El calendario litúrgico de la Iglesia Católica se organiza en dos ciclos principales que, aunque se superponen, tienen características distintas: el temporal y el santoral1. El ciclo temporal se enfoca en las estaciones del año litúrgico y los eventos de la vida de Cristo, mientras que el santoral conmemora a los santos individualmente1. Una característica clave del ciclo temporal es que no es completamente fijo, ya que se divide en dos partes: festividades móviles que dependen de la fecha de la Pascua (como la Cuaresma, la Ascensión y Pentecostés) y festividades invariables, como la Navidad y la Epifanía1,2.
La piedra angular del calendario litúrgico es la celebración semanal del Domingo, considerado el Día del Señor y el «octavo día», distinto de cualquier otro1. La Iglesia Occidental, al igual que la Oriental, establece el inicio del Año Litúrgico el 1 de septiembre, o el 14 de septiembre según el calendario juliano, lo que genera una disparidad de fechas entre ambos sistemas3.
