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Bethel

Betel-del hebreo Bêt ’El, «casa de Dios»- fue una antigua ciudad de Canaán vinculada a las tradiciones de Abrahán y Jacob, a la historia de Israel y a la controversia sobre los santuarios del reino del Norte. La tradición bíblica la relaciona con la visión de la escala de Jacob; más tarde, Jeroboán I instaló allí uno de los becerros de oro que la literatura profética condenó. La identificación arqueológica más habitual sitúa Betel en la actual localidad de Beitín, al norte de Jerusalén.1

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreBethel
CategoríaLugar sagrado
DescripciónAntigua ciudad cananea vinculada a Abraham, Jacob y al santuario del reino del Norte. casa de Dios
Contexto BíblicoGénesis 28, 35; Josué 12,16; 1 Samuel 30,27; 1 Reyes 12
Dirección
  • aprox. 12 millas al norte de Jerusalén, cerca de Silo, camino a Siquén
  • identificada con Beitín, Israel
HistoriaJacob soñó la escalera y erigió altar; Jeroboam I instaló becerro de oro; profetas denunciaron idolatría; Josías destruyó altar; Beitín conserva restos cristianos medievales.
ImportanciaCentro de culto patriarcal, símbolo de alianza y de corrupción religiosa, referencia litúrgica para la unción de altares.
ObservacionesIdentificación arqueológica tradicional con Beitín se basa en continuidad del topónimo y restos cristianos medievales.
PaísIsrael
Personas RelacionadasAbraham, Jacob, Jeroboam I, Elías, Eliseo, Oseas, Amós, Josías, Justino Mártir, Hilario de Poitiers
TipoLugar sagrado, Palestina central, ciudad antigua y santuario
Uso LitúrgicoLa visión de Jacob inspira la unción de altares en la liturgia cristiana; citada en concilios de Agde (506), Epaona y Sevilla (619).

Tabla de contenido

Nombre y localización

El nombre Betel significa «casa de Dios». La ciudad estaba situada aproximadamente a doce millas al norte de Jerusalén, cerca de Silo y en el camino hacia Siquén. Su nombre primitivo era Luz; la tradición del Génesis explica que Jacob cambió el nombre del lugar después de su experiencia religiosa.1,2

La identificación tradicional con Beitín cuenta con el apoyo de la continuidad del topónimo y de la presencia de restos cristianos medievales en el lugar. La antigua ciudad ocupaba una posición estratégica en la región montañosa central de Palestina, entre las áreas asociadas a Benjamín y Efraín.1

El nombre Betel aparece también en otros pasajes bíblicos, entre ellos Josué 12,16 y 1 Samuel 30,27. En esos casos, algunos autores antiguos lo relacionaron con Betul, localidad atribuida a la tribu de Simeón, aunque su emplazamiento permanece incierto.1

Betel en el Génesis

Abrahán y el primer altar

El relato bíblico sitúa a Abrahán en las proximidades de Betel. Después de llegar a Canaán, levantó un altar al Señor al este de Betel y volvió posteriormente a aquella zona. La utilización del nombre Betel en esos pasajes puede reflejar una denominación posterior aplicada retrospectivamente al lugar, pues la tradición atribuye a Jacob la imposición del nombre.1

La memoria de Abrahán en Betel pertenece al conjunto de tradiciones patriarcales que relacionan determinados lugares con la invocación del nombre de Dios, la construcción de altares y la promesa de la tierra. La liturgia cristiana ha conservado la figura de Abrahán como padre de la fe y ha relacionado su sacrificio con la comprensión cristiana del sacrificio de Cristo.3

La visión de Jacob

El episodio principal de Betel aparece en Génesis 28. Jacob, que huye de su hermano Esaú, duerme en el lugar y contempla en sueños una escala apoyada en la tierra cuyo extremo llega al cielo; por ella suben y bajan los ángeles de Dios. El Señor se manifiesta como el Dios de Abrahán e Isaac y renueva a Jacob la promesa de la tierra y de una descendencia numerosa.4

