De la tolerancia limitada a la prohibición
La presencia cristiana en China había experimentado etapas diversas. Algunos emperadores permitieron la actividad de misioneros y científicos cristianos en la corte, mientras otros consideraron la religión católica una amenaza para el orden político, social o ritual del imperio. Las controversias sobre los llamados ritos chinos, especialmente sobre la legitimidad de determinadas prácticas tradicionales relacionadas con el respeto a los antepasados y a Confucio, deterioraron las relaciones entre la misión católica y la corte imperial.
En 1724, el emperador Yongzheng expulsó de China a la mayoría de los misioneros, salvo a quienes desempeñaban funciones concretas en la corte. En 1736, el emperador Qianlong prohibió la enseñanza de la doctrina cristiana bajo pena de muerte. Aquellas disposiciones no eliminaron las comunidades católicas, pero obligaron a muchos sacerdotes y fieles a vivir en la clandestinidad.
La persecución durante la dinastía Qing
Durante el reinado del emperador Jiaqing, entre 1796 y 1820, la persecución alcanzó una intensidad particular. Un decreto de 1805 y otras disposiciones de 1811 persiguieron a los misioneros extranjeros, a los cristianos chinos que recibían formación sacerdotal y a quienes difundían la doctrina católica. Un decreto de 1813 concedía un trato más favorable a quienes apostataban voluntariamente, mientras mantenía los castigos contra quienes perseveraban en la fe.
El siglo XIX produjo numerosos mártires. Entre ellos figuran el obispo Juan Gabriel Taurin Dufresse, ejecutado en 1815; san Francisco Regis Clet, estrangulado en 1820; y san Juan Gabriel Perboyre, martirizado en 1840. La historia de Chapdelaine prolonga así una cadena de testimonios cristianos iniciada mucho antes de su llegada a Guangxi.
Los tratados y la situación de los misioneros
El Tratado de Whampoa de 1844 abrió nuevas posibilidades jurídicas para la actividad católica francesa, aunque la protección legal no siempre alcanzó a las comunidades del interior. Las autoridades locales continuaron deteniendo misioneros y cristianos, y la aplicación de los decretos imperiales variaba considerablemente de una provincia a otra.
La muerte de Chapdelaine tuvo también consecuencias diplomáticas. Francia utilizó su ejecución como argumento para intervenir militarmente junto con Gran Bretaña contra el imperio Qing. Los acuerdos posteriores, especialmente el Tratado de Tianjin de 1858 y la Convención de Pekín de 1860, ampliaron los privilegios de los misioneros y reconocieron mayores posibilidades para la circulación y el establecimiento de instituciones cristianas.
Este aspecto exige una valoración prudente. La Iglesia honra a Chapdelaine por su fidelidad martirial, pero la utilización política de su muerte por parte de una potencia europea pertenece a un plano distinto: la santidad del mártir no convierte automáticamente en evangélicas todas las decisiones diplomáticas o militares adoptadas posteriormente por los Estados.