El martirio de estos hombres se sitúa en el ambiente de la persecución desatada contra cristianos en el norte de África y, en particular, en el escenario de la violencia yihadista asociada al Estado Islámico. En ese contexto, varios cristianos egipcios fueron ejecutados por odio a la fe cristiana.4,2
En la memoria litúrgica y eclesial que la Iglesia católica vinculó a este acontecimiento, el relato subraya un punto decisivo: aquellos hombres vivían su fe en el marco ordinario de la vida familiar y laboral, y sostuvieron su confesión en el momento en que se les exigía renunciar a Cristo. Por eso, su martirio no aparece como una anécdota trágica, sino como culminación coherente de una vida cristiana llevada con sencillez y firmeza.2
Una vida de familia y trabajo
El testimonio recordado por el Papa Francisco presenta a los mártires como padres de familia y trabajadores que habían salido a otros lugares para sostener a los suyos. Su «bautismo» adquiere un doble sentido: el bautismo sacramental recibido «con el agua y el Espíritu», y el «bautismo» definitivo en la sangre, que consiste en dar la vida por Cristo.2
En la misma línea, el Papa Francisco asocia su valentía a la formación recibida en la fe por la Iglesia copta y, de modo muy concreto, por las madres, presentadas como portadoras de la transmisión de la fe en «un dialecto» que supera el idioma y permanece como lenguaje de pertenencia cristiana.2

