Tertuliano
Tertuliano fue uno de los primeros autores cristianos que empleó con claridad la expresión «bautismo de sangre». Lo presentó como un segundo bautismo unido al Bautismo de agua y relacionado con la muerte redentora de Cristo.
Para Tertuliano, Cristo vino «por el agua y la sangre»: el agua representa el Bautismo sacramental y la sangre, la glorificación mediante el martirio. A partir de esta correspondencia, sostuvo que el bautismo de sangre puede ocupar el lugar del Bautismo de agua cuando este todavía no ha sido recibido.
San Cipriano
San Cipriano denominó el martirio «el más glorioso y grande bautismo de sangre». Su enseñanza contribuyó a consolidar la convicción de que la muerte padecida por la confesión de Cristo puede otorgar la gracia que normalmente comunica el Bautismo sacramental.
San Agustín
San Agustín enseñó que la muerte por la confesión de Cristo, cuando ocurre sin haber recibido el lavado bautismal, puede alcanzar la remisión de los pecados como el Bautismo de agua. También recurrió al caso del buen ladrón, a quien Cristo prometió el paraíso sin que los Evangelios narren que hubiera recibido el Bautismo sacramental.
En la tradición agustiniana, el martirio no aparece como una simple muerte violenta, sino como una muerte unida a la fe y a la conversión interior. La ausencia del sacramento no perjudica a quien no lo desprecia, sino que muere antes de poder recibirlo.
Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás sistematizó la doctrina dentro de su tratado sobre el Bautismo. Explicó que existen tres formas tradicionalmente llamadas «bautismos»:
- Bautismo de agua.
- Bautismo de sangre.
- Bautismo de penitencia o de deseo.
Los dos últimos reciben el nombre de bautismo porque pueden producir el efecto del sacramento en circunstancias determinadas, aunque no poseen la estructura sacramental del Bautismo de agua.,