La palabra infiel procede del latín infidelis y, en el uso eclesiástico tradicional, nombra a quien aún no ha sido incorporado a Cristo mediante el bautismo. Puede referirse a personas que no conocen al Dios verdadero, a quienes creen en Dios pero no reconocen a Jesucristo -como judíos y musulmanes- y, en sentido estricto, también a los catecúmenos. En cambio, quienes recibieron un bautismo válido, aunque pertenezcan a comunidades cristianas no católicas, no son infieles en este sentido: son cristianos no católicos.1
El término posee hoy una resonancia peyorativa que no refleja necesariamente su significado teológico. La falta de bautismo, por sí sola, tampoco permite juzgar la rectitud moral de una persona. La tradición católica distingue entre la ignorancia de la fe por parte de quien no ha tenido ocasión de conocerla y el rechazo consciente de la fe después de haberla conocido. También reconoce que las personas no bautizadas pueden practicar virtudes humanas y vivir con honestidad y caridad.1




