La expresión remite especialmente a la imagen empleada por san Pablo en la carta a los Efesios: la lucha del cristiano no se dirige, en último término, contra «la carne y la sangre», sino contra las fuerzas espirituales del mal. La imagen no justifica la hostilidad hacia otras personas: el enemigo no es el prójimo, y el combate cristiano no consiste en ejercer violencia contra él.1,3
La vida bautismal inaugura esta lucha: el cristiano renuncia al mal y se une a Cristo para morir al pecado y vivir para Dios. Por ello, la batalla espiritual no constituye una práctica reservada a especialistas ni una experiencia excepcional, sino una dimensión de la vocación cristiana.1,2
El combate afecta a la persona entera. Incluye la resistencia a las tentaciones, la conversión de las costumbres y el crecimiento en las virtudes. También exige vigilancia, porque el camino hacia la santidad no elimina automáticamente la posibilidad de caer en el pecado o de dejarse seducir por promesas engañosas.4,3


