Santa Liduvina nació el 18 de abril de 1380 en Schiedam, Holanda, en el seno de una familia humilde: su padre Pedro provenía de linaje noble pero empobrecido, y su madre Petronella era una campesina de Kethel. Desde niña mostró una devoción especial hacia la Virgen María, orando ante la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Schiedam.1
A los 15 años, durante el invierno de 1395, sufrió un grave accidente mientras patinaba sobre hielo con amigas: una caída violenta le fracturó una costilla, desencadenando un martirio de 38 años. La herida se gangrenó, extendiéndose por todo su cuerpo, causándole dolores intensos, hinchazón, hidropesía y úlceras purulentas. A pesar de tratamientos médicos fallidos, Liduvina aceptó su sufrimiento como cruz ofrecida por la salvación de las almas, rechazando cualquier alivio que no viniera de Dios.1,2
Su habitación, aunque oscura para protegerla de la luz, emanaba a veces un perfume celestial y se iluminaba con brillo sobrenatural, atrayendo multitudes. Reducida a alimentarse solo de la Eucaristía durante sus últimos 19 años —según testimonios jurados—, desarrolló dones proféticos, de curación y discernimiento. Discernió un huésped no consagrado que le presentó su párroco escéptico, Andries, quien inicialmente la acusó de posesión diabólica.1,2
Visitada por místicos como Wermbold de Roskoop, Arnold de Schoonhoven y Hendrik Mande, Liduvina consoló a muchos con sus visiones divinas. Murió el 14 de abril de 1433, y su cuerpo incorrupto exhaló fragancias milagrosas. Es patrona de los patinadores por su accidente.4,3
