La palabra bondad puede referirse a realidades relacionadas, pero distintas. En sentido ontológico, designa la perfección propia de un ser por el hecho de existir: todo cuanto existe posee algún bien, aunque de forma limitada. En sentido físico, alude a la integridad o perfección correspondiente a la naturaleza de cada criatura. En sentido moral, califica el obrar libre de una persona cuando este responde al bien que le corresponde realizar.1
La tradición filosófica católica entiende el bien como aquello que perfecciona a un ser y, por ello, puede ser deseado. Cada criatura tiende a ciertos bienes adecuados a su naturaleza: estos contribuyen a su desarrollo y plenitud. El bien no equivale, por tanto, a cualquier cosa que alguien desee o considere útil; guarda relación con la perfección real de aquello a lo que se dirige.2
Bondad ontológica y bondad moral
La bondad ontológica no significa que todas las cosas sean moralmente buenas. Un objeto, un proceso natural o un ser vivo poseen una bondad propia por su realidad y perfección, pero solo los actos humanos libres admiten una valoración moral en sentido estricto. La bondad moral depende de cómo la persona emplea su libertad y de si su acción respeta el orden del bien.1
Esta distinción permite evitar una confusión: que algo exista o resulte beneficioso para alguien no basta para calificarlo como moralmente bueno. Una acción humana requiere también considerar qué se elige, con qué intención se actúa y si la voluntad dirige la acción hacia un fin recto.3,4

