Los cristianos del Imperio Romano leían la Biblia en su totalidad en griego hasta el siglo IV1. Existían traducciones parciales e incompletas al latín, pero no una versión completa en latín. San Jerónimo, con el estímulo del Papa Dámaso, emprendió la tarea de revisar y traducir toda la Escritura al latín1.
San Jerónimo comenzó su trabajo revisando los Evangelios y los Salmos en Roma1. Posteriormente, desde su celda en Belén, procedió a traducir todos los libros del Antiguo Testamento directamente del hebreo, un trabajo que se extendió por muchos años1. Utilizó su vasto conocimiento del griego y el hebreo, así como su sólida formación en latín, empleando herramientas filológicas como la Hexapla de Orígenes1.
El texto final de Jerónimo combinó la continuidad de fórmulas ya en uso con una mayor adhesión al estilo hebreo, sin sacrificar la elegancia del latín1. Esta traducción se convirtió en un verdadero monumento que marcó la historia cultural de Occidente y moldeó su lenguaje teológico1. Aunque inicialmente encontró cierta resistencia, la traducción de Jerónimo rápidamente se convirtió en el patrimonio común de eruditos y creyentes, de ahí su nombre «Vulgata», que significa «común» o «popular»1.