Al despertar, Jacob reconoce la santidad del lugar y exclama que aquella localidad es «la casa de Dios» y «la puerta del cielo». Después erige como estela la piedra que había utilizado como apoyo para la cabeza y derrama aceite sobre ella. El gesto vincula el lugar con la memoria de la revelación y con una forma antigua de consagración cultual.4,2

El nombre Betel no significa que el lugar contuviera literalmente a Dios. Dentro de la lógica bíblica, la expresión designa un espacio asociado a la presencia y a la revelación divinas. La piedra levantada por Jacob funciona como memorial de la iniciativa de Dios y de la respuesta cultual del patriarca.

El regreso de Jacob

Génesis 35 presenta un segundo momento decisivo. Dios ordena a Jacob regresar a Betel, establecerse allí y construir un altar al Dios que se le había manifestado cuando huía de Esaú. Antes de emprender el viaje, Jacob ordena a su familia abandonar los dioses extranjeros, purificarse y cambiar de vestidos. La peregrinación a Betel adquiere así un carácter de conversión y renovación de la alianza.2

Jacob llega a Luz, es decir, Betel, y levanta allí un altar. El relato denomina el lugar El-Betel, expresión que puede traducirse como «Dios de Betel», porque allí Dios se había revelado al patriarca. Dios vuelve a bendecir a Jacob y confirma su nuevo nombre, Israel, junto con la promesa de fecundidad, descendencia y tierra.2

El patriarca levanta otra estela de piedra, vierte sobre ella una ofrenda líquida y la unge con aceite. Finalmente, vuelve a llamar Betel al lugar donde Dios le había hablado. El capítulo relaciona la ciudad con la identidad de Israel, la memoria patriarcal y la fidelidad de Dios a sus promesas.2

Betel en la historia de Israel

Periodo de los Jueces

Tras la entrada de los israelitas en la tierra prometida, Betel quedó asignada a la tribu de Benjamín, aunque los efraimitas la ocuparon. Durante el periodo de los Jueces, los israelitas acudían allí para consultar al Señor. La tradición también relaciona Betel con una presencia temporal del Arca de la Alianza y con la actividad judicial de Samuel, que juzgaba anualmente en la ciudad.1

La importancia religiosa de Betel no dependía solo de la memoria de Jacob. Su ubicación y su antigüedad la convirtieron en un centro de culto y consulta para las tribus del centro de Palestina. La ciudad pertenecía, por tanto, a la red de santuarios vinculados a la primera historia de Israel.

El santuario del reino del Norte

Después de la división del reino unido, Jeroboán I procuró impedir que sus súbditos peregrinaran a Jerusalén, que había quedado dentro del reino de Judá. Para ello estableció dos centros cultuales, uno en Betel y otro en Dan, y colocó en cada uno un becerro de oro. El relato bíblico pone en boca del rey una fórmula que presenta aquellas imágenes como los dioses que habían sacado a Israel de Egipto.5

Jeroboán edificó lugares altos, instituyó sacerdotes que no pertenecían a la tribu de Leví y fijó una fiesta propia en el octavo mes. El texto interpreta estas decisiones como una ruptura religiosa y las resume con la expresión «esto fue ocasión de pecado».5

La condena bíblica no convierte a Betel en un lugar intrínsecamente impío. El problema reside en la transformación de un antiguo santuario en instrumento político y en la introducción de una forma de culto incompatible con la fidelidad exclusiva al Señor. Betel aparece así como un lugar de memoria patriarcal que el poder real reutiliza para legitimar la separación del reino del Norte.

