La custodia de la Encarnación
Redemptoris Custos presenta a José junto con María como el primer custodio del misterio de la Encarnación. En la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para liberar a la humanidad y concederle la adopción filial. María acogió al Verbo en su seno; José recibió la misión de proteger a la Madre y al Niño.
José no contempla el misterio desde fuera. Vive dentro de él y lo sirve en las condiciones ordinarias de una existencia familiar: matrimonio, trabajo, desplazamientos, obediencia civil, educación y protección. La exhortación contempla en esta vida escondida una dimensión auténticamente salvífica, porque las acciones cotidianas de la Sagrada Familia pertenecen al designio de la Encarnación.
La huida a Egipto
Después de la visita de los Magos, un ángel ordena a José que huya a Egipto con María y Jesús, porque Herodes pretende matar al niño. José se levanta de noche, toma al niño y a su madre y parte hacia el exilio. Esta obediencia protege la vida del Mesías y permite el cumplimiento de las Escrituras.
El episodio posee también un significado bíblico más amplio. Israel salió de Egipto para iniciar la antigua alianza; Jesús recorre el camino de Egipto como aquel que inaugura la Nueva Alianza. José, en calidad de custodio y colaborador de la providencia divina, protege durante el exilio al que llevará a cumplimiento la salvación.
La huida a Egipto revela asimismo el carácter concreto de la paternidad de José. Su misión exige discernir el peligro, actuar con rapidez y asumir sacrificios materiales. La confianza en Dios no le lleva a la pasividad, sino a una responsabilidad vigilante.
La vida oculta de Nazaret
Tras la muerte de Herodes, José regresa con María y Jesús y establece su hogar en Nazaret. Allí Jesús crece «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». José alimenta, viste y educa a Jesús; le enseña la Ley de Israel y el oficio de artesano, conforme a las responsabilidades propias de un padre de familia.
La vida oculta de Nazaret posee una gran importancia teológica. El Hijo eterno de Dios quiso vivir durante años una existencia familiar ordinaria, sometido a María y a José. De este modo, Cristo santificó las obligaciones familiares y el trabajo cotidiano, mientras José ejercía una autoridad orientada al servicio y al crecimiento humano del Salvador.,