La expresión crisis de fe reúne experiencias distintas. Una clasificación precisa evita confundir fenómenos psicológicos, intelectuales, espirituales y eclesiales.
Duda intelectual
La duda intelectual nace de una dificultad relacionada con la verdad o la credibilidad de la fe. Puede referirse a la existencia de Dios, la resurrección de Jesucristo, la historicidad de los Evangelios, la relación entre fe y razón, la doctrina moral, la existencia del mal o la autoridad de la Iglesia.
La duda puede tener un carácter:
- Interrogativo, cuando busca sinceramente comprender.
- Crítico, cuando examina argumentos y objeciones.
- Voluntario, cuando la persona alimenta deliberadamente la incertidumbre para evitar las exigencias de la fe.
- Obstinado, cuando rechaza una verdad conocida como revelada.
La duda involuntaria no constituye pecado por sí misma. La responsabilidad moral depende de la actitud interior y de las decisiones que acompañan la duda. Una persona puede experimentar pensamientos contrarios a la fe sin aceptarlos voluntariamente. En cambio, la indiferencia cultivada, la negligencia culpable en la formación o el rechazo deliberado de la verdad pueden debilitar gravemente la vida cristiana.
La investigación teológica y filosófica puede prestar un servicio importante en esta fase. J. Ratzinger sostuvo que la fe no debe reducirse a una teoría, pero tampoco puede prescindir de la reflexión intelectual. La vida cristiana necesita una inteligencia capaz de reconocer los problemas reales y encaminarse hacia su solución sin someter la fe a cada moda intelectual.
Aridez afectiva
La aridez afectiva consiste en la ausencia de gusto, consuelo o fervor sensible en la oración y en las prácticas religiosas. La persona puede continuar creyendo, amar a Dios y querer permanecer fiel, aunque no experimente entusiasmo ni una percepción cercana de la presencia divina.
El papa Francisco describió la aridez como una situación en la que el corazón pierde el gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos espirituales. En ese momento, la fe puede reducirse a una adhesión desnuda y perseverante a Cristo, comparable a la fidelidad ante el misterio de la agonía y del sepulcro.
La aridez no equivale, por tanto, a la duda intelectual. Una persona árida puede afirmar con plena convicción las verdades de la fe y, sin embargo, no sentir consuelo al rezar. También puede distinguirse de la pereza espiritual: la primera puede aparecer sin culpa y dentro de una vida fiel; la segunda implica una relajación voluntaria de la vigilancia, de la ascesis y de la perseverancia cristiana. Francisco relaciona la pereza espiritual con la negligencia del corazón y con el abandono progresivo de la vida cristiana.
Crisis de pertenencia eclesial
La crisis de pertenencia eclesial afecta a la relación con la Iglesia, sus ministros, sus instituciones, su doctrina o sus formas de celebración. La persona puede seguir creyendo en Dios y en Jesucristo, pero sentirse distante de la comunidad católica. También puede experimentar una ruptura entre la identidad cristiana recibida y la forma concreta en que ha conocido la Iglesia.
Entre sus causas aparecen:
- experiencias negativas con sacerdotes, religiosos o laicos;
- escándalos y abusos cometidos por miembros de la Iglesia;
- conflictos familiares o comunitarios;
- desacuerdo con determinadas enseñanzas;
- decepción ante formas deficientes de liturgia o pastoral;
- polarización ideológica dentro de la comunidad;
- dificultad para comprender los cambios culturales y eclesiales;
- falta de acompañamiento después de una crisis personal.
La crisis eclesial exige distinguir entre la santidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo y el pecado de sus miembros. La Iglesia posee una estructura visible, sacramental y jerárquica, pero sus miembros necesitan conversión permanente. Una experiencia de pecado eclesial puede provocar una herida auténtica sin justificar automáticamente la negación de la fe católica.
Antonio Aranda analizó cómo la comprensión de la pertenencia a la Iglesia quedó durante mucho tiempo vinculada casi exclusivamente a la jerarquía. Los cambios culturales y teológicos posteriores al Concilio Vaticano II provocaron crisis de identidad y de lenguaje que afectaron primero a clérigos y religiosos, pero alcanzaron también a los demás fieles.