La devoción a Nuestra Señora del Pilar se funda en una antigua tradición española que figura en el Breviario Romano, celebrada el 12 de octubre1. Según esta tradición, la Santísima Virgen María se apareció al Apóstol Santiago el Mayor en Zaragoza, a orillas del río Ebro, mientras él oraba. En ese momento, la Virgen ya vivía en Jerusalén, lo que hace de esta aparición una «venida en carne mortal» o bilocación. Durante esta aparición, la Virgen le entregó un pilar de jaspe y una pequeña estatua de madera de ella misma, pidiéndole que construyera una capilla en su honor alrededor de estos objetos1. Se cree que esta fue la primera iglesia dedicada a la Virgen María.
Esta tradición ha sido objeto de debate a lo largo de los siglos. Personajes como Baronio y Mgr. L. Duchesne la negaron, presentando argumentos que, sin embargo, fueron refutados por otros académicos jesuitas como Fita1. Quienes defienden la tradición aducen testimonios de San Jerónimo y del Oficio Mozárabe, además de la existencia de tumbas cristianas en Zaragoza de época romana que representan la Asunción de la Virgen, lo que sugiere una temprana devoción mariana en la zona1. El testimonio escrito más antiguo de devoción a la Virgen en Zaragoza, citado habitualmente, es de Pedro Librana (1155)1. El Papa Juan Pablo II, en su peregrinación a Zaragoza, destacó cómo la tradición del Pilar evoca las primeras fases de la evangelización de España2.

