Origen y vocación
Rosa de Lima, nacida como Isabel Flores de Oliva el 20 de abril de 1586 en Lima (Perú), fue la décima de trece hijos de una familia noble española transplantada al Virreinato del Perú. Desde niña destacó por su austera sobrietà de vida, belleza extraordinaria —que le valió el nombre de Rosa por su balia indígena— y devoción mariana, confirmada en su confirmación y al vestir el hábito del Tercer Orden de los Predicadores a los veinte años, añadiendo «de Santa María» en honor a la Virgen.1
Su familia cayó en la pobreza tras el fracaso de los negocios paternos, lo que la llevó a trabajar como domestica, en el huerto y como ricamatrice hasta altas horas de la noche. En este contexto, evangelizaba en los hogares, promoviendo el bien y la justicia en una sociedad oprimida por la colonización española, y creó un refugio en su casa materna para niños y ancianos abandonados, especialmente indígenas.1
Penitencia y vida mística
Rosa se distinguió por su dedicación a la penitenza y la oración, imponiéndose mortificaciones corporales extremas y sacrificios por la salvación de pecadores y pueblos indígenas. Aspiraba a donar su vida por ellos, lo que culminó en su muerte el 24 de agosto de 1617 —el día siguiente a su fiesta litúrgica el 23 de agosto—. Sus experiencias místicas fueron examinadas in vita por una comisión mixta de religiosos y científicos, que las juzgó como «doni di grazia» (dones de gracia), confirmando su autenticidad.1
Entre los milagros atribuidos se cuenta la frustración de la invasión pirata holandesa a Lima en 1615, conversiones numerosas y fenómenos sobrenaturales que la rodearon, haciendo que a su muerte, con una multitud inmensa en su funeral, ya fuera considerada santa por el pueblo.1
