Buscar un momento de recogimiento
Conviene detenerse unos instantes, apartar las distracciones y colocarse en presencia de Dios. La oración puede comenzar con una invocación sencilla:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
No hace falta adoptar una postura determinada, aunque arrodillarse o inclinar la cabeza puede ayudar a expresar humildad. La actitud exterior debe acompañar una disposición interior de verdad y confianza.
Reconocer los pecados
El penitente dirige la memoria hacia sus acciones, palabras, pensamientos y omisiones. Puede preguntarse:
- ¿He ofendido deliberadamente a Dios?
- ¿He faltado al amor a Dios o al prójimo?
- ¿He actuado contra la verdad, la justicia o la caridad?
- ¿He omitido un bien que tenía obligación o posibilidad razonable de realizar?
- ¿He mantenido voluntariamente una ocasión próxima de pecado?
- ¿He causado algún daño que deba reparar?
Este examen no busca alimentar una angustia estéril, sino alcanzar una conciencia humilde y sincera. El cristiano reconoce el pecado sin esconderlo, pero también confía en la misericordia de Dios.
Despertar el dolor por el pecado
Después de reconocer la falta, conviene considerar por qué el pecado causa dolor. La fórmula tradicional propone dos motivos:
- El temor de perder a Dios y de sufrir las consecuencias del pecado.
- El amor a Dios, que merece todo amor y ha sido ofendido.
El segundo motivo posee una importancia especial. El arrepentimiento alcanza su forma más plena cuando nace del amor a Dios. La persona comprende que el pecado no constituye simplemente una infracción externa, sino una ofensa contra el Creador, Padre y Bien supremo.
Puede expresarse interiormente de este modo:
Señor, he pecado contra Vos. Reconozco el mal que he hecho y lamento haberme apartado de vuestro amor. No quiero conservar este pecado ni vivir lejos de Vos.
La contrición incluye un verdadero rechazo del pecado, no solo pesar por haber sido descubierto o por haber sufrido consecuencias desagradables. La tradición teológica distingue el dolor de la contrición del simple remordimiento: el remordimiento puede quedarse en la aflicción, mientras que la contrición mueve la voluntad a abandonar el mal.
Formular el propósito de la enmienda
El acto de contrición debe incluir un propósito firme de no pecar. Esta decisión no exige prever que nunca habrá nuevas caídas. Significa querer sinceramente evitar el pecado y utilizar los medios necesarios para ello.
El propósito debe ser:
- Sincero, porque nace del rechazo real del pecado.
- Concreto, porque busca medios prácticos de conversión.
- Apoyado en la gracia, porque la perseverancia cristiana no depende solo de la fuerza humana.
- Abierto a la reparación, cuando el pecado haya perjudicado a otra persona.
Por ejemplo, una persona puede resolver apartarse de una ocasión concreta, restituir un bien tomado injustamente, pedir perdón por una ofensa, controlar una palabra dañina o buscar ayuda espiritual para vencer un hábito desordenado. La tradición espiritual recomienda terminar la oración con una resolución particular, como evitar una ocasión de pecado o corregir un defecto concreto.
Pedir la gracia de Dios
La fórmula tradicional no dice simplemente «no volveré a pecar», sino «con la ayuda de vuestra gracia». Esta expresión reconoce que la conversión es un don de Dios y que la persona necesita su auxilio para perseverar.
El penitente puede concluir con una petición breve:
Dios mío, dadme vuestra gracia para cumplir este propósito, perseverar en el bien y vivir unido a Vos. Amén.