Santa Liduvina (también llamada Liduina) nació en torno a 1380 en Schiedam, en los Países Bajos. Falleció el 14 de abril de 1433 en la misma ciudad, tras una vida marcada por una conversión temprana hacia la oración y la contemplación.1
Su espiritualidad arrancó con una fuerte inclinación hacia la Madre de Dios, a la que acudía con frecuencia en oración, en relación con la imagen mariana venerada en Schiedam.1
Un episodio decisivo introdujo a Liduvina en el camino de la pasión personal: durante el invierno de 1395, una caída mientras patinaba sobre el hielo rompió una costilla de la parte derecha del cuerpo. La herida degeneró con gangrena y abrió un proceso prolongado de sufrimiento físico extremo. Los relatos hagiográficos interpretan esa etapa como el inicio de una especie de «martirio» cotidiano, sostenido por la unión con Cristo.1


