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Roma

Roma es la capital de Italia y una de las ciudades decisivas de la historia de la civilización occidental. Para la Iglesia católica, constituye la Sede Apostólica, la diócesis del obispo de Roma y el centro visible de la comunión católica universal. Su identidad cristiana nació de la predicación apostólica, alcanzó una especial significación con el martirio de san Pedro y san Pablo y quedó plasmada en sus basílicas, catacumbas, iglesias, monasterios, instituciones y peregrinaciones.

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Ver información de la imagenRoma / Roma - Lacio - Italia / Italia, c. 2012. Horizonte de Roma, Bert Kaufmann de Roermond, Países Bajos, CC BY-SA 2.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreRoma
CategoríaCiudad santa
DescripciónCapital de Italia y sede de la Iglesia católica, conocida como la Sede Apostólica
Cargo EclesiásticoObispo de Roma (el Papa)
DiócesisDiócesis de Roma
Fecha de Celebración29 de junio
ImportanciaSede Apostólica y centro visible de la comunión católica universal
PaísItalia
PatronazgoSan Pedro y San Pablo
TipoCiudad santa, Capital

Tabla de contenido

Nombre y significado cristiano

Roma recibió en la Antigüedad el título de Ciudad Eterna, expresión vinculada primero con la continuidad de su poder político y cultural y, posteriormente, con su importancia para la memoria cristiana. La tradición católica considera que la ciudad adquirió una nueva universalidad mediante el Evangelio: la antigua capital del Imperio romano pasó a convertirse en un centro espiritual abierto a pueblos de todas las lenguas y naciones.1

En el lenguaje eclesiástico, Roma aparece asociada a varias denominaciones:

  • Sede de Pedro, por su relación con el ministerio del apóstol san Pedro.
  • Sede Apostólica, por la función del obispo de Roma en la comunión de las Iglesias.
  • Santa Sede, expresión que designa al papa y a los organismos que colaboran con él en el gobierno de la Iglesia universal.
  • Iglesia romana, nombre tradicional de la comunidad cristiana de Roma y de su tradición eclesial.
  • Iglesia católica, en cuanto la Iglesia de Roma ocupa un lugar de referencia para la unidad visible de los fieles.

La relevancia de Roma no procede únicamente de su antigüedad, de sus monumentos o de su condición de antigua capital imperial. Para la fe católica, la ciudad está vinculada a la sucesión apostólica, a la custodia de la memoria de los mártires y al servicio universal del sucesor de Pedro.2

Roma antes del cristianismo

Roma surgió en la península italiana y llegó a convertirse en el centro político de un vasto imperio mediterráneo. Su expansión puso en contacto a pueblos diversos y creó una red de comunicaciones por la que también circularon personas, ideas y religiones.

La romanización no eliminó por completo las culturas locales, aunque extendió instituciones jurídicas, formas administrativas, lengua, infraestructuras y modelos urbanos. Este marco histórico favoreció la movilidad de los primeros misioneros cristianos. Las rutas terrestres y marítimas que confluían en Roma permitieron que el anuncio evangélico alcanzara con rapidez una ciudad densamente poblada y socialmente plural.

La comunidad cristiana apareció en Roma durante el siglo I. La Carta a los Romanos, escrita por san Pablo antes de su llegada a la ciudad, muestra que ya existía allí una comunidad cristiana organizada y suficientemente conocida en el mundo apostólico. La tradición antigua relacionó desde muy pronto a Roma con los apóstoles Pedro y Pablo, aunque ambos llegaron a la ciudad por caminos distintos y en momentos que la documentación no permite reconstruir con absoluta precisión.1

Los apóstoles Pedro y Pablo

San Pedro y la Iglesia de Roma

La tradición católica sostiene que san Pedro llegó a Roma, ejerció allí su ministerio y murió mártir durante la persecución de Nerón. La Iglesia reconoce en Pedro al apóstol al que Cristo confió una misión singular de confirmación de sus hermanos y de servicio a la unidad de la Iglesia.

