento. El discernimiento moral no equivale a elegir siempre la opción más fácil.10

Su sistema recibió posteriormente el nombre de equiprobabilismo, aunque la evolución de sus formulaciones exige distinguir entre las distintas ediciones de sus obras y los diferentes momentos de su pensamiento. Alfonso sostenía que el confesor debía valorar las razones de cada postura y no imponer una carga moral injustificada. También afirmaba que nadie podía seguir una opinión ciertamente menos probable frente a una obligación moral suficientemente clara.11

La aprobación eclesiástica de sus opiniones no convirtió cada afirmación concreta de Alfonso en una definición infalible. La Iglesia reconoció su autoridad como maestro de teología moral, pero mantuvo la libertad legítima de discutir cuestiones particulares entre autores católicos competentes.12

Lucha contra el jansenismo

El rigorismo jansenista

El jansenismo influyó en ciertos ambientes católicos europeos durante los siglos XVII y XVIII. Su doctrina espiritual tendía a presentar la gracia y la vida cristiana con un rigor que podía producir temor, desconfianza y alejamiento de los sacramentos. En la práctica pastoral, algunas corrientes vinculadas al jansenismo exigían disposiciones extraordinarias para recibir la comunión o la absolución, y contemplaban con sospecha la fragilidad ordinaria de los penitentes.

Alfonso combatió este clima espiritual porque lo consideraba contrario al rostro misericordioso de Cristo y perjudicial para la salvación de las almas. Su oposición no significaba una defensa de la permisividad. Alfonso mantuvo la gravedad del pecado, la necesidad de la conversión, la reparación y el propósito firme de enmienda. Su diferencia consistía en rechazar un rigor que confundía la santidad cristiana con la imposibilidad práctica de volver a Dios.

Misericordia pastoral y verdad moral

La respuesta alfonsiana al jansenismo unió fidelidad doctrinal y misericordia pastoral. El confesor debía enseñar la verdad moral, pero no podía actuar como un juez distante ni imponer exigencias carentes de fundamento. El sacerdote debía ayudar al penitente a reconocer el pecado, confiar en la gracia, reparar el mal y comenzar una vida nueva.

Alfonso consideraba la absolución sacramental como una acción de Cristo que perdona, ilumina y fortalece. Por eso aconsejaba recibir a los penitentes con paciencia, escuchar la historia concreta de cada persona y distinguir entre la malicia deliberada, la ignorancia, el miedo, la costumbre y la debilidad. La misericordia no anulaba la ley: permitía aplicar la ley con justicia y caridad.

Su teología moral supuso así un giro pastoral frente a los excesos rigoristas. La pregunta central del confesor no debía ser únicamente «¿qué pena merece esta persona?», sino también «¿cómo puedo ayudarla a volver a Dios sin falsear la verdad?». Esta perspectiva explica la influencia duradera de Alfonso en la formación de confesores y moralistas.

Espiritualidad

La oración

Alfonso enseñó que la oración constituye un medio esencial para perseverar en la gracia. En su obra El gran medio de la oración, defendió la necesidad de pedir a Dios la ayuda concreta para vencer las tentaciones, crecer en la caridad y cumplir la voluntad divina.

Su conocida máxima resume esta convicción: «Quien reza se salva». Alfonso no reducía la salvación a una fórmula devocional. Entendía la oración como apertura confiada a la gracia, reconocimiento de la propia necesidad y cooperación libre con la acción de Dios.9

Recomendó especialmente la adoración eucarística y la visita al Santísimo Sacramento. En la presencia de Cristo, el cristiano podía presentar sus necesidades con la confianza de quien habla con un amigo. La oración debía alimentar la conversión diaria y conducir a una caridad concreta.9

Jesucristo Redentor y la Virgen María

El centro de la espiritualidad alfonsiana es el amor a Jesucristo. Alfonso contemplaba de manera especial la Encarnación, la Pasión, la Eucaristía y la entrega redentora del Salvador. La vida cristiana nace de la respuesta agradecida al amor de Cristo y alcanza su madurez mediante la unión con Él.

Su devoción mariana aparece en obras como Las glorias de María. Alfonso presentaba a la Virgen como Madre de misericordia, intercesora y modelo de seguimiento de Cristo. La piedad mariana nunca sustituía la centralidad de Jesucristo; conducía hacia Él y ayudaba al cristiano a confiar en la gracia.

Música y catequesis

Alfonso poseía una sólida formación musical y utilizó la música como instrumento de evangelización. Compuso himnos y canciones religiosas destinados a la instrucción del pueblo. La melodía facilitaba la memorización de las verdades cristianas y permitía expresar afectivamente la fe.

La canción navideña «Tu scendi dalle stelle»-«Bajas de las estrellas»- figura entre sus composiciones más conocidas y forma parte de la tradición popular italiana de la Navidad. Su producción musical manifiesta la convicción de que la evangelización debe hablar a la inteligencia, a la voluntad y también a la sensibilidad.

