La palabra capitalismo designa, en sentido económico, un sistema caracterizado por la propiedad privada de una parte significativa de los medios de producción, la inversión de capital, la coordinación mediante el mercado, la contratación laboral y la búsqueda de beneficio. El término también puede utilizarse en sentido político y cultural para describir una sociedad que concede una importancia central a la acumulación de riqueza, la competencia y el crecimiento económico.
Esta pluralidad de significados resulta decisiva para comprender la posición católica. La Iglesia no juzga únicamente una estructura jurídica -por ejemplo, la existencia de propiedad privada o de mercados-, sino también:
- la concepción del ser humano que inspira el sistema;
- la finalidad atribuida a la actividad económica;
- la distribución de los bienes y de las oportunidades;
- la protección de los trabajadores;
- la relación entre libertad económica y responsabilidad moral;
- el grado de subordinación de la economía al bien común.
Juan Pablo II distinguió expresamente entre un sistema económico que reconoce la empresa, el mercado, la propiedad privada y la creatividad humana, y una forma ideológica de capitalismo que deja la libertad económica sin un marco jurídico y moral orientado al bien integral de la persona. A la primera realidad prefirió denominarla, en determinados contextos, economía de empresa, economía de mercado o economía libre.1
