La administración bizantina de Italia
Después de la reconquista de Italia por los ejércitos de Justiniano, el Imperio romano de Oriente organizó la administración italiana en torno al Exarcado de Rávena. El exarca actuaba como gobernador civil y militar en nombre del emperador de Constantinopla. Rávena constituía el principal centro político bizantino de la península, mientras Roma conservaba una importancia religiosa y simbólica extraordinaria.,
El exarca reunía amplias competencias civiles y militares. Sin embargo, su capacidad para proteger Roma disminuyó progresivamente. Los lombardos habían invadido Italia desde 568 y, durante los siglos siguientes, ocuparon amplias zonas del norte y del centro de la península. La autoridad bizantina quedó fragmentada entre ciudades, guarniciones y corredores territoriales difíciles de defender.,
Rávena como centro de poder
Rávena gozaba de una posición estratégica superior a la de Roma dentro del sistema imperial. La ciudad había sido sede del gobernador bizantino y conservaba instituciones, fortificaciones y recursos que le permitían mantener durante más tiempo la apariencia del poder imperial. La distancia entre Rávena y Roma, sin embargo, dificultaba una respuesta rápida ante las amenazas militares y las crisis locales.,
Durante el pontificado de Adeodato II, Rávena seguía bajo autoridad bizantina, pero la presión lombarda condicionaba toda la política italiana. El papa no gobernaba un Estado pontificio plenamente constituido. El futuro poder temporal de la Santa Sede todavía no había adquirido la forma que alcanzaría después de las donaciones francas del siglo VIII. Roma dependía jurídicamente del emperador de Oriente, aunque el obispo de Roma ejercía una autoridad social y religiosa cada vez más relevante.
Este contexto reducía la libertad de acción del pontífice. Adeodato II debía defender los intereses de la Iglesia sin disponer de un ejército propio capaz de garantizar la seguridad de Roma. La sede apostólica tenía que relacionarse simultáneamente con la autoridad imperial, los representantes bizantinos en Italia y las fuerzas lombardas que dominaban amplias regiones. La política pontificia exigía prudencia, negociación y una clara distinción entre la autoridad espiritual del papa y los poderes militares de la península.
La amenaza lombarda
Los lombardos constituían el principal factor de inestabilidad en Italia. Su dominio no afectaba únicamente a las fronteras territoriales: también interrumpía comunicaciones, debilitaba las rentas eclesiásticas y ponía en peligro monasterios, iglesias y centros urbanos.
La evolución posterior confirma la gravedad del problema. En el siglo VIII, el rey Astolfo conquistó Rávena y amenazó el Patrimonio de San Pedro, lo que llevó al papa Esteban II a solicitar la intervención del rey franco Pipino el Breve. Esa crisis desembocó en la entrega de territorios a la Iglesia romana y en la formación de los Estados Pontificios. Adeodato II vivió antes de esos acontecimientos, cuando la Santa Sede todavía no contaba con la protección política franca ni con el dominio territorial que adquiriría posteriormente.,