Obras principales

Alfonso escribió tratados teológicos, obras ascéticas, sermones, cartas, canciones y textos de formación popular. Entre sus obras más conocidas figuran:

  • Teología moral, su obra fundamental en el campo de la moral.
  • Las glorias de María, tratado de espiritualidad mariana.
  • El gran medio de la oración, dedicado a la necesidad de pedir la gracia.
  • La práctica de amar a Jesucristo, síntesis de su espiritualidad cristocéntrica.
  • Máximas eternas, obra de meditación sobre la conversión y la vida eterna.
  • La verdadera esposa de Jesucristo, tratado sobre la vida religiosa.
  • El camino de la salvación.
  • Sermones para todos los domingos del año.
  • Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima.
  • Las meditaciones de la Pasión de Jesucristo.

Alfonso redactó la mayoría de sus obras en italiano o en un lenguaje accesible a los fieles. Su estilo sencillo, afectivo y directo favoreció la difusión de sus libros en numerosas lenguas y contribuyó poderosamente a la formación espiritual del pueblo católico durante los siglos XVIII y XIX.9

También dejó una amplia correspondencia. Sus cartas reflejan las dificultades de gobierno, sus preocupaciones pastorales, la defensa de la congregación, la dirección espiritual y su profundo sentido de la obediencia eclesial.10

Últimos años y muerte

Los últimos años de Alfonso estuvieron marcados por la enfermedad y por graves pruebas interiores. La artrosis y otras dolencias limitaron progresivamente su movilidad. A pesar de sus sufrimientos, continuó escribiendo, dirigiendo la congregación y atendiendo las necesidades espirituales de quienes acudían a él.

Entre 1784 y 1785 atravesó una intensa crisis espiritual caracterizada por escrúpulos, tentaciones contra la fe y profundas angustias interiores. Vivió aquella prueba con perseverancia y abandono en Dios. Su vida final transcurrió en Nocera dei Pagani, donde murió durante la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 1787. La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 1 de agosto.7

Beatificación, canonización y doctorado

El proceso de canonización comenzó pocos años después de su muerte. Alfonso fue beatificado por Pío VII el 15 de septiembre de 1816 y canonizado por Gregorio XVI el 26 de mayo de 1839, en la basílica de San Pedro.1

El papa Pío IX lo proclamó doctor de la Iglesia en 1871. Este título reconoce la especial importancia de su doctrina para la vida y la enseñanza de la Iglesia. La designación no convierte todas sus opiniones históricas en definiciones dogmáticas, pero reconoce la autoridad singular de su síntesis teológica y pastoral.

En 1950, el papa Pío XII lo declaró patrono celestial de todos los confesores y moralistas. El patronazgo expresa la particular relevancia de su enseñanza para quienes anuncian la moral cristiana, administran el sacramento de la penitencia y acompañan las conciencias.1

Legado

El legado de san Alfonso María de Ligorio comprende cuatro aportaciones principales:

  1. La evangelización de los pobres, mediante misiones, catequesis y acompañamiento sacramental.
  2. La fundación de los redentoristas, congregación misionera dedicada especialmente a anunciar el Evangelio a los abandonados.
  3. La renovación de la teología moral, con un método atento a la verdad, la razón, la conciencia y las circunstancias concretas.
  4. La espiritualidad de la oración y de la confianza, centrada en el amor de Jesucristo y en la misericordia divina.

Su enseñanza conserva una especial actualidad para la pastoral de la reconciliación. Alfonso recuerda que la conciencia necesita formación, que la verdad moral no puede separarse de la libertad y que la misericordia cristiana no consiste en negar el pecado, sino en ofrecer al pecador el camino real de la conversión.

La figura de san Alfonso reúne, de este modo, al jurista que buscaba la justicia, al sacerdote que acompañaba a los pecadores, al misionero que recorría las aldeas, al obispo dedicado a su diócesis, al teólogo que examinaba con rigor las cuestiones morales y al fundador que entregó su vida a la obra del Redentor. Su pensamiento puede resumirse en una convicción esencial: la verdad debe conducir a la salvación y la doctrina debe ponerse al servicio de la misericordia de Dios.

Citas y referencias

  1. Alfonso María de' Liguori (1696-1787) - Biografía, El Dicasterio de las Causas de los Santos. Alfonso María de' Liguori (1696-1787) - Biografía (26-05-1839). 2 3 4 5
  2. Alfonso Liguori. Sermones sobre varios temas, 14 (1845).
  3. Alfonso Liguori. Sermones sobre varios temas, 15 (1845).
  4. Alban Butler. Butler’s Lives of the Saints: Volumen III, 248 (1990). 2
  5. Redentoristas. Enciclopedia Católica, Redentoristas (1913). 2 3
  6. Alfonso Liguori. Sermones sobre varios temas, 21 (1845).
  7. Alban Butler. Butler’s Lives of the Saints: Volumen III, 252 (1990). 2 3
  8. T. López-Rodríguez. El problema de las fuentes y el método de la teología moral en San Alfonso María de Ligorio, 6 (1989).
  9. San Alfonso Liguori, Papa Benedicto XVI. Audiencia general del 30 de marzo de 2011: San Alfonso Liguori, 1 (2011). 2 3 4
  10. San Alfonso Liguori. Enciclopedia Católica, San Alfonso Liguori (1913). 2
  11. Alfonso de Liguori. Cartas de San Alfonso María de Liguori: Volumen IV, 428 (1896).
  12. Teología moral. Enciclopedia Católica, Teología moral (1913).
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