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Papa Adeodato II

Adeodato II fue el papa número setenta y siete de la Iglesia católica. Monje romano vinculado al monasterio de San Erasmo, en el monte Celio, ocupó la sede de Pedro entre 672 y 676, durante un periodo de transición marcado por las consecuencias de las controversias cristológicas, la persistencia del monotelismo y la creciente presión política de los lombardos sobre los territorios bizantinos de Italia. Su pontificado, relativamente breve y poco documentado, destacó por la defensa de la disciplina monástica, la atención a la vida eclesial y la preservación de la doctrina católica en vísperas de la recepción occidental del VI Concilio Ecuménico.1,2

Adeodatus II
Ver información de la imagenAdeodatus II. Autor desconocido. Dominio público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Adeodato II
CategoríaPersona
Nombre Completo
  • Adeodatus II
  • San Adeodato
DescripciónTransición tras controversias cristológicas (monotelismo), presión lombarda y dominio bizantino reducido en Italia
TítuloPapa
Lugar de NacimientoRoma
Fecha de Muerte676
Lugar de MuerteRoma
Duración4 años
Estado de VidaMonje
Fecha de Celebración17 de junio
Fecha de Elección672
Fin del Pontificado676
Inicio del Pontificado672
Lugar de SepulturaBasílica de San Pedro
TipoPapa

Tabla de contenido

Identidad y nombre

Adeodato II aparece también como papa san Adeodato. La numeración «II» distingue su pontificado del de Deusdedit, papa entre 615 y 618, cuyo nombre latino podía aparecer bajo la forma Adeodatus. La duplicidad explica que algunos catálogos antiguos llamen Adeodato I a Deusdedit y reserven para el pontífice del siglo VII la denominación Adeodato II.1,3

El nombre Adeodatus significa «dado por Dios». No debe confundirse a este pontífice con Adeodato, hijo de san Agustín de Hipona, fallecido en la Antigüedad tardía, ni con su predecesor Deusdedit.4,3

Vida antes del pontificado

Adeodato nació en Roma y perteneció al clero monástico de la ciudad. Antes de su elección vivió como monje en el monasterio de San Erasmo, situado en el monte Celio, uno de los principales centros de vida religiosa de la Roma altomedieval. La tradición histórica lo presenta como un religioso dedicado a la observancia monástica y al perfeccionamiento de la disciplina de su comunidad.1

El monte Celio poseía una especial importancia para la Iglesia romana. Allí se habían establecido comunidades monásticas relacionadas con la renovación espiritual impulsada en Roma durante los siglos VI y VII. La procedencia monástica de Adeodato II ayuda a comprender el tono de su pontificado: en lugar de grandes iniciativas políticas o de una intensa producción documental, su gobierno aparece ligado a la fidelidad a la vida religiosa, la conservación de la disciplina y la atención pastoral.1

Elección y pontificado

Adeodato II fue elegido papa en 672 y ejerció el ministerio petrino durante aproximadamente cuatro años, hasta su muerte en 676. Los repertorios históricos ofrecen pequeñas diferencias en el día exacto de su elección, ordenación y fallecimiento, pero coinciden en situar su pontificado entre 672 y 676.1,5,2

Su pontificado transcurrió bajo el emperador bizantino Constantino IV, llamado también Constantino Pogonato. Roma continuaba integrada jurídicamente en el Imperio romano de Oriente, aunque la autoridad efectiva de Constantinopla sobre Italia había disminuido a causa de las guerras, la distancia y el avance lombardo. Adeodato II tuvo que ejercer su misión en un contexto donde la libertad de acción de la sede romana dependía tanto de su autoridad espiritual como de unas condiciones políticas inestables.5,6,7

Las noticias directas sobre sus decisiones son escasas. La documentación conservada permite conocer mejor su preocupación por determinados monasterios que una política pontificia desarrollada en numerosos decretos. La Enciclopedia Católica resume su actividad señalando su esfuerzo por perfeccionar la disciplina monástica y combatir el monotelismo.1

Defensa de la fe frente al monotelismo

La controversia cristológica

El monotelismo sostenía que Cristo poseía una sola voluntad. La doctrina católica, en cambio, confiesa que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, posee dos voluntades naturales, la divina y la humana, perfectamente concordes y sin oposición entre sí.

La controversia había comenzado décadas antes y había afectado profundamente a las relaciones entre Roma, Constantinopla y diversas Iglesias orientales. Algunos emperadores y dirigentes eclesiásticos promovieron fórmulas de compromiso destinadas a preservar la unidad política y religiosa del Imperio, pero aquellas fórmulas resultaban insuficientes para expresar plenamente la fe de la Iglesia sobre el misterio de Cristo.

