Infancia y familia
Ana de los Ángeles Monteagudo nació en Arequipa, Perú, en 1602. Su padre, Sebastián Monteagudo de la Jara, era español, y su madre, Francisca Ponce de León, pertenecía a una familia arequipeña. La niña creció en una sociedad marcada por la presencia de instituciones civiles, religiosas y económicas propias del Virreinato del Perú.1
Cuando tenía tres años, sus padres la confiaron al monasterio dominicano de Santa Catalina de Siena, no todavía como religiosa, sino para recibir allí educación y formación. La entrada de niñas y jóvenes en instituciones conventuales para su instrucción constituía una práctica extendida en la sociedad colonial. En el monasterio, Ana entró en contacto desde muy temprana edad con la espiritualidad dominicana, la liturgia, la disciplina comunitaria y la vida de oración.1
La experiencia del monasterio marcó decisivamente su existencia. Allí transcurrieron casi todos los años de su vida: primero como educanda, después como religiosa y finalmente como superiora de la comunidad.2,1
Vocación dominicana
Ana abrazó la vida religiosa en el monasterio de Santa Catalina de Siena, perteneciente a la Orden de Predicadores. La tradición dominicana une la contemplación de la verdad con su comunicación al prójimo, una síntesis expresada habitualmente mediante la fórmula contemplar y transmitir a los demás lo contemplado. San Juan Pablo II presentó esta orientación como el principio que iluminó la vida de la religiosa arequipeña.2
Su vocación no consistió únicamente en una separación del mundo. Desde la clausura, desarrolló una intensa actividad espiritual en favor de la Iglesia y de la sociedad. La oración, la penitencia y la atención a las personas que acudían a ella formaron una única misión. Su vida muestra, dentro de la espiritualidad católica, que la contemplación puede tener una verdadera fecundidad apostólica aunque no adopte la forma de una actividad pública o itinerante.2
La beata cultivó una espiritualidad centrada en Cristo, especialmente en el misterio de su pasión y muerte. Durante sus últimos años vivió una profunda identificación espiritual con Cristo crucificado, acompañada por una existencia austera y penitente.2


