El Gobierno mexicano
El Gobierno defendía la soberanía del Estado sobre el culto público y presentaba la aplicación de la Constitución como una cuestión de legalidad nacional. Las autoridades revolucionarias consideraban que la Iglesia había disfrutado de privilegios incompatibles con el nuevo orden político.
La política gubernamental, sin embargo, no fue idéntica en todos los niveles. Algunos funcionarios buscaron acuerdos prácticos, mientras que otros aplicaron las leyes con especial dureza. La violencia no procedió únicamente de una estructura uniforme: participaron unidades militares, autoridades locales, fuerzas agraristas y grupos políticos radicalmente anticatólicos.
La jerarquía mexicana
Los obispos mexicanos defendieron la libertad de la Iglesia y protestaron contra la legislación religiosa. Su estrategia inicial fue jurídica y pacífica. Pío XI reconoció que el episcopado había intentado apaciguar los ánimos, presentar peticiones y buscar conversaciones con el presidente.
La jerarquía tampoco actuó siempre con una única valoración sobre la lucha armada. Algunos obispos mostraron comprensión hacia los campesinos sublevados; otros temieron que la guerra provocase una catástrofe mayor y procuraron mantener la resistencia dentro de cauces no violentos. La existencia de apoyo pastoral o moral a determinadas comunidades no equivale a una orden general del episcopado para iniciar la guerra.
La Santa Sede
La Santa Sede condenó la legislación y la persecución religiosa, pero mantuvo una orientación esencialmente diplomática. Pío XI denunció la expulsión de delegados apostólicos, la subordinación del culto a las autoridades civiles y la violencia contra católicos mexicanos.
La posición pontificia distinguía entre resistencia cristiana legítima y decisión política concreta de iniciar una guerra. Pío XI alentó la resistencia legal de sacerdotes y fieles, junto con la oración y la penitencia, y pidió a otros Gobiernos que atendieran la situación de los católicos mexicanos.
La Santa Sede no identificó sin más a la Iglesia universal con todos los actos militares de los cristeros. El Papa buscó preservar la vida sacramental, evitar una escalada irreparable y alcanzar un acuerdo que garantizase una libertad religiosa efectiva.
Los combatientes cristeros
Los cristeros fueron principalmente campesinos y habitantes de pequeñas localidades. Muchos combatían por la posibilidad de practicar públicamente la fe, recibir los sacramentos y mantener la identidad religiosa de sus familias. El Dicasterio para las Causas de los Santos describe el movimiento como una protesta extendida por gran parte del país, tanto pacífica como armada, con una motivación fundamental vinculada a la libertad religiosa.
La condición de cristero no convirtió automáticamente a cada combatiente en modelo de conducta cristiana. La guerra produjo abusos, ejecuciones, represalias y actos de violencia en ambos bandos. La defensa de un derecho religioso no legitima cualquier medio utilizado en su defensa. La valoración histórica debe reconocer tanto la sinceridad religiosa de muchos insurgentes como la existencia de acciones moralmente ilícitas cometidas durante el conflicto.