La presencia de Pedro en Roma cuenta con un testimonio cristiano antiguo. Eusebio de Cesarea recoge que, durante la persecución de Nerón, Pedro fue crucificado en Roma y que la memoria de su sepultura permanecía vinculada a los cementerios de la ciudad. El mismo autor transmite el testimonio del presbítero romano Gayo, de comienzos del siglo II, quien hablaba de los monumentos sepulcrales de los apóstoles en el Vaticano y en la vía Ostiense.3

La tradición posterior añadió que Pedro pidió morir crucificado cabeza abajo, por no considerarse digno de sufrir una muerte idéntica a la de Jesucristo. Este detalle pertenece a la tradición piadosa antigua y no posee el mismo grado de comprobación histórica que la existencia de una memoria sepulcral de Pedro en Roma y la afirmación de su martirio durante la persecución neroniana.4

La basílica de San Pedro, levantada sobre el lugar venerado por la tradición como sepultura del apóstol, se convirtió en el principal santuario petrino de la cristiandad latina. La veneración de la tumba de Pedro contribuyó decisivamente a la importancia de Roma como destino de peregrinación y como centro de referencia para la comunión eclesial.5

San Pablo y la evangelización de los gentiles

San Pablo llegó a Roma como prisionero después de haber apelado al César, derecho relacionado con su ciudadanía romana. Los Hechos de los Apóstoles describen su llegada y su actividad evangelizadora en la ciudad. Durante su estancia, Pablo continuó anunciando a Cristo y mantuvo su actividad de enseñanza, aunque las circunstancias de su cautiverio limitaron sus desplazamientos.4

La tradición cristiana afirma que Pablo murió mártir en Roma durante el reinado de Nerón y que sufrió la decapitación, una forma de ejecución compatible con su condición de ciudadano romano. Las fuentes antiguas no ofrecen una fecha absolutamente segura: sitúan su muerte entre la persecución desencadenada después del incendio de Roma, en el año 64, y el final del reinado de Nerón, en el año 68.5

La memoria de la sepultura de Pablo quedó vinculada a la vía Ostiense. Eusebio conserva el testimonio de Gayo sobre el monumento del apóstol en esa vía, y la basílica de San Pablo Extramuros conserva la veneración cristiana de ese lugar.5

La tradición local identificó el lugar del martirio con las Aquae Salviae, actualmente conocido como Tres Fontanas. La explicación según la cual la cabeza de Pablo rebotó tres veces y originó tres fuentes pertenece a una tradición legendaria posterior, transmitida por textos apócrifos tardíos. La tradición más antigua acredita la memoria del martirio y de la sepultura en la vía Ostiense, pero no permite confirmar históricamente todos los detalles narrativos posteriores.5

La memoria conjunta de Pedro y Pablo

Pedro y Pablo aparecen unidos en la liturgia, en la iconografía y en la identidad cristiana de Roma. La Iglesia celebra su solemnidad el 29 de junio, fecha que expresa la comunión entre el apóstol de los judíos y el apóstol de los gentiles, así como la doble dimensión de la misión apostólica.

La documentación antigua confirma la relación de ambos con Roma y su martirio en la ciudad, pero no permite afirmar con certeza que ejercieran un ministerio simultáneo ni que murieran exactamente el mismo día o en el mismo año. Benedicto XVI recordó que las fuentes antiguas vinculan sus tumbas y que la tradición cristiana los asoció como fundadores de la Iglesia romana, aunque no existe una fuente antigua que describa con precisión un ministerio conjunto en Roma.5

Por tanto, conviene distinguir tres niveles:

  1. Dato histórico antiguo: la existencia de una memoria romana de las tumbas de Pedro y Pablo.
  2. Tradición cristiana ampliamente recibida: el martirio de ambos en Roma durante la persecución de Nerón.
  3. Detalles devocionales posteriores: la crucifixión invertida de Pedro, las tres fuentes de Pablo y otras circunstancias concretas de sus últimos momentos.

Esta distinción no disminuye el valor espiritual de la tradición. Permite comprender cómo la piedad cristiana conservó, desarrolló y expresó la memoria de los apóstoles sin confundir todos sus elementos con datos demostrables mediante la documentación histórica.

