Babilonia y el marco general del Apocalipsis
En el Apocalipsis se presentan «dos grandes sistemas» que operan en el mundo: el reino de Dios, cuyo centro es Jesucristo y sus seguidores, y el «anti-reino» de Satanás, un sistema extendido que se opone a Dios. Dentro de esa lógica, se comprende que el cristiano viva su fidelidad en un entorno «terrenal» pero penetrado por la oposición al bien.3
La ciudad llamada Babilonia concentra simbólicamente esa oposición: el texto la vincula con riquezas, lujo, autosuficiencia, comercio sin escrúpulos, esclavitud generalizada y hostilidad contra Jesús y contra los que le pertenecen.3
El nombre «Babilonia la grande» en Apocalipsis 17
En el capítulo 17, Babilonia aparece bajo la figura de una mujer sentada sobre una bestia escarlata. Se la describe con lenguaje deliberadamente provocador: «prostitución» (en sentido figurado), blasfemia, seducción y corrupción.1
El texto pone en su frente un nombre que resume su identidad simbólica: «Babilonia la grande, madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra».1
También se declara que el sistema representado por Babilonia está «borracho» con la sangre de los santos y de los testigos de Jesús: no se trata solo de un desorden moral privado, sino de una dinámica que llega a afectar a la vida y al testimonio de los fieles.1
El «misterio» de los símbolos: reinos, montes y reyes
El texto subraya que comprender Babilonia requiere «una mente que tenga sabiduría». Los elementos visuales se interpretan como referencias políticas y geográficas.1
Así, se explica que los «siete montes» sobre los que está sentada la mujer pueden entenderse como siete montes y también como siete reyes. Además:
cinco «han caído»,
uno «está viviendo»,
y otro «aún no ha llegado»,
mostrando una secuencia de poder que cambia, pero permanece la misma oposición de fondo.1
Asimismo, se introduce una bestia que «fue y no es» y «está para subir» de un abismo: sugiere una forma de autoridad que reaparece, pero conduce a la ruina.1
El pasaje vincula los «diez cuernos» con diez reyes que reciben autoridad «por una hora» junto con la bestia, para entregar su poder a ese sistema.1
Las «aguas» que sostienen a Babilonia
El texto interpreta también las «muchas aguas» donde se sienta la ramera: son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas. Es decir, Babilonia no es únicamente un lugar físico, sino un modo de expandirse: un fenómeno con alcance social y cultural.1

