Los cuatro evangelios relacionan el ministerio de Juan el Bautista con el comienzo de la misión pública de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas narran directamente el bautismo; san Juan no describe el rito con el mismo esquema narrativo, pero conserva el testimonio del Bautista acerca del descenso del Espíritu y de la identidad divina de Jesús.
El relato de san Mateo
Jesús llega desde Galilea al Jordán y pide a Juan que lo bautice. Juan intenta impedirlo porque reconoce la superioridad de Cristo: él mismo necesita ser bautizado por Jesús, no Jesús por él. Cristo responde: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Juan acepta y bautiza al Señor.
Después del bautismo, Jesús sale del agua, los cielos se abren, el Espíritu de Dios desciende sobre él «como una paloma» y una voz del cielo proclama: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».1
La expresión cumplir toda justicia no significa que Jesús necesitara convertirse o recibir el perdón de los pecados. Cristo es el Santo y el Hijo eterno del Padre. Su entrada en las aguas manifiesta su obediencia al designio salvífico y su solidaridad con la humanidad pecadora, cuya condición ha venido a asumir para redimirla. La tradición cristiana interpreta este gesto como una manifestación de humildad y de vaciamiento voluntario: el Hijo de Dios acepta ocupar el lugar de los pecadores sin compartir su pecado.2
El relato de san Marcos
San Marcos presenta el episodio de forma más breve. Jesús llega desde Nazaret de Galilea y Juan lo bautiza en el Jordán. Al salir del agua, Jesús ve los cielos rasgarse y al Espíritu descender sobre él como una paloma. La voz celestial declara: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».3
El verbo utilizado por Marcos para describir la apertura de los cielos evoca una irrupción decisiva de Dios en la historia. El bautismo no constituye un episodio privado sin consecuencias públicas: inaugura la misión mesiánica de Jesús y anuncia que el tiempo de la salvación ha comenzado.
El relato de san Lucas
San Lucas sitúa el bautismo en un contexto de oración. Después de que Jesús recibe el bautismo y ora, el cielo se abre; el Espíritu Santo desciende sobre él en forma corporal, como una paloma, y la voz del Padre proclama: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».4
La referencia a la oración concuerda con un rasgo característico del tercer evangelio: Lucas presenta repetidamente a Jesús en diálogo con el Padre en los momentos decisivos de su misión. El bautismo aparece así como una escena de revelación y, al mismo tiempo, como el umbral de la actividad evangelizadora de Cristo.
El testimonio de san Juan Bautista
El cuarto evangelio conserva la interpretación del acontecimiento por boca de Juan. El Bautista identifica a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» y explica que su propio bautismo con agua tenía como finalidad manifestar a Jesús a Israel. Juan declara haber visto al Espíritu descender del cielo y permanecer sobre Cristo. También afirma que Dios le había dado este signo para reconocer a aquel que bautiza con el Espíritu Santo. Finalmente proclama: «Este es el Hijo de Dios».5
El testimonio de Juan une tres títulos fundamentales de Jesús:
- Cordero de Dios, porque Cristo ofrece su vida para quitar el pecado del mundo.
- Hijo de Dios, porque posee una relación única y eterna con el Padre.
- Aquel que bautiza con el Espíritu Santo, porque comunica la vida divina y lleva a plenitud la preparación iniciada por Juan.