La Iglesia romana en los primeros siglos

La comunidad cristiana de Roma adquirió pronto una importancia singular. Su prestigio procedía de varios factores: la presencia de una comunidad numerosa en la capital imperial, el vínculo con Pedro y Pablo, la defensa de la fe apostólica y la posición de Roma como punto de encuentro entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

Durante los primeros siglos, los cristianos padecieron periodos de persecución. La comunidad romana conservó la memoria de numerosos mártires y desarrolló espacios de culto y sepultura, especialmente en las catacumbas. Las catacumbas no fueron simplemente escondites permanentes para los cristianos, sino sobre todo lugares funerarios y espacios de memoria litúrgica.

La persecución de Nerón ocupa un lugar especial en la historia cristiana de Roma. La tradición antigua relaciona con ese contexto el martirio de Pedro y Pablo. La actividad de la Iglesia romana no nació, por tanto, del apoyo de la autoridad imperial, sino del testimonio de los cristianos y del sacrificio de sus mártires. Juan Pablo II describió este proceso como la penetración del Evangelio en la cultura romana mediante la fuerza del testimonio, no mediante conquista militar o imposición política.1

A partir del siglo IV, después de la transformación de la política imperial hacia el cristianismo, Roma comenzó a expresar públicamente su identidad cristiana mediante basílicas, santuarios y celebraciones litúrgicas. Los antiguos espacios de la ciudad recibieron nuevos usos y significado. La memoria de los mártires quedó integrada en la configuración urbana, y las basílicas levantadas sobre sus tumbas se convirtieron en centros de culto y peregrinación.

Roma y la Sede Apostólica

El obispo de Roma

La Iglesia católica reconoce al obispo de Roma como sucesor de san Pedro y pastor de la Iglesia universal. La diócesis de Roma recibe por ello el nombre de Sede Apostólica. El papa ejerce su misión en comunión con los obispos y con las Iglesias particulares de todo el mundo.

La importancia de Roma no consiste en que la ciudad posea una superioridad cultural o política sobre las demás Iglesias. Su función deriva de su relación con el ministerio petrino y del servicio a la unidad de la fe. La tradición católica ha entendido la Iglesia romana como un punto de referencia para la doctrina, la disciplina y la comunión eclesial.2

La elección de Roma como sede del papa también posee una dimensión histórica. La ciudad constituía el centro del mundo mediterráneo y ofrecía una conexión excepcional con las comunidades cristianas del Imperio. Con el paso del tiempo, la autoridad espiritual del obispo de Roma adquirió una proyección que superó ampliamente los límites de la ciudad y de la península italiana.

La Santa Sede y el Estado de la Ciudad del Vaticano

La Santa Sede y el Estado de la Ciudad del Vaticano no son realidades idénticas. La Santa Sede designa al papa y a la organización mediante la cual ejerce su misión pastoral y diplomática. El Estado de la Ciudad del Vaticano constituye una entidad territorial soberana que garantiza la independencia necesaria para el ejercicio de ese ministerio.

La existencia del Estado vaticano no convierte a la Iglesia en una potencia territorial comparable a los Estados nacionales. Su finalidad principal consiste en asegurar la libertad y la autonomía del papa frente a poderes políticos. En su relación con Europa, la Santa Sede ha explicado que el territorio vaticano actúa como garantía de autonomía espiritual, no como instrumento para dominar el destino de los pueblos.6

Roma alberga, además, la Curia Romana, los tribunales apostólicos, las instituciones encargadas de la enseñanza y la defensa de la fe, los organismos diplomáticos y numerosas comunidades religiosas. Esta concentración institucional convierte a la ciudad en un lugar de encuentro entre obispos, sacerdotes, religiosos, teólogos, estudiantes, peregrinos y representantes de pueblos de todo el mundo.

Roma durante la Edad Media

De capital imperial a centro pontificio

La caída del poder imperial romano en Occidente no acabó con la importancia de Roma. La ciudad sufrió invasiones, crisis demográficas y transformaciones políticas, pero conservó una autoridad espiritual cada vez más definida. El papa desempeñó funciones religiosas y, en determinados periodos, también responsabilidades civiles y administrativas.

