El destino universal de los bienes
Dios creó los bienes de la tierra para que todas las personas pudieran utilizarlos de manera justa. La doctrina social de la Iglesia vincula el cuidado ecológico con la distribución equitativa de los recursos: la acumulación egoísta y el acaparamiento, tanto individual como colectivo, contradicen el orden de la creación.
Este principio no elimina el derecho a la propiedad privada. La propiedad puede proteger la libertad y la dignidad de la persona, y permite asumir responsabilidades concretas sobre los bienes. Sin embargo, ningún propietario puede olvidar que sus bienes poseen también una función social: deben contribuir al bien de la comunidad y no perjudicar injustamente a otras personas.
Por ello, una persona o una empresa actúa contra la moral cristiana cuando:
- acapara recursos indispensables para provocar escasez;
- obtiene beneficios mediante la destrucción deliberada del patrimonio común;
- desperdicia alimentos, agua, energía o materias primas;
- traslada los costes de la contaminación a los trabajadores, a los vecinos o a los países pobres;
- utiliza bienes públicos para fines privados;
- causa daños y se niega a repararlos.
El Catecismo considera ilícitos el despilfarro, los gastos excesivos, el deterioro voluntario de bienes privados o públicos y toda forma de apropiación injusta. También exige reparar el daño causado.
El bien común
El cuidado de la creación forma parte del bien común, que comprende las condiciones sociales que permiten a las personas y a las comunidades alcanzar su desarrollo. Un ambiente contaminado, la falta de agua potable, la degradación del suelo o la destrucción de ecosistemas afectan a la salud, al trabajo, a la vivienda y a la seguridad de las familias.
La Iglesia contempla la cuestión ecológica dentro del desarrollo humano integral. La protección ambiental no puede desligarse de la lucha contra la pobreza, la defensa del trabajo digno, la promoción de la paz y la protección de la vida.,
La contaminación también revela una cuestión de justicia. Los intereses productivos no pueden colocarse por encima de la dignidad de los trabajadores ni del bien de pueblos enteros. Cuando una actividad económica destruye el entorno y expone a las personas a enfermedades o condiciones indignas, la empresa y las autoridades afrontan una grave responsabilidad moral.
La solidaridad
La solidaridad exige reconocer que todos dependemos de una misma casa común. La dimensión planetaria de los problemas ecológicos reclama cooperación entre países, especialmente para compartir los recursos con justicia y afrontar daños que ningún Estado puede resolver por sí solo.
La solidaridad incluye varias dimensiones:
- solidaridad con los pobres, que suelen sufrir con mayor intensidad la contaminación y la pérdida de recursos;
- solidaridad entre pueblos, para evitar que las naciones más poderosas consuman de forma desproporcionada;
- solidaridad entre generaciones, para no legar deudas ecológicas irreparables;
- solidaridad con los trabajadores, cuya salud y empleo no deben sacrificarse en nombre del beneficio;
- solidaridad familiar, porque los hábitos cotidianos educan a niños y jóvenes.
El papa Benedicto XVI relacionó la responsabilidad ambiental con una renovación de la solidaridad entre países y personas, prestando una atención particular a los pobres y a las generaciones futuras.
La ecología integral
La Iglesia no reduce la ecología a la conservación de espacios naturales. La protección del ambiente requiere también una ecología humana, es decir, una cultura que respete la dignidad de toda persona, la familia, la vida y las relaciones sociales.
Benedicto XVI describió la naturaleza y la vida humana como partes de un único orden moral. Las obligaciones hacia el ambiente están vinculadas con las obligaciones hacia la persona, considerada individualmente y en relación con los demás. La defensa de una dimensión no permite despreciar la otra.
Esta perspectiva distingue la ecología católica de dos reduccionismos:
- el antropocentrismo despótico, que convierte al ser humano en dueño absoluto y justifica cualquier explotación;
- el biocentrismo o ecocentrismo radical, que niega la dignidad singular de la persona humana y coloca todas las formas de vida en el mismo nivel moral.
La Iglesia enseña que la persona humana posee una dignidad única porque ha sido creada a imagen de Dios. Al mismo tiempo, esa dignidad no autoriza la destrucción caprichosa de las demás criaturas. El ser humano ocupa un lugar central en la creación como administrador responsable, no como propietario absoluto.