La objetividad del bien y del mal
La declaración rechaza la idea de que cada persona pueda determinar arbitrariamente lo bueno y lo malo. La conciencia humana descubre una ley moral que no crea por sí misma. Esta ley está inscrita por Dios en el corazón y orienta las decisiones personales.
La dignidad humana exige obedecer la verdad moral. La libertad no consiste en inventar el bien y el mal, sino en elegir responsablemente el bien conocido. La conciencia, por tanto, necesita formarse y abrirse a la verdad.
La moral católica distingue entre las circunstancias históricas, que pueden cambiar, y los principios fundamentales vinculados a la naturaleza de la persona. Las transformaciones culturales no modifican por sí mismas las exigencias esenciales del matrimonio, la castidad, la fidelidad y el respeto a la vida humana.
La ley natural y la Revelación
La razón humana puede conocer los principios fundamentales del orden moral natural. La Revelación cristiana ilumina y confirma ese conocimiento, y ofrece además el designio salvador de Dios manifestado en Jesucristo.
Cristo constituye para los cristianos la ley suprema de la vida moral. Su enseñanza y su ejemplo muestran la plenitud de la vocación humana y permiten comprender la sexualidad dentro del proyecto de santidad y de amor querido por Dios.,
Competencia del magisterio eclesial
La Iglesia posee autoridad para enseñar no sólo las verdades reveladas directamente, sino también los principios morales que proceden de la naturaleza humana y que resultan necesarios para el desarrollo integral y la santificación de la persona.
Esta competencia corresponde a la misión de la Iglesia como custodia e intérprete de la verdad moral. La enseñanza del magisterio no depende del grado de aceptación sociológica que alcance en una época concreta. La fe reconoce en ese magisterio un servicio a la verdad confiado por Cristo a su Iglesia.,