El uso del agua con fines purificadores y expiatorios tiene raíces que se remontan a la Ley Judía, y esta práctica se incorporó a las tradiciones cristianas desde los primeros tiempos1. Aunque los documentos que atestiguan el uso explícito del agua bendita en los primeros días de la era cristiana son comparativamente tardíos, se puede inferir su existencia. Las «Constituciones Apostólicas», que datan de alrededor del año 400, atribuyen al apóstol San Mateo el precepto de usar agua bendita1. Un ritual del siglo IV de Serapión de Thmuis y el «Testamentum Domini» siríaco de los siglos V al VI incluyen bendiciones de agua y aceite durante la Misa1.
Inicialmente, el agua utilizada para el Sacramento del Bautismo, que a menudo era agua corriente, de mar o de río, no recibía la misma bendición que la contenida en los baptisterios1. Sin embargo, la creencia en las propiedades curativas del agua bendita, especialmente la bautismal, se extendió. Los fieles guardaban esta agua en sus hogares e incluso la usaban para rociar sus campos, viñedos y jardines1.
La práctica de bendecir el agua regularmente en las iglesias se formalizó con el tiempo. En el siglo IX, el Papa León IV ordenó que cada sacerdote bendijera agua todos los domingos en su propia iglesia y rociara al pueblo con ella antes de la Misa1. Hincmar de Reims dio instrucciones similares, detallando que el agua bendita podría ser llevada a casa para rociar casas, campos, ganado y alimentos1. Esta costumbre se generalizó, aunque el momento exacto de la bendición variaba en diferentes lugares1.