La desaparición de la autoridad imperial en Italia dio paso a nuevas estructuras políticas. La ciudad quedó expuesta a conflictos entre poderes locales, reinos germánicos, el Imperio de Oriente y, posteriormente, el mundo carolingio. En este contexto, el papado se convirtió en una institución capaz de mantener continuidad, representar una tradición supraterritorial y relacionarse con pueblos y autoridades de toda Europa.

La evangelización de los pueblos europeos avanzó paralelamente a la formación de sus reinos y comunidades políticas. El cristianismo proporcionó una lengua religiosa común, una red de diócesis, monasterios y escuelas, así como modelos jurídicos, culturales y asistenciales. La identidad europea no puede comprenderse sin el papel histórico del cristianismo en la configuración de sus pueblos y valores comunes.7

La Sede Apostólica y la identidad europea

Durante la Edad Media, Roma contribuyó a configurar la identidad europea como centro de referencia para la fe, la liturgia, el derecho canónico, la educación y la vida diplomática. Las relaciones entre Roma y los reinos cristianos no fueron siempre pacíficas ni uniformes, pero crearon un espacio de comunicación que atravesaba las fronteras políticas.

La Sede Apostólica proporcionó una instancia de unidad espiritual en un continente formado por pueblos latinos, germánicos, celtas, anglosajones y eslavos. Las peregrinaciones a Roma, junto con otras grandes rutas de peregrinación, favorecieron el conocimiento mutuo y la relación entre comunidades distintas. La peregrinación no anulaba las diferencias nacionales; las integraba en una experiencia religiosa común.7

La influencia romana se manifestó en diversos ámbitos:

  • Liturgia: la tradición litúrgica romana se extendió ampliamente por Occidente.
  • Derecho: el derecho canónico articuló la vida de las diócesis, monasterios, parroquias y tribunales eclesiásticos.
  • Educación: las escuelas catedralicias y monásticas conservaron y transmitieron la cultura clásica y cristiana.
  • Arte: iglesias, mosaicos, frescos y manuscritos expresaron la fe común de Europa.
  • Diplomacia: la Sede Apostólica mantuvo relaciones con reyes, emperadores y autoridades civiles.
  • Peregrinación: Roma ofreció un destino común vinculado a las tumbas de los apóstoles.
  • Evangelización: misioneros formados en la tradición romana participaron en la expansión del cristianismo europeo.

La contribución de Roma no debe interpretarse como una uniformidad absoluta. La cristiandad medieval conservó tradiciones litúrgicas, jurídicas y culturales diversas. La unidad se articuló alrededor de una fe común, no mediante la desaparición de todas las diferencias locales.

La Sede Apostólica también contribuyó a la formación de una conciencia europea que superaba las alianzas políticas ocasionales. La tradición cristiana aportó una visión de la dignidad humana, la justicia, la libertad, la familia, la vida, la cooperación y la paz. La Iglesia ha presentado estos valores como parte del patrimonio histórico y humano de Europa, incluso para quienes no comparten la fe cristiana.6

Roma, el Renacimiento y la cultura cristiana

Entre los siglos XV y XVI, Roma vivió una profunda renovación artística, arquitectónica e institucional. Los papas promovieron basílicas, palacios, capillas, bibliotecas y obras de arte que transformaron la ciudad. El Renacimiento romano reunió a arquitectos, escultores, pintores, humanistas y estudiosos procedentes de distintos lugares de Europa.

La belleza artística de Roma posee una dimensión religiosa inseparable de su historia. La arquitectura basilical, la pintura monumental, la escultura y la música sacra expresaron los misterios de la fe y dieron forma visible a la liturgia. Al mismo tiempo, las obras romanas forman parte del patrimonio cultural de toda la humanidad.

