La ciudad de Bari, en la región italiana de Apulia, tiene una profunda historia cristiana que se remonta a los primeros siglos, con una tradición local que incluso atribuye a San Pedro la evangelización y consagración del primer obispo1. Sin embargo, la conexión de Bari con Roma no siempre fue directa, ya que en un principio dependió del Patriarcado de Constantinopla hasta el siglo X1. Esta dependencia fue finalmente cortada en el siglo XI, y Bari pasó a ser una dependencia directa de Roma1.
Un evento trascendental para la ciudad y para la cristiandad ocurrió en 1097, cuando marineros de Bari trajeron las reliquias de San Nicolás, obispo de Mira, desde Oriente1. Para albergar estas sagradas reliquias, Roger, Duque de Apulia, ordenó la construcción de una espléndida iglesia1. Esta iglesia, que eventualmente se convertiría en la Basílica de San Nicolás, se transformó rápidamente en un objeto de inmensa veneración y destino de innumerables peregrinaciones1.
El Papa Urbano II visitó Bari para venerar las reliquias del «santo obrador de milagros» y consagrar la basílica1. Durante su estancia, también presidió un concilio en Bari, al que asistieron 183 obispos, con el objetivo de abordar la reunificación de los griegos con la Iglesia de Roma1. En este concilio, San Anselmo de Canterbury se destacó por su defensa de la procesión del Espíritu Santo y el uso de pan sin levadura para la Eucaristía1.
