La bilocación, del latín bis (dos veces) y locatio (lugar), se define como la presencia simultánea de un mismo ser finito, especialmente un cuerpo, en dos o más lugares totalmente diferentes.1 Este fenómeno surge en la teología católica principalmente del dogma eucarístico, donde Cristo está real y sustancialmente presente en cada hostia consagrada, lo que implica una forma de multilocación.2
Distinciones en los modos de ubicación
Los teólogos católicos distinguen varios modos de presencia en un lugar:
Circunscriptiva: Propia de los cuerpos físicos, donde las partes del cuerpo corresponden exactamente a las superficies circundantes.
Definida: Típica de los espíritus, presentes íntegros en todo punto del espacio que ocupan, sin extensión material.
Mixta: Combinación de ambas, como la presencia de Cristo circumscriptivamente en el cielo y definida en la Eucaristía.1
La bilocación no viola el principio de contradicción, ya que la existencia de la sustancia en un lugar no excluye su presencia en otro; solo implica la multiplicación de relaciones locales, no de la sustancia misma.1,2
Imposibilidad física y posibilidad absoluta
Físicamente, la bilocación es imposible según las condiciones conocidas de la materia, conforme al consenso de los filósofos católicos, respaldado por la experiencia y la ciencia natural.1 Sin embargo, no es metafísicamente imposible, pues la extensión local no es esencial a la sustancia material. Dios podría suspender esta propiedad por omnipotencia, «deslocalizando» la materia y permitiendo una ubicación múltiple sin contradicción intrínseca.1
Los tomistas como Santo Tomás, Vázquez y otros niegan la replicación circumscriptiva pura, explicando casos hagiográficos mediante apariciones fantasmales o materializaciones aéreas. En cambio, Escoto, Belarmino, Suárez y Franzelin defienden su posibilidad absoluta.1