La ciudad reúne estratos históricos diversos: restos de la Roma antigua, construcciones paleocristianas, iglesias medievales, edificios renacentistas y barrocos, instituciones modernas y espacios contemporáneos. Esta superposición explica la singularidad de Roma como ciudad en la que la historia civil y la historia cristiana permanecen estrechamente relacionadas.

Las basílicas papales

Roma cuenta con cuatro basílicas papales, antiguamente llamadas basílicas mayores:

Basílica de San Pedro

La basílica de San Pedro se levanta sobre el lugar venerado como sepultura del apóstol Pedro. Es el principal santuario petrino y uno de los centros litúrgicos más importantes de la Iglesia católica. Su cúpula y su plaza forman uno de los conjuntos arquitectónicos más reconocibles del mundo cristiano.

Basílica de San Juan de Letrán

San Juan de Letrán es la catedral de Roma y recibe el título de madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo. Su importancia deriva de su condición de iglesia catedral del obispo de Roma, no únicamente de sus dimensiones o de su valor artístico.

Basílica de Santa María la Mayor

Santa María la Mayor está dedicada a la Virgen María y ocupa un lugar destacado en la tradición litúrgica y mariana de Roma. Conserva una importante memoria de la devoción romana a la maternidad divina de María y de la recepción del dogma cristológico.

Basílica de San Pablo Extramuros

San Pablo Extramuros se encuentra junto a la vía Ostiense, en el lugar asociado a la sepultura del apóstol Pablo. La basílica posee una importancia especial dentro de la historia cristiana de Roma y forma parte, junto con las otras basílicas papales, de los principales itinerarios de peregrinación, especialmente durante los Años Santos.8

Estas basílicas expresan cuatro dimensiones de Roma: la memoria de Pedro, la cátedra del obispo de Roma, la veneración de la Virgen María y la misión universal de Pablo.

Las catacumbas y la memoria de los mártires

Las catacumbas romanas son complejos funerarios excavados en el subsuelo de las proximidades de la ciudad. Allí recibieron sepultura numerosos cristianos y, en algunos lugares, mártires venerados por las primeras comunidades.

La espiritualidad cristiana romana nació en estrecha relación con la memoria de los muertos y la esperanza de la resurrección. Los sepulcros de los mártires no representaban únicamente lugares arqueológicos: constituían espacios de oración, celebración eucarística y transmisión de la fe.

La tradición de visitar las tumbas apostólicas y los cementerios de los mártires convirtió Roma en uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad. Desde la Antigüedad llegaron obispos, reyes, sacerdotes, religiosos y laicos procedentes de regiones lejanas.9

Roma como ciudad de peregrinación

La peregrinación a Roma recibe tradicionalmente el nombre de romería en diversas lenguas europeas, término relacionado con el peregrino que viaja hacia la ciudad de Roma. El peregrino acudía principalmente para venerar las tumbas de Pedro y Pablo, visitar las basílicas, orar ante las reliquias y participar en las celebraciones de la Iglesia romana.

Los Años Santos reforzaron esta función. Durante los jubileos, la ciudad acogió multitudes procedentes de países y culturas diferentes. La peregrinación tenía una finalidad penitencial y espiritual: invitaba a la conversión, a la reconciliación con Dios y a una renovación de la vida cristiana.

León XII describió Roma como una ciudad vinculada a las tumbas de los mártires, a las basílicas y a la memoria de Pedro y Pablo. Su interpretación del peregrinaje unía la visita a los lugares sagrados con la penitencia, la oración y el crecimiento en la caridad.10

Benedicto XIV presentó la peregrinación jubilar como una experiencia de renovación espiritual y como una contemplación de la transformación cristiana de la ciudad: los antiguos espacios de orgullo imperial quedaron integrados, con el paso del tiempo, en una ciudad marcada por las iglesias, los cementerios martiriales y los santuarios apostólicos.11

Roma y la unidad de la Iglesia

Roma desempeña un papel central en la unidad visible de la Iglesia católica. La unidad cristiana no significa uniformidad cultural, lingüística o disciplinar absoluta. La Iglesia reúne a pueblos diversos, Iglesias orientales y occidentales, ritos litúrgicos diferentes y múltiples tradiciones espirituales.

