Durante el siglo XVI, el Imperio otomano constituía la principal potencia musulmana del Mediterráneo oriental. Sus conquistas habían reducido considerablemente las posiciones cristianas en el Levante y amenazaban las rutas comerciales y militares de Venecia, España y los Estados Pontificios.
La rivalidad alcanzó un punto crítico en Chipre, posesión veneciana atacada por los otomanos en 1570. La caída de Nicosia y, posteriormente, la prolongada defensa de Famagusta mostraron la gravedad de la ofensiva. El papa san Pío V trabajó para unir a las principales potencias católicas en una alianza naval contra el sultán Selim II. La Liga Santa reunió principalmente a la Monarquía Hispánica, la República de Venecia y la Santa Sede, con la participación de contingentes genoveses, malteses y de otros territorios italianos.1,2
La empresa poseía un carácter simultáneamente político, militar y religioso. Venecia defendía sus intereses comerciales y territoriales; España protegía sus dominios mediterráneos; los Estados Pontificios buscaban contener la expansión otomana; y san Pío V presentaba la unión de los príncipes cristianos como una defensa común de la cristiandad.2



