Infancia y familia
Ana Catalina nació el 8 de septiembre de 1774 en Flamschen, una aldea rural próxima a Coesfeld, dentro de la diócesis de Münster. Sus padres, Bernardo Emmerick y Ana Hillers, eran campesinos pobres y piadosos. La familia tuvo varios hijos y Ana Catalina colaboró desde muy joven en las tareas domésticas y agrícolas.
Recibió una educación escolar breve, pero desarrolló desde niña un notable conocimiento práctico de la fe cristiana. La oración, la participación en la misa y la meditación de la Pasión de Cristo ocuparon un lugar central en su vida. Visitaba con frecuencia la antigua iglesia de Coesfeld y practicaba el viacrucis, ejercicio espiritual que conservaría como una de las expresiones más características de su piedad.
El decreto sobre sus virtudes recuerda su intensa devoción eucarística. Después de recibir la primera Comunión en 1786, Ana Catalina procuró vivir unida a Cristo mediante la oración, la penitencia y el trabajo cotidiano. Su espiritualidad no nació de una búsqueda de notoriedad, sino de una vida sencilla, laboriosa y orientada al servicio de Dios y del prójimo.
Trabajo y deseo de vida religiosa
A los doce años comenzó a trabajar en una explotación agrícola para ayudar a mantener a su familia. Más adelante aprendió el oficio de costurera y trabajó de casa en casa. Su pobreza material dificultó su entrada en un monasterio, porque varios conventos exigían una dote que ella no podía aportar.
Las clarisas de Münster aceptaron finalmente recibirla si aprendía a tocar el órgano. Para preparar su ingreso acudió a la casa del organista Söntgen, en Coesfeld. Sin embargo, la pobreza de aquella familia la llevó a dedicar su tiempo al trabajo doméstico y a entregar sus escasos ahorros para ayudarla. No llegó a adquirir la formación musical prevista, pero su generosidad permitió que la familia afrontara mejor sus dificultades.
Este episodio refleja un rasgo constante de su personalidad espiritual: el servicio al prójimo precedía a sus propios proyectos. Su deseo de entrar en un convento no desapareció, pero aceptó retrasarlo para atender una necesidad concreta.
Entrada en el monasterio de Agnetenberg
En 1802, Ana Catalina entró en el monasterio agustiniano de Agnetenberg, situado en Dülmen, junto con su amiga Clara Söntgen. Al año siguiente profesó los votos religiosos. En la comunidad asumió con diligencia los trabajos más pesados y menos apreciados. Su origen humilde y su exacta observancia de la regla provocaron incomprensiones entre algunas religiosas, que interpretaron erróneamente su fervor.
El decreto de virtudes la describe como obediente, laboriosa, casta, humilde y perseverante. También indica que atravesó períodos de aridez espiritual, tentaciones y sufrimientos interiores, afrontados mediante la confianza en Dios y la perseverancia en la oración.
Entre 1802 y 1811 padeció enfermedades frecuentes y fuertes dolores. En 1811, las medidas de secularización provocaron la supresión del monasterio de Agnetenberg. Ana Catalina tuvo que abandonar la vida conventual y encontró alojamiento como asistenta en la casa del sacerdote Lambert, un clérigo francés refugiado en Dülmen. Poco después, su enfermedad la obligó a permanecer en cama.
Enfermedad, estigmas y últimos años
La vida de Ana Catalina transcurrió durante sus últimos años en una condición de extrema debilidad física. Su hermana menor, Gertrudis, acudió a Dülmen para ayudar en el gobierno de la casa y atenderla. En este período aparecieron los estigmas, es decir, lesiones o marcas corporales asociadas devocionalmente a las heridas de la Pasión de Cristo.
La noticia de los estigmas atrajo la atención de las autoridades eclesiásticas y civiles. El médico Franz Wesener visitó a Emmerich y mantuvo durante once años una relación de asistencia y amistad. Wesener redactó un diario con numerosos detalles sobre sus encuentros con ella, sus palabras, su estado físico y la atención que prestaba a los visitantes.
Una comisión episcopal examinó su vida y los fenómenos extraordinarios vinculados a ella. La investigación procuró comprobar con rigor la realidad de los estigmas y excluir el fraude. El relato tradicional de su vida afirma que las heridas de las manos y de los pies llegaron a cerrarse, mientras que otras lesiones reaparecían en determinados momentos litúrgicos.
En 1819, una comisión gubernamental sometió a Ana Catalina a un control severo durante varias semanas. El examen civil, realizado mientras estaba gravemente enferma, incluyó vigilancia continua, aislamiento de sus personas de confianza y presiones de diversa naturaleza. La experiencia aumentó su sufrimiento, que afrontó con paciencia y sin abandonar su actitud de humildad.
Ana Catalina murió en Dülmen el 9 de febrero de 1824. Recibió sepultura en el cementerio de la localidad. Después del entierro circularon rumores sobre una posible profanación o sustracción del cadáver, por lo que la tumba fue abierta en dos ocasiones; los responsables encontraron el féretro intacto.