Elías, Eliseo y los profetas

Poco antes de su asunción, Elías visitó Betel, donde existía una comunidad o escuela de profetas. Eliseo lo acompañó en aquel itinerario. La tradición bíblica vincula también con Betel el episodio de los muchachos que se burlaron de Eliseo y fueron atacados por dos osas.1

Los profetas Oseas y Amós denunciaron con frecuencia la corrupción cultual de Betel. El lugar, que había recibido una interpretación positiva en las tradiciones de Jacob, pasó a simbolizar para la predicación profética la infidelidad religiosa del reino de Israel. La ironía teológica resulta especialmente intensa: la «casa de Dios» puede convertirse en un centro de culto deformado cuando la liturgia abandona la alianza.

La caída del reino del Norte

Después de la conquista asiria, uno de los sacerdotes deportados regresó a Betel para enseñar a la población. Sin embargo, la tradición bíblica describe una persistencia de prácticas cultuales mezcladas y de una notable confusión religiosa. Más tarde, el rey Josías destruyó el altar y el lugar alto de Betel durante su reforma religiosa.1

La destrucción de aquel altar expresa la centralización del culto en Jerusalén promovida por la reforma deuteronómica. Betel, que había sido un santuario antiguo, quedó así asociada al recuerdo de la división, la idolatría y la crítica profética.

Betel en la época posterior al exilio

Tras el destierro, miembros de la tribu de Benjamín regresaron a Betel. Durante la época macabea, la ciudad fue fortificada por Báquides, general vinculado al poder seléucida. Estos datos muestran que Betel mantuvo valor estratégico incluso después de perder parte de su relevancia como santuario.1

El Nuevo Testamento no menciona expresamente Betel. Flavio Josefo relata que Vespasiano tomó la ciudad durante la guerra contra los judíos, mientras que Eusebio la describe como una aldea. En la Edad Media, varias iglesias cristianas levantadas sobre el lugar indican una nueva etapa de importancia religiosa.1

Interpretación patrística

Justino Mártir

Justino Mártir utiliza la visión de Jacob en su Diálogo con Trifón dentro de una argumentación cristológica. Reproduce la tradición de Luz y Betel, recuerda la escala entre la tierra y el cielo y presenta la visión como una revelación relacionada con el misterio de Dios. Para Justino, las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento preparan la comprensión cristiana de la acción del Hijo, aunque su razonamiento pertenece a la teología de la interpretación y no a una descripción histórica del santuario.4

La lectura de Justino es tipológica: acontecimientos y figuras del Antiguo Testamento anticipan realidades reveladas plenamente en Cristo. Esta interpretación no identifica sin más la escala de Jacob con un objeto cristiano ni convierte Betel en un lugar de culto cristiano durante la época patriarcal.

Hilario de Poitiers

Hilario de Poitiers interpreta la escala de Jacob como figura del misterio evangélico. La visión representa, dentro de su argumentación trinitaria, el acceso a Dios mediante Dios: el Padre y el Hijo participan de la misma naturaleza divina, y la revelación conduce al conocimiento del misterio trinitario.6

Hilario no ofrece una descripción arqueológica de Betel ni una norma litúrgica para su culto. Su interés es dogmático: emplea la escena de Jacob para explicar la continuidad entre la Ley y el Evangelio y la revelación de Cristo como verdadero Dios.

Exégesis latina medieval

La tradición exegética latina relacionó Betel con la «casa de Dios» y con la «puerta del cielo». Algunos comentaristas medievales también aplicaron alegóricamente el cambio de nombre de Jacob a Israel y otros episodios de Génesis a la historia de Cristo, de la Iglesia y de Jerusalén. Estas lecturas pertenecen a la exégesis espiritual y no deben confundirse con el sentido geográfico e histórico del relato.7,8

La alegoría cristiana medieval podía encontrar en Betel una figura de la Iglesia, del cielo o de la revelación de Cristo. Esa aplicación teológica no elimina el sentido literal: el texto bíblico conserva la memoria de una localidad concreta, de una tradición patriarcal y de un santuario posteriormente discutido por los profetas.