La función de la Sede Apostólica consiste en servir a la comunión de las Iglesias, custodiar la fe apostólica y ejercer la autoridad que corresponde al ministerio del papa. Roma actúa como punto de encuentro de comunidades que mantienen legítimas diferencias y, al mismo tiempo, comparten la misma fe, los mismos sacramentos y la comunión con el sucesor de Pedro.

La ciudad expresa visualmente esa universalidad. Sus peregrinos, estudiantes y comunidades religiosas proceden de numerosos países. Roma ha acogido a personas de diversas condiciones sociales y procedencias, integrándolas en una convivencia urbana que no elimina sus identidades propias.12

Roma y Europa en la época contemporánea

La relación entre Roma y Europa continúa más allá de la Edad Media. La Santa Sede ha participado en el diálogo europeo mediante su actividad diplomática, cultural y pastoral. Su intervención no pretende sustituir a las instituciones civiles, sino ofrecer una contribución propia desde la experiencia cristiana y desde la defensa de la dignidad humana.

La Santa Sede ha considerado que la tradición cristiana forma parte integrante de la historia europea y que muchos frutos humanos del Evangelio pertenecen hoy al patrimonio común del continente. Desde esta perspectiva, la cooperación europea necesita atender no solo a intereses económicos o políticos, sino también a la dignidad de la persona, la solidaridad, la justicia, la libertad y el bien común.6

La identidad europea posee dimensiones geográficas, políticas, económicas, culturales y morales. La contribución cristiana ocupa un lugar fundacional en esa identidad histórica, aunque Europa incluya actualmente ciudadanos de convicciones religiosas y filosóficas diversas. La Iglesia propone que la construcción europea respete las diferencias y, al mismo tiempo, preserve los valores humanos universales que permiten la convivencia.13

Roma ocupa una posición singular dentro de este proceso porque vincula la memoria del mundo clásico, la tradición cristiana, la historia de los pueblos europeos y la vida institucional contemporánea. La ciudad funciona como punto de unión entre el ámbito mediterráneo y el centro y norte de Europa, entre la cultura latina y la germánica, y entre la autoridad civil y la autoridad religiosa.12

Roma en la vida litúrgica y espiritual

Roma conserva numerosas celebraciones, devociones y tradiciones relacionadas con el calendario litúrgico. Las solemnidades de san Pedro y san Pablo, la celebración de los Años Santos, las liturgias papales y las visitas a las basílicas forman parte de la experiencia espiritual de millones de católicos.

La liturgia romana ha influido profundamente en la vida de la Iglesia latina. Su calendario, sus formularios, su música, sus ritos y sus espacios sagrados han contribuido a transmitir la fe a generaciones de cristianos. No obstante, la Iglesia católica reconoce también la legitimidad de otras tradiciones litúrgicas, especialmente las de las Iglesias orientales católicas.

La espiritualidad de Roma reúne varios elementos:

  • La fe apostólica, vinculada a Pedro y Pablo.
  • La comunión eclesial, expresada mediante el ministerio del papa.
  • La memoria martirial, visible en las catacumbas y basílicas.
  • La penitencia, especialmente durante los jubileos.
  • La universalidad, manifestada en la presencia de peregrinos de todos los continentes.
  • La belleza, expresada en el arte, la arquitectura y la liturgia.
  • La continuidad histórica, que une la Iglesia de los primeros siglos con la comunidad católica actual.

Roma como patrimonio histórico y espiritual

Roma reúne un patrimonio que pertenece simultáneamente a la historia civil, a la cultura europea y a la vida de la Iglesia. Sus monumentos antiguos recuerdan la grandeza y las limitaciones del poder político. Sus iglesias testimonian la transformación cristiana de la ciudad. Sus basílicas conservan la memoria de los apóstoles. Sus plazas y caminos evocan siglos de peregrinaciones y encuentros.

