En sentido amplio, un baldaquino es un dosel arquitectónico o textil que cubre y realza un lugar o un objeto. Puede estar hecho de piedra, madera, metal o tejidos ricos, y adoptar la forma de una cúpula, un templete o una cubierta rectangular. En el ámbito litúrgico, la palabra designa sobre todo el dosel situado sobre el altar y el que acompaña al Santísimo Sacramento en las procesiones.1,2
El vocabulario histórico no siempre distingue con precisión entre baldaquino y ciborio. En los primeros siglos, ciborio-del griego kibórion, nombre de una copa o de la vaina globosa de la flor de loto- designaba la estructura arquitectónica que cubría el altar. El nombre baldaquino se difundió más tarde y suele relacionarse con Baldac, forma italiana medieval de Bagdad, por la procedencia de ciertos tejidos lujosos empleados en los doseles. Con el tiempo, ambos términos llegaron a usarse para estructuras semejantes.1,3
Conviene distinguir el baldaquino fijo del altar del baldaquino procesional. El primero forma parte de la arquitectura del templo; el segundo consiste en un armazón cubierto de tela, llevado por varias personas sobre el Santísimo Sacramento durante una procesión pública. También existe el ombrellino, un dosel procesional pequeño, parecido a un paraguas plano, que no debe confundirse con el baldaquino de mayores dimensiones.2