Adeodato II heredó una situación doctrinal todavía no completamente resuelta. Su pontificado no coincidió con la celebración del VI Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla entre 680 y 681, pero sí perteneció al periodo que preparó la superación definitiva de la controversia. La Iglesia de Roma mantuvo la defensa de la doctrina recibida y rechazó cualquier formulación que redujera la integridad de la humanidad de Cristo. La tradición histórica atribuye a Adeodato II una actuación firme contra el monotelismo.1,2

Un pontificado de transición

La importancia de Adeodato II no depende de la promulgación de una gran definición dogmática propia. Su función histórica radica más bien en conservar la continuidad doctrinal durante los años que precedieron al concilio imperial de Constantinopla.

El pontífice recibió una controversia iniciada antes de su elección y transmitió a sus sucesores una posición romana coherente con la doctrina que posteriormente formularía el VI Concilio Ecuménico. Conviene evitar una interpretación anacrónica: Adeodato II no pudo aplicar las decisiones de un concilio celebrado después de su muerte, pero su pontificado pertenece al proceso histórico que condujo hacia aquella definición. La defensa de la ortodoxia durante este periodo consistió en mantener la enseñanza católica, sostener la comunión eclesial y evitar que las fórmulas políticas de conciliación sustituyeran a la verdad cristológica.1,2

Disciplina monástica

El monasterio de San Erasmo

La experiencia de Adeodato II como monje influyó en su relación con las comunidades religiosas. El pontífice conocía desde dentro las exigencias de la vida monástica: la obediencia, la estabilidad de la comunidad, la oración litúrgica y la necesidad de proteger la observancia frente a intereses externos.

La tradición histórica lo presenta como un papa comprometido con el perfeccionamiento de la disciplina monástica. Esta preocupación no implicaba aislar los monasterios de la autoridad eclesial, sino preservar su finalidad religiosa y garantizar que la vida de los monjes no quedara subordinada a intereses económicos o administrativos ajenos a su vocación.1

El privilegio de San Martín de Tours

Entre los documentos vinculados a Adeodato II destaca un privilegio concedido al monasterio de San Martín de Tours, en la Galia. El abad Aegirico acudió a Roma con una recomendación del obispo Crotberto de Tours y solicitó la protección apostólica para la comunidad monástica edificada en torno a la memoria de san Martín.5

El privilegio muestra el modo en que la sede romana intervenía en la protección de determinados monasterios. Adeodato II no concedió una exención de manera automática. El documento explica que Roma examinó la tradición jurídica aplicable y comprobó que el obispo de Tours y otros obispos de la provincia habían dado su consentimiento a la libertad monástica solicitada.5

La decisión reconocía al monasterio una amplia libertad de gobierno y administración respecto de la jurisdicción ordinaria del obispo. Al mismo tiempo, reservaba al obispo determinadas funciones sacramentales, como conferir las órdenes sagradas a los monjes y administrar el santo crisma. El privilegio refleja, por tanto, un equilibrio entre autonomía disciplinar de la comunidad y comunión con la estructura episcopal de la Iglesia.5

El documento también revela una concepción significativa de la autoridad pontificia. Adeodato II presenta la intervención de Roma como una custodia de las normas canónicas y de las decisiones de sus predecesores, no como una ruptura arbitraria con las costumbres eclesiales. La protección de la vida monástica debía apoyarse en la tradición, el consentimiento de los obispos y la finalidad espiritual del monasterio.5

Atención pastoral y obras de caridad

Las noticias transmitidas por la tradición presentan a Adeodato II como un pontífice de vida santa y generosa caridad. El Liber Pontificalis lo recuerda principalmente por su piedad personal y por su ayuda a los pobres. Aunque la documentación no conserva una relación detallada de sus obras, la imagen que ha perdurado es la de un obispo de Roma preocupado por las necesidades concretas de la población.

La caridad pontificia tenía una importancia especial en la Roma del siglo VII. La ciudad sufría las consecuencias de la debilidad imperial, la reducción de los recursos públicos y la inestabilidad militar de la península. La Iglesia asumía funciones de asistencia que en otros periodos habían correspondido a la administración imperial. En ese contexto, la limosna, la atención a los pobres y la protección de las comunidades religiosas formaban parte de la responsabilidad pastoral del papa.

