La tradición católica presenta el libro en seis capítulos, aunque el sexto capítulo lleva el título propio de Epístola de Jeremías y posee una identidad literaria diferenciada. El Libro de Baruc propiamente dicho comprende cinco grandes movimientos.
Introducción histórica y litúrgica
Los primeros versículos describen la composición del libro, su lectura ante los deportados y la respuesta de la comunidad. El pueblo ayuna, llora y reconoce la justicia de Dios. La liturgia penitencial no surge de una emoción individual aislada: expresa la solidaridad de toda la comunidad con sus antepasados y con las generaciones que han participado en la infidelidad de Israel.
La comunidad exiliada conserva, a pesar de la distancia, una relación viva con Jerusalén. El envío de ofrendas manifiesta que el desastre político no ha destruido la alianza ni ha extinguido el culto al Dios de Israel.
Confesión de los pecados
La primera sección doctrinal desarrolla una confesión colectiva. Israel reconoce que la deportación no constituye un accidente histórico sin significado religioso, sino la consecuencia de haber abandonado los mandamientos divinos. La oración no intenta justificar al pueblo ni atribuir la culpa exclusivamente a sus enemigos.
El lamento adquiere una dimensión teológica: Israel llora la pérdida de la tierra, del templo y de la libertad, pero también llora la ruptura de su fidelidad. La comunidad reconoce que Dios permanece justo incluso cuando el pueblo experimenta la derrota.
La oración pide misericordia y suplica que Dios no recuerde eternamente las culpas de los antepasados. La apelación no descansa en los méritos de Israel, sino en el nombre, la compasión y la fidelidad del Señor.,
La Sabiduría como camino de vida
La sección central comienza con una invitación solemne:
«Escucha, Israel, los mandamientos de vida; presta oído para aprender prudencia».
Baruc interpreta el exilio como resultado de haber abandonado la fuente de la Sabiduría. Los grandes poderes humanos, los ricos, los gobernantes y quienes poseen conocimientos extraordinarios no han logrado encontrarla. La Sabiduría supera la fuerza, la riqueza y la astucia.
El libro relaciona estrechamente la Sabiduría, la Ley y la vida. Israel posee un don que las naciones no pueden alcanzar por sus propios medios: Dios ha entregado a su pueblo el camino de la verdadera prudencia. La Ley no aparece como una carga externa, sino como la forma concreta de vivir en comunión con Dios.
La creación confirma la soberanía de la Sabiduría divina. Las estrellas obedecen al mandato del Creador y cumplen con alegría su función. El mismo Dios que ordena el cosmos ha dado a Jacob su Ley. La obediencia de la creación contrasta con la infidelidad del ser humano.
Promesas dirigidas a Jerusalén
Después de la acusación y de la enseñanza sapiencial, el libro cambia de tono. Jerusalén, presentada como una madre afligida, recibe un mensaje de esperanza. La ciudad contempla la dispersión de sus hijos, pero puede confiar en que Dios los reunirá.
El exilio no constituye la palabra definitiva. El Señor puede transformar la vergüenza en gloria, la dispersión en reunión y el luto en alegría. La restauración no nace de la capacidad política de Israel, sino de la acción misericordiosa de Dios.
Baruc conserva así la tensión propia de la esperanza bíblica: Israel debe reconocer su pecado, pero nunca reducir su futuro a la culpa. La penitencia abre un camino hacia la renovación.
La alegría de la restauración
El libro concluye con una imagen de Jerusalén revestida de gloria. La ciudad abandona los signos del duelo y recibe la dignidad que procede de Dios. Sus hijos regresan bajo la protección divina, y las naciones contemplan la salvación de Israel.
La esperanza tiene una dimensión comunitaria. Dios no salva únicamente a individuos aislados, sino que reúne a un pueblo, restaura su dignidad y devuelve sentido a su historia. La ciudad santa representa al pueblo reconciliado y orientado de nuevo hacia Dios.