Infancia y ambiente familiar
Sandra Sabattini nació el 19 de agosto de 1961 en Riccione, en la provincia y diócesis de Rímini, dentro de una familia profundamente católica. Recibió el bautismo al día siguiente de su nacimiento. Su educación cristiana contó con la influencia de sus padres y de su tío materno, el sacerdote Giuseppe Bonini.3
Cuando Sandra tenía cuatro años, su familia se trasladó a la casa parroquial de San Jerónimo, en Rímini, donde su tío ejercía el ministerio pastoral. La convivencia con el sacerdote favoreció un ambiente familiar estrechamente vinculado a la vida parroquial y a la práctica religiosa.3
Recibió la primera comunión el 3 de mayo de 1970 y el sacramento de la confirmación el 16 de abril de 1972. Desde una edad temprana manifestó una intensa vida interior. Poco después de cumplir los diez años empezó a escribir, en secreto, reflexiones y pensamientos espirituales. Aquellos escritos reflejaban una conciencia religiosa poco común para su edad y una búsqueda constante de la voluntad de Dios.3
Una de sus primeras reflexiones expresa la orientación fundamental de su existencia: «La vida vivida sin Dios es un pasatiempo, aburrido o divertido, con el que jugar mientras se espera la muerte». La frase no presenta la vida ordinaria como algo carente de valor, sino que manifiesta su convicción de que la existencia humana alcanza su plenitud únicamente en la relación con Dios.3
Encuentro con la Comunidad Papa Juan XXIII
A los doce años conoció al sacerdote Oreste Benzi, fundador de la Comunidad Papa Juan XXIII, asociación eclesial dedicada al servicio de las personas excluidas y necesitadas. En 1974 comenzó a frecuentar esta realidad, que tendría una influencia decisiva en su maduración cristiana.1
Dos años más tarde participó en una experiencia en las Dolomitas junto con adolescentes y personas con discapacidades graves. El contacto directo con ellos transformó su manera de entender la caridad. Sandra no consideraba aquella convivencia como una actividad ocasional de ayuda, sino como una relación personal con seres humanos que merecían compañía, respeto y fidelidad.
Al regresar de aquella experiencia, manifestó a su madre: «Nos hemos roto los huesos, pero a esa gente no la abandonaré nunca». La frase resume una de las características centrales de su espiritualidad: la caridad no consistía únicamente en prestar una ayuda puntual, sino en asumir la suerte de las personas vulnerables y permanecer junto a ellas.4
Sandra colaboró en diversas iniciativas caritativas y ayudó a despertar en la comunidad parroquial una mayor sensibilidad hacia las personas con discapacidad. También prestó atención a personas pobres, mujeres con dificultades familiares, jóvenes drogodependientes y personas privadas de recursos. Para ella, los necesitados no constituían un problema social distante, sino rostros concretos en los que reconocía la presencia sufriente de Cristo.3
Servicio a las personas drogodependientes
En 1980 la Comunidad Papa Juan XXIII abrió en Igea Marina una comunidad terapéutica destinada a jóvenes con problemas de drogodependencia. Sandra se incorporó generosamente a este servicio y, durante las vacaciones de verano, llegó a trasladarse allí para trabajar a tiempo completo.5
Su compromiso con las personas drogodependientes no respondía a una mera preocupación asistencial. La joven entendía que la dignidad de cada persona permanece intacta incluso cuando la enfermedad, la marginación o las decisiones equivocadas han deteriorado gravemente su vida. El servicio cristiano debía ofrecer apoyo concreto, pero también esperanza, acompañamiento y la posibilidad de recuperar una vida verdaderamente humana.
La espiritualidad de la Comunidad Papa Juan XXIII ayudó a Sandra a unir la oración con la acción social. Su servicio a los pobres no nacía de una simple reacción emocional ante el sufrimiento, sino de su amor a Dios y de su deseo de seguir a Cristo pobre y servidor.4