Betel y la liturgia cristiana

De la estela de Jacob al altar cristiano

La tradición litúrgica cristiana ha relacionado la unción del altar con el gesto de Jacob, que levantó una piedra y derramó aceite sobre ella. Un estudio histórico de la liturgia atribuye a san Efrén el Sirio, fallecido en 373, uno de los primeros testimonios de la unción de los altares; durante los siglos siguientes, el rito adquirió forma normativa en diversas Iglesias de Oriente y Occidente.9

La comparación exige precisión. Jacob erige una estela y unge una piedra como memorial de una revelación. La Iglesia unge el altar dentro de un rito de consagración cristiana, en relación con Cristo, el sacrificio eucarístico y la dedicación de un espacio destinado al culto. La liturgia no reproduce simplemente el episodio de Betel, sino que lo interpreta dentro de la plenitud sacramental de Cristo.

En Occidente, diversos concilios antiguos regularon la unción de los altares. El Concilio de Agde, celebrado en 506, añadió una bendición sacerdotal a la unción con crisma; el Concilio de Epaona vinculó la unción con crisma a los altares de piedra; y el II Concilio de Sevilla, presidido por san Isidoro en 619, reservó al obispo la erección, bendición y unción del altar.9

Betel y la unidad de la revelación

La liturgia cristiana lee el Antiguo Testamento como parte de una única historia de salvación. Por eso, la memoria de Jacob, la promesa hecha a Abrahán y el sacrificio patriarcal pueden aparecer en oraciones, lecturas y fórmulas litúrgicas como figuras que encuentran su cumplimiento en Cristo. La tradición litúrgica romana llegó a recordar el sacrificio de Abrahán dentro del canon de la misa y en otros formularios.3

La aplicación litúrgica, sin embargo, no equivale a una canonización de todos los antiguos santuarios israelitas. Betel puede iluminar el significado bíblico del altar y de la presencia de Dios, pero la celebración cristiana no convierte automáticamente el antiguo santuario de Betel en un lugar de peregrinación sacramental ni desplaza la centralidad de Cristo y de la Iglesia.

Arqueología bíblica contemporánea

Identificación tradicional

La identificación de Betel con Beitín constituye la propuesta tradicional más extendida. La continuidad del nombre, la posición geográfica y los restos de iglesias cristianas favorecen la relación entre el emplazamiento moderno y la ciudad bíblica.1

La arqueología, no obstante, debe distinguir entre la identificación topográfica de un lugar y la demostración de cada episodio narrado por la Biblia. La localización de una antigua ciudad no prueba por sí sola la historicidad literal de todos los relatos patriarcales asociados con ella.

El problema de los estratos antiguos

La arqueología del Bronce Reciente y del comienzo de la Edad del Hierro encuentra dificultades para diferenciar con seguridad los restos atribuidos a poblaciones cananeas de aquellos considerados israelitas. Los estudios de campo han descubierto numerosos asentamientos en la zona montañosa de Samaría durante la Edad del Hierro I, pero la cultura material no siempre ofrece una ruptura clara respecto de las poblaciones anteriores.10

Los datos regionales también cuestionan reconstrucciones demasiado simples de una conquista unificada y rápida. Las destrucciones de grandes ciudades cananeas aparecen escalonadas a lo largo de más de un siglo, mientras que muchos asentamientos de la Edad del Hierro I parecen relacionarse con la sedentarización gradual de grupos pastoriles.11

Estos resultados afectan al modo de interpretar Betel. La arqueología puede estudiar la evolución del asentamiento, sus relaciones regionales, sus fortificaciones y sus espacios cultuales; pero no puede convertir automáticamente cada tradición patriarcal en un informe contemporáneo de los hechos. La historia crítica necesita integrar los restos materiales, las inscripciones y el análisis literario de los textos.

