El Bendicional contiene ritos para las bendiciones, que la Iglesia incluye entre los sacramentales. No son sacramentos: pertenecen a una categoría distinta de acciones litúrgicas, vinculada a la oración de la Iglesia y a la preparación espiritual de los fieles. La reforma del rito romano quiso que los participantes comprendieran mejor estas celebraciones y tomaran parte activa en ellas. También procuró reservar un número reducido de bendiciones a los ministros que tienen una función específica en la Iglesia.1
La palabra bendición expresa dos movimientos relacionados. La Iglesia alaba y da gracias a Dios, fuente de todo bien; a la vez, invoca su gracia sobre las personas y sus circunstancias. Por eso una bendición no pretende obligar a Dios a intervenir ni funciona como un procedimiento mágico. Es una oración de culto y súplica que reconoce la bondad divina y dispone a los fieles a recibir sus dones.2
La finalidad de una bendición tampoco consiste solo en distinguir o proteger un objeto. Cuando la Iglesia bendice una cosa o un lugar, tiene presentes, sobre todo, a las personas que los utilizan o trabajan en ellos. Así, la bendición de un espacio o de un instrumento relaciona la vida cotidiana con la búsqueda de Dios y con el servicio a los demás.3,4
El De Benedictionibus, título latino del libro, pide que cada celebración conduzca a la alabanza de Dios y al bien espiritual del pueblo cristiano. También propone valorar los acontecimientos de la vida como ocasiones para dar gracias, pedir ayuda y reconocer la providencia divina, siempre que las circunstancias y el uso de aquello que se bendice no contradigan el Evangelio.3