La actividad de Adeodato II aparece así vinculada a una forma de gobierno menos visible que la de otros pontífices: la conservación de la vida cristiana en una ciudad vulnerable, la defensa de la fe y el cuidado de los sectores necesitados.1

La situación política de Roma, Rávena y el Exarcado

La administración bizantina de Italia

Después de la reconquista de Italia por los ejércitos de Justiniano, el Imperio romano de Oriente organizó la administración italiana en torno al Exarcado de Rávena. El exarca actuaba como gobernador civil y militar en nombre del emperador de Constantinopla. Rávena constituía el principal centro político bizantino de la península, mientras Roma conservaba una importancia religiosa y simbólica extraordinaria.8,7

El exarca reunía amplias competencias civiles y militares. Sin embargo, su capacidad para proteger Roma disminuyó progresivamente. Los lombardos habían invadido Italia desde 568 y, durante los siglos siguientes, ocuparon amplias zonas del norte y del centro de la península. La autoridad bizantina quedó fragmentada entre ciudades, guarniciones y corredores territoriales difíciles de defender.6,7

Rávena como centro de poder

Rávena gozaba de una posición estratégica superior a la de Roma dentro del sistema imperial. La ciudad había sido sede del gobernador bizantino y conservaba instituciones, fortificaciones y recursos que le permitían mantener durante más tiempo la apariencia del poder imperial. La distancia entre Rávena y Roma, sin embargo, dificultaba una respuesta rápida ante las amenazas militares y las crisis locales.8,7

Durante el pontificado de Adeodato II, Rávena seguía bajo autoridad bizantina, pero la presión lombarda condicionaba toda la política italiana. El papa no gobernaba un Estado pontificio plenamente constituido. El futuro poder temporal de la Santa Sede todavía no había adquirido la forma que alcanzaría después de las donaciones francas del siglo VIII. Roma dependía jurídicamente del emperador de Oriente, aunque el obispo de Roma ejercía una autoridad social y religiosa cada vez más relevante.

Este contexto reducía la libertad de acción del pontífice. Adeodato II debía defender los intereses de la Iglesia sin disponer de un ejército propio capaz de garantizar la seguridad de Roma. La sede apostólica tenía que relacionarse simultáneamente con la autoridad imperial, los representantes bizantinos en Italia y las fuerzas lombardas que dominaban amplias regiones. La política pontificia exigía prudencia, negociación y una clara distinción entre la autoridad espiritual del papa y los poderes militares de la península.

La amenaza lombarda

Los lombardos constituían el principal factor de inestabilidad en Italia. Su dominio no afectaba únicamente a las fronteras territoriales: también interrumpía comunicaciones, debilitaba las rentas eclesiásticas y ponía en peligro monasterios, iglesias y centros urbanos.

La evolución posterior confirma la gravedad del problema. En el siglo VIII, el rey Astolfo conquistó Rávena y amenazó el Patrimonio de San Pedro, lo que llevó al papa Esteban II a solicitar la intervención del rey franco Pipino el Breve. Esa crisis desembocó en la entrega de territorios a la Iglesia romana y en la formación de los Estados Pontificios. Adeodato II vivió antes de esos acontecimientos, cuando la Santa Sede todavía no contaba con la protección política franca ni con el dominio territorial que adquiriría posteriormente.9,6

Relaciones con la Iglesia de Occidente

Adeodato II mantuvo vínculos con comunidades monásticas de las Galias y de las islas británicas. La documentación conservada incluye cartas relacionadas con el monasterio de San Pedro de Canterbury y el monasterio de San Martín de Tours. Estas cartas muestran la continuidad de la relación entre Roma y las Iglesias occidentales, incluso en un periodo en el que las comunicaciones eran lentas y las estructuras políticas se encontraban fragmentadas.1

Canterbury y la consolidación de la Iglesia inglesa

La relación con Canterbury debe interpretarse con precisión histórica. La evangelización de los anglosajones había comenzado décadas antes, especialmente por iniciativa de san Gregorio Magno, cuyo pontificado impulsó la misión que llevó a san Agustín de Canterbury y a sus compañeros a Inglaterra.

