Vida privada y escándalo público
Alejandro VI mantuvo, antes y durante su pontificado, una vida privada incompatible con las exigencias morales del estado clerical. La relación con Vannozza Cattanei y la paternidad de varios hijos pertenecen a hechos ampliamente vinculados a su biografía. La presencia pública de sus hijos y el modo en que los favoreció agravaron el escándalo.
Algunas acusaciones transmitidas por cronistas y autores posteriores alcanzaron una dimensión sensacionalista. La historiografía católica ha advertido contra dos extremos: ocultar las faltas reales de un ministro de la Iglesia o convertir rumores no probados en certezas históricas. La enciclopedia católica de comienzos del siglo XX reconocía la obligación del historiador de no disimular los pecados de los ministros de la Iglesia, pero también rechazaba la manipulación de los hechos y las exageraciones morbosas.
La distinción entre la vida privada y los actos administrativos resulta fundamental. La conducta personal de Alejandro VI merece una valoración moral severa; no todas las decisiones de su pontificado, sin embargo, derivaron directamente de ella ni pueden reducirse a una explicación psicológica o familiar.
Acusaciones de corrupción
Las críticas contra Alejandro VI incluyen acusaciones de simonía, sobornos, enriquecimiento familiar y abuso del poder pontificio. La simonía -la compra o venta de bienes espirituales, cargos o beneficios eclesiásticos- constituía una grave ofensa contra la naturaleza de la Iglesia. El contexto político no convierte esas prácticas en legítimas.
La administración de beneficios eclesiásticos implicaba con frecuencia pensiones, provisiones y negociaciones entre la curia, los reyes y los capítulos. La documentación sobre diócesis como Pamplona muestra la existencia de conflictos concretos acerca de nombramientos, rentas y derechos de presentación.,
La corrupción de algunos ministros no invalida la santidad de la Iglesia ni la validez de sus sacramentos. La doctrina católica distingue entre la indefectibilidad de la Iglesia, que permanece en la verdad y en la gracia de Cristo, y la fragilidad moral de sus miembros. La indignidad personal de un papa no destruye la dignidad del oficio petrino. La tradición citada por la enciclopedia católica expresa esta idea al afirmar que la dignidad de Pedro no disminuye por la indignidad de un sucesor.