Nacimiento y Primeros Años
Chiara Badano nació el 29 de octubre de 1971 en Sassello, en la diócesis de Acqui Terme, Italia1. Sus padres la esperaron durante once años, y su nacimiento fue recibido como una gracia especial de la Virgen María, a quien su padre había invocado fervientemente en el «Santuario delle Rocche»1.
Creció rodeada de un gran amor familiar. Desde pequeña, se distinguió por su amor a Jesús y a la Virgen, y por su predilección por los más necesitados, a quienes dedicaba su atención y pequeños servicios, a menudo renunciando a sus propios momentos de ocio1. Su vida fue alegre, llena de intereses y amistades sanas, demostrando que las exigencias de la vida cristiana no se oponen al deseo natural de felicidad2.
El Encuentro con el Evangelio y el Movimiento de los Focolares
Un momento crucial en su vida ocurrió el día de su Primera Comunión, cuando recibió como regalo el libro de los Evangelios. Para ella, este fue un «magnífico libro» y se propuso que vivir el Evangelio debía ser tan fácil como aprender el alfabeto1.
A la edad de nueve años, Chiara se unió al Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich, como miembro de la Generación Nueva (Gen)2,1. En este contexto, experimentó una progresiva y fuerte vida cristiana comunitaria, basada en la espiritualidad de la unidad propia del carisma de Chiara Lubich, y se lanzó hacia las metas apostólicas del Movimiento2. A partir de entonces, su vida se enfocó en «poner siempre a Dios en primer lugar» y decirle «siempre sí» a Su voluntad1.
En su «santo viaje» de vida, junto con otros jóvenes del Movimiento, profundizó su relación personal con Dios, intensificando su recogimiento en la oración, participando, si era posible, diariamente en la Santa Misa y la Eucaristía, y cultivando un profundo amor por la Santísima Virgen María2.
La Caridad en la Vida Cotidiana
La fe firme y constante de Chiara Badano en el amor de Dios se reflejó en su amor hacia el prójimo2. Desde muy joven, demostró una generosidad extraordinaria. Se cuenta que durante la escuela primaria, Chiara daba su merienda a una compañera pobre. Incluso cuando su madre, al saberlo, le dio dos meriendas para que tuviera una para sí misma, Chiara continuó distribuyendo ambas a los niños pobres, pues veía a Jesús en ellos3. Ella repetía a menudo: «Jesús es para amar y basta»3.
