Orígenes y familia
Beatriz de Silva Meneses nació en Ceuta, una plaza portuguesa en el norte de África frente al Mediterráneo, alrededor del año 1424 —aunque algunas fuentes mencionan 1426 como fecha probable—. Hija de Dom Ruy Gomes da Silva y de doña Isabel de Meneses, su familia pertenecía a la alta nobleza portuguesa. Su padre había participado en la conquista de Ceuta en 1415, destacándose por su valor, lo que le valió el matrimonio con Isabel, hija del capitán de la plaza, Dom Pedro de Meneses. Esta unión la conectaba con las casas reales de Portugal y España a través de alianzas matrimoniales.1
La educación de Beatriz se desarrolló en un ambiente profundamente cristiano, influido por la fe de sus padres, especialmente de su madre. Entre sus hermanos se encontraba el beato Amadeu da Silva, quien se unió a la Orden de San Francisco en Italia y fundó un ramo de los Frades Menores Reformados, conocidos como los Amadenses. En 1433, su padre fue nombrado alcaide-mor de Campo Maior, en el Alentejo portugués, donde la familia se trasladó. Allí, Beatriz pasó su infancia y juventud, cultivando virtudes como la piedad y la generosidad, preparándose para las pruebas que la vida le depararía.2
Desde temprana edad, mostró una inclinación hacia la vida espiritual, aunque las expectativas sociales de su linaje la mantuvieron en el ámbito secular durante un tiempo. Su alma, descrita como privilegiada, se forjó en medio de sufrimientos físicos y morales, que el papa Pablo VI interpretó como pruebas de amor divino, reminiscentes de la promesa bíblica de la corona de la vida para quienes aman a Dios (cf. St 1,12.3
Vida en la corte y retiro
En 1447, con unos veinte años, Beatriz acompañó a la infanta Isabel de Portugal, hija del príncipe Juan, al casarse esta con Juan II, rey de Castilla. Así, se incorporó a la corte real española, donde su belleza y gracia provocaron admiración entre los nobles. Sin embargo, esta situación generó tensiones: algunos relatos sugieren que la reina Isabel temía que Beatriz se convirtiera en una rival, lo que la llevó a abandonar la corte para evitar escándalos.2
Buscando una vida de mayor perfección, Beatriz se refugió en el monasterio de Santo Domingo el Real en Toledo, perteneciente a la Orden de Predicadores (dominicos). Allí pasó cerca de treinta años en estricta reclusión, dedicándose por completo a la oración, la penitencia y la contemplación de Dios. Este período de anonimato y sacrificio fortaleció su vocación, aunque no sin dificultades, como enfermedades y pruebas espirituales que la purificaron.1
Durante su estancia en el convento dominico, Beatriz experimentó una profunda devoción a la Virgen María, particularmente a su Inmaculada Concepción, un dogma que siglos después sería proclamado solemnemente. Su vida se caracterizó por una humildad extrema: a menudo se cubría el rostro con un velo para evitar vanidades, simbolizando su deseo de ocultarse en Dios.

