La palabra baptisterio procede del latín baptisterium, término relacionado con el baño y con el recipiente que contenía el agua bautismal. En la Iglesia antigua podía designar tanto la piscina o fuente como el edificio donde tenía lugar la iniciación cristiana. Con el tiempo, el vocablo pasó a referirse principalmente al edificio separado o al espacio reservado dentro de una iglesia para la celebración del Bautismo.1
El baptisterio no constituye una simple instalación funcional. Forma parte de la teología visible del templo y manifiesta que la vida cristiana nace del Bautismo. La liturgia cristiana entiende este lugar como el ámbito donde hombres y mujeres renacen por el agua y el Espíritu Santo. Por esa razón, la normativa litúrgica pide que el baptisterio resulte digno del sacramento y quede reservado para la celebración bautismal.2
La Iglesia relaciona estrechamente el Bautismo con la Palabra de Dios y con la Eucaristía, culmen de la iniciación cristiana. La disposición arquitectónica del baptisterio debe hacer visible esa relación, tanto cuando ocupa una capilla independiente como cuando la fuente está situada dentro de la nave.3