Betel dentro del paisaje de Israel

La región central de Palestina experimentó un crecimiento notable de asentamientos durante la Edad del Hierro I y la Edad del Hierro II. Los estudios arqueológicos observan diferencias entre el centro y el norte, por un lado, y el sur de Palestina, por otro; esas diferencias complican la imagen de una monarquía unida que hubiera controlado simultáneamente todo el territorio descrito por algunas reconstrucciones bíblicas.10,11

La investigación arqueológica contemporánea invita a leer Betel dentro de una historia regional más amplia: la transformación de los asentamientos, el desarrollo de los santuarios, la formación de las identidades israelitas y la posterior rivalidad entre Betel y Jerusalén. La tradición bíblica conserva una interpretación teológica de esos procesos, mientras que la arqueología aporta datos materiales que permiten comprobar, matizar o discutir algunas reconstrucciones históricas.

Significado teológico

Betel reúne tres dimensiones fundamentales de la tradición bíblica:

  1. La revelación: Jacob descubre que Dios puede manifestarse en un lugar inesperado y transforma esa experiencia en memoria de fe.
  2. La alianza: las promesas hechas a Abrahán, Isaac y Jacob vinculan Betel con la tierra, la descendencia y la identidad de Israel.
  3. La purificación del culto: la historia posterior muestra que un santuario legítimo en su memoria de origen puede quedar deformado por la idolatría y por la manipulación política.

La expresión «casa de Dios» no designa solo un edificio. En Betel, el nombre recuerda una iniciativa divina, una respuesta humana y una responsabilidad permanente: el culto debe conservar la verdad de la alianza. Los profetas condenan Betel precisamente porque la liturgia exterior ya no corresponde a la fidelidad interior exigida por Dios.

Para la fe cristiana, la escala de Jacob también puede leerse como una figura de la mediación divina. Justino Mártir y Hilario de Poitiers interpretaron la escena desde la continuidad entre la revelación antigua y Cristo, aunque cada uno lo hizo dentro de una argumentación teológica propia.4,6

Conclusión

Betel fue una ciudad antigua, un santuario patriarcal, un centro del reino del Norte y un símbolo profético de la corrupción del culto. El Génesis la presenta como el lugar donde Jacob reconoce la presencia de Dios y recibe la confirmación de la promesa; la historia posterior la muestra convertida en escenario de rivalidad religiosa y reforma.2,5

La interpretación cristiana contempla Betel desde la unidad de la revelación: la piedra ungida de Jacob puede iluminar la teología del altar, y la escala puede leerse como figura de la mediación divina en Cristo. La arqueología, por su parte, confirma la relevancia histórica del asentamiento y obliga a tratar con rigor la relación entre tradición bíblica, memoria religiosa y reconstrucción histórica.

Citas y referencias

  1. Betel. Enciclopedia Católica, Betel (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, Génesis 35 (1993). 2 3 4 5 6
  3. Abraham (en la liturgia). Enciclopedia Católica, Abraham (en la Liturgia) (1913). 2
  4. Capítulos 55-68 - Capítulo 58. Lo mismo se demuestra mediante las visiones que aparecieron a Jacob, Justino Mártir. Diálogo con Trifón, 58. 2 3 4
  5. La Nueva Versión Revisada Estándar, Edición Católica (NRSV-CE). La Santa Biblia, 1 Reyes 12 (1993). 2 3
  6. Capítulo 20, Hilario de Poitiers. Sobre la Trinidad - Libro V, 20. 2
  7. Pseudo-Beda el Venerable. Quaestionum Super Genesim (Preguntas sobre el Génesis), 29 (1850).
  8. Discipulo, Pseudo-Beda el Venerable. Quaestionum Super Genesim (Preguntas sobre el Génesis), 26 (1850).
  9. Instituto Litúrgico Pontificio. Manual de Estudios Litúrgicos: La Eucaristía (Volumen V), 358 (1999). 2
  10. F. Varo. El marco histórico del Antiguo Testamento. Perspectivas actuales, 11 (1995). 2
  11. F. Varo. El marco histórico del Antiguo Testamento. Perspectivas actuales, 14 (1995). 2
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