Crear un horario equilibrado
Un horario evita la improvisación y protege los momentos de oración. Conviene combinar oración, descanso, alimentación, lectura, paseo y examen de conciencia.
Un ejemplo de retiro de un día puede seguir esta estructura:
| Momento | Actividad |
|---|
| Mañana | Levantarse, ofrecer el día y leer el Evangelio |
| Primera hora | Meditación y silencio |
| Media mañana | Paseo orante o lectura espiritual |
| Mediodía | Examen de conciencia y oración del Ángelus |
| Mediodía | Celebración de la misa, si resulta posible |
| Tarde | Segunda meditación y escritura espiritual |
| Última hora de la tarde | Confesión o dirección espiritual |
| Noche | Acción de gracias, examen del día y oración |
El horario no debe convertirse en una carga rígida. La persona necesita respetar los tiempos fijados, pero también permanecer disponible a la acción de la gracia.
Guardar silencio
El silencio exterior ayuda a reconocer los pensamientos, deseos y resistencias que normalmente quedan ocultos bajo el ruido de las ocupaciones. La tradición espiritual considera que el alma progresa con mayor facilidad en el silencio y la paz.
Guardar silencio no significa permanecer interiormente vacío. El silencio cristiano abre espacio para:
- escuchar la Palabra de Dios;
- reconocer la propia conciencia;
- contemplar la vida de Cristo;
- presentar a Dios las preocupaciones;
- agradecer sus dones;
- descubrir llamadas concretas al amor.
Durante el retiro conviene evitar conversaciones innecesarias, aunque no debe rechazarse una comunicación necesaria, una indicación del acompañante o una situación de verdadera caridad.
Meditar la Sagrada Escritura
La Biblia ocupa un lugar central. El retiro no necesita abundantes lecturas: suele resultar más provechoso escoger un pasaje breve y permanecer ante él con atención.
Una forma sencilla de meditar el Evangelio comprende estos pasos:
- Invocar al Espíritu Santo.
- Leer lentamente el pasaje.
- Imaginar la escena cuando el texto lo permita.
- Observar las palabras y acciones de Jesús.
- Preguntar qué suscita el pasaje en la propia vida.
- Formular una petición.
- Permanecer en silencio.
- Concluir con una oración de acción de gracias.
La tradición de los ejercicios espirituales hunde sus raíces en la Biblia y propone contemplar los misterios de la vida de Cristo para conocerle, amarle y seguirle.
Realizar oración personal
La oración personal puede adoptar diversas formas:
- meditación discursiva;
- lectura orante de la Biblia;
- adoración eucarística;
- contemplación silenciosa;
- rezo del rosario;
- salmos;
- examen de conciencia;
- oración de petición;
- acción de gracias;
- conversación espontánea con Jesucristo.
La cantidad no constituye el criterio principal. Una meditación sencilla, realizada con fidelidad y sinceridad, puede producir más fruto que muchas prácticas hechas con prisa.
San Ignacio recomienda preparar la oración desde la noche anterior y comenzar el ejercicio recordando que Dios mira a la persona. También aconseja revisar durante unos minutos cómo ha transcurrido la meditación, reconocer las causas de una mala disposición y dar gracias cuando la oración haya sido fecunda.
Participar en la liturgia
La misa ocupa un lugar privilegiado dentro del retiro cuando las circunstancias permiten participar en ella. La Eucaristía no constituye un elemento accesorio, porque une la oración personal al sacrificio de Cristo y a la vida de la Iglesia.
Juan Pablo II relacionó los ejercicios espirituales con la escucha de la Palabra de Dios, la participación frecuente en los sacramentos, especialmente la Eucaristía, la oración constante, la abnegación, el servicio a los hermanos y la práctica de las virtudes.
También puede resultar provechoso rezar la Liturgia de las Horas, especialmente Laudes y Vísperas, o unirse a la oración comunitaria del lugar.
Recibir el sacramento de la Reconciliación
El examen de conciencia conduce naturalmente al arrepentimiento y a la conversión. La confesión sacramental ofrece el perdón de Dios, la reconciliación con la Iglesia y una gracia particular para comenzar de nuevo.
San Ignacio considera que una confesión general puede ayudar a comprender con mayor profundidad los pecados, a suscitar un arrepentimiento más consciente y a recibir la Eucaristía con mejor disposición.
La confesión general no resulta obligatoria para quien ya cumple el precepto anual de confesarse. Conviene pedir consejo al confesor antes de realizarla, sobre todo si la persona padece escrúpulos o tiende a repetir indefinidamente sus pecados.
Practicar una penitencia prudente
La penitencia ayuda a ordenar los deseos y a liberar el corazón de dependencias desordenadas. Puede consistir en moderar el uso del teléfono, renunciar a un entretenimiento, guardar silencio, aceptar con paciencia una incomodidad o dedicar más tiempo a la oración y al servicio.
La penitencia cristiana nunca debe perjudicar la salud ni convertirse en una competición ascética. Las prácticas corporales intensas requieren prudencia y, cuando resulte necesario, orientación espiritual y médica. La tradición católica vincula la oración auténtica con la conversión y con la lucha contra el pecado, no con técnicas de bienestar separadas del Evangelio. citeturn0file6L1-L?