Adeodato II no inició aquella evangelización. Durante su pontificado, la tarea principal consistía en consolidar comunidades cristianas ya existentes, reforzar sus vínculos con Roma y proteger la continuidad de la vida eclesial. Esta consolidación incluía la comunicación con los monasterios, la organización pastoral y la preservación de la comunión con la sede apostólica.1,2

La diferencia evita un anacronismo frecuente: atribuir a Adeodato II el comienzo de la misión inglesa, cuando la iniciativa fundamental perteneció al periodo de Gregorio Magno. El papa del siglo VII participó en una fase posterior, menos espectacular pero indispensable, dedicada a afianzar los frutos de la primera evangelización y a integrar las Iglesias anglosajonas en la vida de la Iglesia latina.1,2

Gobierno de la Iglesia

La brevedad del pontificado y la escasez de documentos impiden atribuir a Adeodato II un programa amplio de reformas comparable al de otros papas. Algunas síntesis históricas le atribuyen esfuerzos destinados a mejorar la conducta del clero y la atención pastoral. Estas iniciativas encajan con la orientación general de un pontificado centrado en la disciplina, la ortodoxia y la protección de la vida cristiana.2

Su gobierno combinó tres prioridades:

  • La defensa de la fe católica frente a las formulaciones monotelitas.
  • La protección de la disciplina monástica, especialmente mediante privilegios concedidos a comunidades concretas.
  • La atención pastoral y caritativa a la Iglesia de Roma en un periodo de inestabilidad política.1,5

Adeodato II actuó dentro de los límites propios de la Roma bizantina. No podía disponer libremente de los recursos de toda Italia ni imponer su voluntad a las autoridades civiles. Su autoridad se expresaba sobre todo mediante cartas, privilegios, relaciones con obispos y monasterios, y la custodia de la tradición doctrinal.

Muerte, sepultura y culto

Adeodato II murió en 676 y recibió sepultura en la basílica de San Pedro. La tradición eclesial lo venera como santo, en reconocimiento a su vida monástica, su caridad y su servicio a la Iglesia romana.1,5

Su memoria litúrgica corresponde al 17 de junio, fecha tradicionalmente asociada a su conmemoración. La veneración de Adeodato II no deriva de una producción doctrinal extensa ni de una actuación política de gran alcance, sino de la imagen de un pastor fiel, austero y caritativo que ejerció el pontificado en tiempos difíciles.

Valoración histórica

Adeodato II pertenece a la serie de papas que mantuvieron la continuidad de la Iglesia romana entre la gran obra pastoral de Gregorio Magno y las transformaciones políticas y eclesiales de los siglos posteriores. Su figura no puede comprenderse mediante los criterios de los papas medievales que gobernaron extensos territorios ni mediante la imagen moderna de un pontificado dotado de amplios instrumentos administrativos.

Su legado presenta cuatro rasgos principales:

  1. Fidelidad doctrinal, al mantener la oposición romana al monotelismo durante la etapa anterior al VI Concilio Ecuménico.
  2. Raíz monástica, visible en su procedencia del monasterio de San Erasmo y en su defensa de la observancia religiosa.
  3. Protección jurídica de los monasterios, como muestra el privilegio concedido a San Martín de Tours.
  4. Caridad pastoral, vinculada a las necesidades de la población romana y a la misión asistencial de la Iglesia.1,5

El pontificado de Adeodato II fue tranquilo en comparación con las crisis más violentas de las décadas anteriores, pero aquella tranquilidad no significó ausencia de problemas. La controversia cristológica todavía requería una solución definitiva; los lombardos amenazaban el equilibrio territorial de Italia; la autoridad bizantina se debilitaba; y las Iglesias occidentales necesitaban consolidar sus vínculos con Roma.

Adeodato II respondió a esas circunstancias mediante una política de continuidad. No protagonizó una ruptura ni promovió una transformación radical, pero preservó la fe, fortaleció la disciplina religiosa y sostuvo la comunión eclesial en una época de transición. Su pontificado preparó, desde la discreción y la estabilidad pastoral, el camino hacia la definición cristológica del VI Concilio Ecuménico y hacia la posterior evolución de la Iglesia romana en Italia y Occidente.

Citas y referencias

  1. Papa San Adeodatus. Enciclopedia Católica, Papa San Adeodatus (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16
  2. Papa #77: Adeodatus II, Magisterio IA. Breve Historia de los Papas de la Iglesia Católica, Papa 77 (2024). 2 3 4 5 6 7
  3. Papa San Deusdedit. Enciclopedia Católica, Papa San Deusdedit (1913). 2
  4. Adeodatus. Enciclopedia Católica, Adeodatus (1913).
  5. Adeodatus, de los Santos Pontífices Romanos. Gran Bullario Romano: Tomo I, 218 (1857). 2 3 4 5 6 7 8 9
  6. Italia. Enciclopedia Católica, Italia (1913). 2 3
  7. Exarca. Enciclopedia Católica, Exarca (1913). 2 3 4
  8. Rávena. Enciclopedia Católica, Rávena (1913). 2
  9. Aistulfo. Enciclopedia Católica, Aistulfo (1913).
Modificado el 12 de agosto de 2026 • FideScore™ 8.93Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/w5szkjdcn

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