En la enseñanza católica, la Revelación divina se transmite a través de una única fuente, el Depósito de la Fe, que se compone inseparablemente de la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición1,2. Ambas provienen de la misma fuente divina y tienen el mismo propósito3,4. La Iglesia no deriva su certeza sobre todas las verdades reveladas únicamente de la Sagrada Escritura3,5. Más bien, la verdad y la instrucción morales se encuentran tanto en los libros escritos como en las tradiciones no escritas que fueron recibidas por los apóstoles directamente de Cristo o por inspiración del Espíritu Santo6.
La Sagrada Escritura
La Sagrada Escritura es la palabra de Dios plasmada por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo3,7. No es simplemente un texto, sino la «palabra de Dios» (locutio Dei y verbum Dei), atestiguada por los profetas del Antiguo Testamento y, finalmente, por los apóstoles en el Nuevo Testamento1. Nacida en el seno del Pueblo de Dios y unificada, leída e interpretada por él, la Escritura pertenece a la Tradición viva de la Iglesia como testimonio canónico de la fe para todos los tiempos1. Es el primer miembro de la tradición escrita1.
La Sagrada Tradición
La Sagrada Tradición, por su parte, es la transmisión íntegra de la Palabra de Dios que fue confiada a los apóstoles por Cristo el Señor y el Espíritu Santo1,3,7. Esta Palabra es transmitida a los sucesores de los apóstoles para que, iluminados por el Espíritu de la verdad, puedan preservarla, explicarla y difundirla fielmente mediante su predicación1,3,7. La Tradición se distingue de las diversas tradiciones eclesiales (teológicas, disciplinarias, litúrgicas o devocionales) que surgen en las iglesias locales con el tiempo, las cuales pueden ser mantenidas, modificadas o incluso abandonadas bajo la guía del Magisterio8. La Tradición apostólica es lo que los apóstoles recibieron de la enseñanza y el ejemplo de Jesús y lo que aprendieron del Espíritu Santo8.