La grandeza cristiana de Roma no procede de su fama política ni de sus riquezas artísticas, sino de la memoria de Cristo transmitida por los apóstoles y sellada por la sangre de los mártires. La antigua ciudad imperial recibió una nueva vocación universal mediante el Evangelio, que penetró en sus instituciones, en su cultura y en la vida de sus habitantes.1

La ciudad continúa afrontando los desafíos propios de una capital moderna: la gestión de un patrimonio inmenso, la convivencia de residentes y peregrinos, la protección de sus monumentos, la movilidad urbana y el diálogo entre instituciones civiles y religiosas. Su historia exige una colaboración constante entre las autoridades públicas y la Santa Sede, basada en el respeto recíproco y en el servicio al bien común.12

Valoración católica de Roma

Desde la perspectiva católica, Roma es al mismo tiempo:

  • Una ciudad histórica, heredera de la antigua civilización romana.
  • Una ciudad apostólica, vinculada especialmente a Pedro y Pablo.
  • Una ciudad martirial, consagrada por el testimonio de numerosos cristianos.
  • Una ciudad episcopal, sede del obispo de Roma.
  • Una ciudad universal, abierta a fieles y pueblos de todo el mundo.
  • Una ciudad europea, decisiva para la formación histórica y espiritual del continente.
  • Una ciudad artística, cuyo patrimonio expresa durante siglos la fe cristiana.
  • Una ciudad de peregrinación, orientada a la conversión y a la comunión eclesial.

La tradición católica contempla Roma no como una ciudad santa en sentido absoluto -pues solo Dios es santo y la santidad procede de Cristo-, sino como una ciudad profundamente marcada por la presencia histórica de la Iglesia, por la predicación apostólica, por las tumbas de los mártires y por el ministerio del sucesor de Pedro.

Conclusión

Roma ocupa un lugar único en la historia de la Iglesia católica. La ciudad que fue centro del mundo antiguo se convirtió, mediante la predicación y el martirio de los apóstoles, en centro visible de la comunión católica. La memoria de Pedro y Pablo, la autoridad del obispo de Roma, las basílicas papales, las catacumbas y las peregrinaciones explican su importancia religiosa.

Durante la Edad Media, la Sede Apostólica contribuyó a formar la identidad espiritual y cultural de Europa mediante la evangelización, la liturgia, el derecho, la educación, el arte y la búsqueda de la unidad entre pueblos diversos. En la época contemporánea, Roma continúa siendo lugar de encuentro entre culturas, centro de la vida católica y símbolo de una universalidad cristiana que integra la diversidad sin destruirla.

Citas y referencias

  1. El aniversario de la fundación de Roma, Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 25 de abril de 1979, 1 (1979). 2 3 4
  2. Roma. Enciclopedia Católica, Roma (1913). 2
  3. Capítulo XXV. La persecución bajo Nerón en la que Pablo y Pedro fueron honrados en Roma con el martirio en defensa de la religión, Eusébio de Cesarea. Historia de la Iglesia - Libro II, Capítulo XXV, 5.
  4. Los apóstoles santos Pedro y Pablo, testigos del amor de Cristo, Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 27 de junio de 1979, 1 (1979). 2
  5. San Pablo (20). El martirio y patrimonio de San Pablo, Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 4 de febrero de 2009: San Pablo (20). El martirio y patrimonio de San Pablo, 1 (2009). 2 3 4 5
  6. Acta Apostolicae Sedis: Números 1-3, 1977, 154 (1977). 2 3
  7. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 3, marzo, 1983, 151 (1983). 2
  8. Papa Benedicto XVI. Motu Proprio «La Antigua y Venerable Basílica» para la Basílica de San Pablo Extramuros y su complejo extraterritorial (31 de mayo de 2005), 1 (2005).
  9. Peregrinaciones. Enciclopedia Católica, Peregrinaciones (1913).
  10. Papa León XII. Quod Hoc Ineunte, 1 (1824).
  11. Proclamando un Año Santo - La nueva Roma, Papa Benedicto XIV. Peregrinantes, 9 (1749).
  12. Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: Número 4, abril, 2019, 175. 2 3
  13. Sede Santa. Acta Apostolicae Sedis: Número 4, abril, 2007, 87 (2007).
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