El nombre de Belén deriva del hebreo bêt leḥem, que significa «casa del pan», evocando su fertilidad agrícola y su rol como proveedor de sustento en la región de Judá.1 En árabe, se transforma en Bayt Laḥm, interpretado como «casa de carne» debido a las abundantes ganaderías de ovejas y cabras, lo que conecta simbólicamente con los pastores que fueron los primeros testigos del nacimiento de Jesús.2
Belén aparece numerosas veces en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En el Génesis, se asocia con la muerte y sepultura de Raquel, esposa de Jacob, cerca de la ciudad (Gn 35,16-19; 48,7), un lugar aún venerado hoy.1 En el Libro de Rut, es el escenario de la idílica historia de Rut y Booz, antepasados de David.2 Jueces la menciona como origen de un levita y una concubina (Jue 17,7; 19,1), mientras que Josué la ubica entre las ciudades de Zabulón, aunque la tradición mayoritaria la identifica con la de Judá.1,3
«Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá para mí el que ha de ser gobernante en Israel» (Mi 5,1).4
Esta profecía de Miqueas, citada en Mateo 2,6, subraya su preeminencia mesiánica.5

