San Francisco Javier (1506-1552), co-fundador de la Compañía de Jesús, es reconocido como uno de los mayores misioneros de la historia de la Iglesia católica. Nacido en Navarra, España, su vocación misionera lo llevó a evangelizar India, las Molucas, Japón y las puertas de China, donde falleció en la isla de Sancián.1,2 Su canonización en 1622 por el papa Gregorio XV lo situó junto a figuras como san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Ávila.3
Durante su breve pero intensa vida apostólica (1542-1552), se le atribuyeron milagros stupendos, como conversiones masivas, curaciones y signos prodigiosos, que facilitaron su predicación en tierras paganas. La bula de canonización enumera estos hechos, pero las biografías tempranas, como las de O. Tursellini o Bouhours, incluyen relatos que los estudiosos posteriores han calificado de míticos.3,1 En este marco surge la tradición de la bilocación, un carisma místico que implica la presencia simultánea en dos sitios distantes, común en santos como san Antonio de Padua o san Pío de Pieltrecina.
